Rebelión en la granja, de George Orwell

Rebelión en la granja, como toda fábula, tiene su historia y su moraleja. La historia puede leerse en una tarde, pero basta leer unas pocas páginas para descifrar su moraleja, disparada a modo de atrevida sátira contra la revolución rusa y el stalinismo. Está escrita, además, por un hombre “de izquierdas”, al que no agradaba la ortodoxia de partido, que luchó en España contra el fascismo y que destacó por su maestría al retratar en sus novelas y artículos la patología definitoria del siglo veinte y la insólita evolución de tantos lustros de utopías y conocimiento.

En las novelas de George Orwell –seudónimo de Eric Arthur Blair- se mezclan el humor fatalista y la más cáustica sensibilidad moral. Las comparaciones, ironías y asociaciones mentales no son un desaire ni un pasatiempo, sino un atentado literario contra la cortedad terminológica de ese lenguaje políticamente correcto que impregna la vida pública. Le era necesario, como aguerrido periodista, escribir esto en tiempos convulsos y escribirlo de la manera en que lo hizo; vistiendo a cada cual con la piel del animal que lleva dentro. Tuvo el arrojo de indagar la índole espiritual de los personajes, ya fueran tópicos o concretos, y luego plasmarlos en el relato como lo más normal del mundo. Los cerdos representaban el vasto funcionariado gubernamental soviético –entre ellos, Snowball (Trotsky) y Napoleón (Stalin)– y el animalismo definía –con fehaciente rigor- la doctrina revolucionaria del Viejo Mayor (Lenin) para la granja del señor Jones.

Pero esta tenaz semejanza, hilvanada en 1943, se rechazó en cuatro editoriales por las que pasó antes de ver la luz de la imprenta. En efecto, la Inglaterra orwelliana adolecía de inmensos complejos en la denuncia sin ambages del bolchevismo y temía que la mordacidad constituyese una ofensa para un enemigo latente. El escritor inglés transcribe en su artículo Libertad de prensa la respuesta que recibió de un editor no muy convencido, que acababa de consultar al Ministerio de Información sobre la publicación de Animal’s farm:

“Me doy cuenta de cuán peligroso puede ser el publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedicada a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista, pero la trama sigue tan fielmente el curso histórico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa: sería menos ofensiva si la casta dominante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos”.
Y con la cuestión del cerdo, que es el más genial símil literario del revolucionario soviético que se aposenta en el poder, George Orwell no pudo publicar la fábula hasta el año 1945. En ese mismo artículo, Orwell manifestaba su queja contra la “cobardía intelectual” de la prensa británica y su tácito acuerdo de no alzar su voz contra los rusos. Si bien comprendía que hubiese censura en tiempos de la Guerra Mundial, no aceptaba el pánico de las sociedades libres a enzarzarse contra formas de gobierno dictatoriales; y eso era, en definitiva, lo que pasaba.


La obra, de principio a fin, mantiene una socarronería desgarradora. Cuando el señor Jones se va a dormir, la irracionalidad natural de las bestias se transforma en una serie de seres inteligentes y organizados, con conciencia de especie y hartos de la tiranía del amo. El Viejo Mayor, el docto cerdo a quien todos veneran, reúne a sus camaradas para contarles un sueño que ha tenido, no sin antes aprovechar para exponer la doctrina de lo que será la revolución en la granja. Les confiará sus enseñanzas y les instará a que extiendan por todas las granjas de Inglaterra los principios ideológicos que más tarde se dan en llamar, como apuntábamos, el animalismo.

Pero la salud del teórico se quebrantará pronto, y otros cerdos serán los que tengan que convertir su discurso en un práctico programa revolucionario. Los cerdos, líderes del movimiento, tomarán la dirección de la lucha dirigiendo cada uno de los actos de los otros animales: el caballo Boxer, la yegua Mollie, el burro Benjamín, las ovejas del “¡cuatro patas sí, dos patas no!” y el evadido Moses, que pretendía conocer el secreto de la existencia del Monte Azúcar más allá de las nubes. En el transcurso de los acontecimientos, Napoleón y Snowball se harán con el poder de la granja. Pero sus disconformidades con respecto a los objetivos de la revolución los enemistarán de modo irreversible. Mientras tanto, Squaler haría la labor indudablemente creativa de explicar a los animales las decisiones gubernamentales e invitarles a constatar que los mandamientos del Viejo Mayor contenían matices que hasta ese momento nadie había descubierto.

