Por qué los jóvenes universitarios no piensan

El universo ha tenido el encanto de reaparecer; pero sus manifestaciones han dejado en mí dos vacíos inabarcables: el de mi mente cuyas lagunas aún no se han disipado del todo y el de mi corazón aferrado a lo inmóvil como a la roca salvadora en mitad de los rápidos. Con el tiempo ha ido erosionándose, sin embargo, esa urgente necesidad de volver; he dicho adiós con la mano al hecho en sí, he saboreado el recuerdo lo justo para que no me hiciese daño, he trascendido a la desgracia horrorosa de ver partir a un puñado de conocidos que llegaron a ser amigos.

Ahora, entre competiciones y coloquios de puro compromiso, encuentra uno quizá a algún colega en el tren a última hora de la tarde que quiere escuchar tus tristezas o contarte a ti las suyas. Pero la mayoría de las veces es el orden lo que cuenta, el protocolo, la forma, la simetría, las palabras comodín, lo inhumano, lo innoble, las sensaciones expresadas vulgarmente y con prisa porque tienen que sentirse nuevas sensaciones. Hablan de política, de la maldita política, del fútbol y los comadreos intestinos del mundo más friki que puede crearse por el afán estúpido de diferenciarse por diferenciarse. Conversan, y no dicen nada; escriben, y su prosa hiede a espíritu mal alimentado, a emocionalismo muerto, a caracteres jóvenes llenos de inconsciencias y voluntades raquíticas. ¿Ha de ser maduro alguna vez el que no sabe siquiera ser joven? ¿Dónde queda esa curiosidad por lo metafísico y lo recóndito que arredra al que se inclina sólo por lo material y por lo lúdico? No se puede crecer si uno no contempla el mundo entero, aunque haya mil compartimentos cerrados en los que uno no sabe lo que hay, pero que se ha propuesto descubrir con la edad y el esfuerzo, con la seguridad de que, aunque a la postre no los haya abierto todos, estuvieron ahí y al menos pudo imaginarlos.

Esa veneración que siente el neófito por todo lo que toca, esa admiración de los antiguos filósofos por el universo que los rodea se ha tomado como excusa para eludir placeres recónditos e inteligibles. La virtud más vieja y más joven del mundo, el amor, ha ascendido a los altares; y como casi siempre pasa, a la vez que lo engrandecemos y vitoreamos, se trastorna, se corrompe, se deforma hasta rayar lo grotesco, disculpándose con maquinal platonismo que el Amor está ahí, en lo alto, y que nunca va a desaparecer ni nunca vamos a ser como él. Y dicen los otros que el amor no preexiste, sino que se crea, se construye y al fin se le otorga un nombre, acabando de destruir el dilema de los absolutos, reduciéndolo a un mero concepto de nuestra mente o a una intuición que sólo sirve de ayuda pero no de fuente de expresión. Pero los poetas necesitan que las ideas preexistan, o por lo menos, que no dejemos de hacer como si preexistieran.

Y los jóvenes, tal como poetas, no debiéramos renunciar a desentrañar la médula de lo que nuestra vista astigmática todavía no nos permite ver. Como el ciego de Jericó a quien Jesús abrió los ojos, vamos primero viendo a los hombres como sombras de árboles, luego como árboles, hasta que al final vemos hombres definidos y los recuerdos de nuestra discapacidad idealista se convierten en una mochila de sentimientos poéticos que llevamos a nuestra espalda a lo largo de la vida y a la que recurrimos en las horas difíciles. Esa mochila dicen que se llama infancia, y ya sea amarga, alentadora, curiosa o simplemente nuestra, siempre está ahí cuando nos hace falta.

Perder la mirada en el horizonte es la mejor manera de descubrir el tiempo. Cuando voy en tren, el paisaje siempre parece el mismo y sin embargo mis pensamientos no son iguales que los de ayer. Dejo atrás un millón de miserias y ensoñaciones miserables, pronósticos que ahora son fracasos palpables o luengas victorias, compañeros de pupitre a los que el destino ha llevado a otro lado, amigos de la red perdidos bajo tres kilómetros de píxeles o trasladados a la vulgar relación con el universo andante y cada claro de luna más viejo.

Piensa uno en todo, en la enigmática repetición de las escenas que hay tras la ventana, en el revisor cuya cara siempre es la misma, en la joven de ojos verdes a la que no conozco y que me observa con delicadeza sencilla y curiosidad amigable. Piensa uno en Dios y en la locura de conocerle, de buscar sus revelaciones y sentirse anonadado ante el impulso poderoso de su eternidad. Piensa uno en los compañeros nuevos, en esa juventud que comienza a marchitarse, en los profesores de universidad que desde su estrado ponen de manifiesto la mediocridad de su expresión y sus ideales, el abyectismo profesional que el soterramiento de la inocencia les impone y la declaración pública de que son sujetos inmersos en la tiniebla de la sociedad, incapaces de ir más allá de sí mismos. Piensa uno en la yerma tierra que pisa mi pie, en la sed de los campos y la tiranía del sol fulgente que nos adormece en el silencio.

Subo al tren, para que me lleve a donde quiera, con esa mezcla de espíritu liberado y ánima pensativa. Escucho a mi derecha, oigo memeces; a mi izquierda, angustias o risas, felicidades o alegrías, personas que son y que viven, pero que no piensan en nada más que la responsabilidad utilitarista de satisfacer su pasión primigenia e ignota, sin que importe si esta es buena o mala, melancólica o trágica, llevadera o fatal. Me miran y no me miran; les observo con desgana y escondo mis ojos con la mano. Ellos siguen hablando.

Jóvenes son, dirá el lector, mas eso no disculpa la superficialidad, sino todo lo contrario. Sólo he conocido mi generación, y probablemente las demás fuesen semejantes en su tiempo, pero ¿por qué no nació cada cual en el tiempo que le corresponde? Acaso no podríamos ser comprendidos si hubiésemos brotado en otro contexto. Las épocas, al igual que sus hijos, es necesario que tengan sus bastardos.
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2 comentarios

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08:42 ×

Tu reflexión sobre la juventud me recuerda una frase de Ramiro Ledesma que hoy, aunque pueda parecer anacrónica en esta sociedad consumista y aborregada, sigue dando sentido a muchas ilusiones. La frase es la siguiente:
"La Juventud tiene un sólo derecho: el derecho a la rebelión.
La juventus tiene un solo deber: el deber de la Revolución".

http://antorchanegra.blogspot.com/
http://www.frentenacional.es/

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Marta
admin
18:50 ×

Somos.

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