Qué diablos pasa en otoño. El renacimiento

Comienza un mal otoño, plagado de indignidades y decadencias. Asistimos a misérrimos finales de relaciones marchitas y al siempre inoportuno retorno de los politicastros a la televisión. Llegan como niños de sus vacaciones, con una alegre cara que parece recién puesta y que casi nos interpela «¡Eh, estoy aquí, miradme!». Y nosotros le miramos, abotargados de un inmenso hastío, como miran los ebrios cuando les despierta el sol a mediodía en sus camastros. Le haríamos una pregunta, para indagar si son mortales, si les queda vergüenza, si el sueldo formidable que tantas veces lamentamos regalarles contribuye en algo a la búsqueda de la felicidad más que al incremento exponencial de su vileza. Pero la pregunta retórica se pierde en la niebla de sus piruetas, hasta que un bolígrafo punzante nos despierta a bote pronto poco antes de que nuestra cabeza caiga de la mesa.

Me escondo bajo la almohada y me resisto a mirar por la ventana. ¿Qué diablos hay ahí fuera? Hombres, mujeres, niños que van al cole, personas inconscientes de las intimidades ajenas que procuran mantener vivo el mito de la comunicación. Intuyo que se aman por esas caras radiantes de mujer enamorada que a los pocos meses se ha transformado en apatía; intuyo que se odian cuando descubro en sus ojos esa misma latencia que hará unos años me impulsaba a observar a los transeúntes con una mezcla de desprecio y cinismo. Intuyo que ha desaparecido el intríngulis de su existencia, o que se ha esfumado el mío y que por eso lo veo todo bajo la transparencia gris de mi retina.

Aquí, cuando llega septiembre y un poco después el otoño, parece que los ruidos del universo se multipliquen por mil, que los edificios comiencen a bailar y que las nubes retomen la conciencia de sí mismas; algo dice que la máquina del mundo se ha puesto en marcha, y que no podemos detener su transcurso. Ni siquiera para mirar el cielo durante unos instantes sin titubeo, ni siquiera para contemplar unos minutos a la mujer que enmascarada en su agenda huye del silencio que arrebata los sentimientos medianos y las palabras baladíes del conversar diario. Nuestro sino es quedarnos frente a una pantalla de cristal, viendo cómo cae la hoja caduca, se reedifican los muros derribados y se reaprende lo desaprendido. Las gentes, otras gentes, vuelven a sonreír, si es que alguna vez sonrieron, y nosotros los vemos desde nuestro asiento, como recordando que una vez el tiempo pasaba más despacio, los días eran lentos y felices, la tempestad duraba eternamente mientras sentíamos con la conmoción de las personas que han vivido poco tiempo, pero se creen impetuosos veteranos.

¿Y qué habré de ver? Pisando otra vez los mismos días del calendario, quizás nunca recuerde qué emoción grandiosa, qué frase singular o qué misterio alcancé en algún momento fijo de los años pasados. Y todas habría de recordarlas, escribirlas en un libro, para narrárselas luego a quienes escuchen el relato de mi vulgarísima vida privada, que a mí mismo tanto me impresionó pero que dejaba tan impasibles a mis semejantes. ¿Cómo habría yo de explicárselo a él, poseedor de otra sangre, de otros huesos y otros sufrimientos, con sus propios desvelos y distracciones, incapaz de digerir una ficción ajena a la suya propia y a la que conjetura sobre sus coetáneos sin la más mínima vivencia ni participación?

Los años pasan y la palabra permanece viva; aunque feamente usada, es lo único que no perece en el precipitado y a la vez tópico discurrir de lo ordinario y lo extraordinario. Decía Gabriel García Márquez que nos hemos vuelto insensibles a la palabra, que ya no valoramos la información, pero yo diría más: el hombre cada vez conoce menos al que tiene a su lado y cada vez tiene menos voluntad y posibilidad de aprender a conocerlo. Y ello encierra la palabra, el sentimiento, la vida pública y la privada, el otoño incognoscible en el que caen cifrados recuerdos de ocasos olvidados, conversaciones a las que el tiempo hizo perder su fuelle, resfriados que retoñaron de nuevo y circunstancias amargas que nos hicieron vibrar con la fuerza que vibran las almas vivas. ¿Quién vive ahora? Tan sólo un ser útil, fantasmal, encadenado sin saberlo a un puñado de píxeles que amortizan la esencia escrutadora de los ojos. Los párpados ya cayeron, entre desencanto y enajenación, entre decepción y espanto, del yo y del tú, de los amigos y los extraños y los amigos extraños, de los terceros que cojean y las almas que han flaqueado ante la perfección y el rigor de los propósitos. Todo se repite muchas veces, hasta que se repite algo diferente.

Si empapara de racionalidad estos folios –al cabo los folios, folios son- diría que me equivoco, que no podemos volvernos contra la vasta tecnología y que los avances del mundo han hecho nuestra vida más rápida y sencilla; y tendría razón y sería razonable. Han hecho, sin embargo, que los septiembres y otoños se transformen en pensamientos fríos y miradas heladas, en patéticos pataleos almidonados de prosa impune, en reencuentros falaces que imitan el contacto añejo de las simpatías y las alegrías espontáneas. Una estación simple. Degradante, en rigor.
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