No dejan de ser divertidas las peripecias que llevan a cabo las bestias para conseguir su propio alimento una vez que consiguen deshacerse del señor Jones y sus embistes reaccionarios. El lector, si conoce la evolución histórica de Rusia en ese período, sin duda recordará algunos pasajes que le resulten familiares, hechos que por su hilarante frescura es imposible leerlos como si fueran producto de la ficción y no una apelación a personajes con nombre y apellidos. Los problemas internos a los que da lugar la revolución, característicos de Rusia, son fácilmente aplicables a circunstancias del mundo político en general –la política aún no ha podido superar el retrato ominoso y análisis desfachatado que hizo Orwell de aquellos mandatarios–, de tal modo que no será extraño que relacione a algún personaje de Animal’s farm con el renombrado vasallo de algún que otro partido político actual.

A lo largo de los años, la novela ha despertado el interés de personas de varias tendencias políticas. Muchos progres pretenden ver en Orwell a un trotskista, amén de crítico del comunismo y eso es lo que les anima a leerla. La derecha liberal y conservadora ve a través de ella el retrato de una época y un manual de los típicos embustes y estratagemas políticas totalitarias que no entienden de tiempos ni de temporadas. Junto con 1984, es una de las obras más recurrentes en el mundillo que en mi profesión frecuentamos. La ambigüedad de lo metafórico en Orwell, si bien da lugar a muchas interpretaciones, persigue un objetivo innegable: sentenciar los dos grandes totalitarismos del pasado siglo –el comunismo y el nazismo–. El final de la obra, que no me resisto a transcribir, refleja esa semejanza moral entre los mandamases reaccionarios que el comunismo abomina y los que él mismo había creado para eliminarlos.

“Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro”.
El falso maniqueísmo entre hombres y cerdos se convierte en simetría y arroja un aviso para navegantes, aunque deja al lector sin embargo sumido en el desamparo y el escepticismo. Cerdos y hombres, hombres y cerdos, son lo mismo cuando tienen el poder; ningún hombre, al fin, posee una superioridad moral. Tanta sinceridad, tanta precisión ideológica, no es extraño que en su tiempo los escrúpulos de los editores demoraran su publicación. Esos escrúpulos, por desgracia, siguen existiendo hoy en los círculos periodísticos, que se acostumbran a convivir con la bestia del islamismo; ya no le retiene la prudencia ni el respeto, que sería legítimo, sino el miedo. Para ser exactos, la cobardía.

Rebelión en la granja está escrita para un tiempo y para unos personajes; no ha salido otra pluma capaz de dibujar en el papel los desafíos ante los que nos encontramos hoy. Es una obra literaria que por su realismo alegórico atrae a casi todo el mundo. Pondera la distopía junto a los utópicos, para a la postre alejarse de ellos con asco y desengaño. Pero es también, en sí misma, una lección de valentía; también contiene una máxima difícil: donde eufemismo, pongamos hipérbole.
Siguiente
« Anterior

2 comentarios

Click here for comentarios
19:57 ×

Gran entrada. Es un libro muy recomendable.

Responder
avatar
08:46 ×

Precisamente he releído hace poco "Rebelión en la Granja".
Creo que sigue siendo la más genial sátira que se ha escrito contra el marxismo.
Es curioso comprobar cómo los marxistas de hoy día se pueden ver retratados en ese libro de una forma tan exacta como los de los años 30. La hipocresía y el cinismo siguen siendo los mismos: cada vez que veo o escucho a Pepiño Blanco, no puedo evitar acordarme de sus congéneres literarios.

Responder
avatar