Millás y Boris, ganadores del Premio Planeta

Es época de premios, y aunque echásemos de menos que hubiese uno al escribidor más pedestre, nuestro siglo sigue otorgando galardones por reconocimiento o compromiso. El Planeta se lo ha llevado Juan José Millás, gran columnista y magnífico narrador, aunque como dice un buen amigo mío “lleva el carné del partido en la lengua”. El finalista de ese mismo premio fue otro conocido personaje, Boris Izaguirre, a quien no tengo ninguna simpatía..., por razones obvias. No sabía yo, mire usted por dónde, que este showman escribía. Pero después de leer algo sobre su obra he acabado por convencerme; tenía yo razón, no escribe, sólo garabatea. Para ser precisos, ensayos de colorines y telenoveluchas de muy chabacano gusto en las que no pienso perder el tiempo.

La obra ganadora se llama El mundo, título que se ha prestado a la inefable ironía de Millás, quien afirmó que ya quisiera que “cada vez que alguien viera El Mundo (refiriéndose al periódico) se acordara de él”. En el certamen, se presentó con el nombre de A ciegas, bajo el seudónimo Tiresias. La de Boris –en este blog le llamaremos así– se denomina Villa diamante, y según él mismo la describe, es “un melodrama a lo Metro Goldwyn Mayer de los 50”. No he leído la susodicha, pero hay que reconocer que el colorido de su descripción revela una enorme actitud para que no lo relacionemos con aquel tipejo que se bajaba los pantalones ante las cámaras de Crónicas Marcianas o intentaba iniciar a Luis Figo en los misterios del sentimiento homosexual. Dice que aprenderá a escribir a la sombra de Millás, y debería. No parece un escritor digno del Planeta, sino más bien un conspicuo párvulo que ha ganado notoriedad y laureles a cuento de sus payasadas festivo-eróticas, conforme los genios del pasado siglo descendían al subsuelo. Umbral está muerto, ya saben.

La noche anterior a la entrega de premios, en Cuatro, revelaban los nombres de los favoritos, entre los que se encontraban estos dos, a los que en el informativo de Gabilondo deseaban todo lo mejor, sin duda con la convicción de que no iba a haber otros premiados. Estas cosas, que incitan a la malicia y la sospecha de los espectadores, acaban con establecer la convicción de que el ganador siempre es un secreto a voces y que no hay transparencia alguna en los jurados. Pero, más todavía, que es mucha casualidad que salgan dos colaboradores de la misma casa. Yo lo ignoro, pero sólo cabe decir que no siempre las novelas premiadas, ni las finalistas, han resultado ser obras de arte y que el lector experimentado acaba leyendo lo que le interesa. En el caso de Millás, cuya letra y capacidad de expresión me divierte mucho más que el espíritu de su narrativa, probablemente sea un homenaje merecido.

Su obra parece ser una historia autobiográfica, plagada de vivencias y pudores de infancia, una intromisión del ser lejano en la realidad arcana, que provoca agónicas torturas y dolorosas llagas. Millás no dejó de manifestar cuando recibió el premio su resquemor al presentar su libro a Planeta, pero, como él dice, una “reacción fóbica” le hace siempre huir hacia lo que tiene miedo. La obra es su propia adolescencia, la historia de un niño de provincias que va a vivir a la capital, a un lugar cotidiano y sencillo de Madrid. En El mundo, según las declaraciones de Millás que recogía La Razón, «El protagonista vive en una calle y su sueño es escapar de ella, pero esa calle acaba siendo un trasunto del mundo. Y todas son iguales». Millás siempre deja un sitio para la melancolía y la amargura, que lo convierten, en el fondo, en un ser humano con vocación de escritor.

El valenciano tuvo una infancia difícil. A los seis años dejó su ciudad natal y fue a vivir al barrio de la Prosperidad en Madrid. Mal estudiante, trabajó primero en la Caja Postal de ahorros y luego en la compañía Iberia, hasta que sus libros le granjearon un porvenir luminoso en el periodismo y la república de las letras. Obras como Papel Mojado, Cerebro son las sombras o El desorden de tu nombre le han valido su prestigiosa posición ante el público. Su espacio en la SER y sus artículos de opinión, a parte de los libros que publica, le sirven para ganarse la vida.

Es el creador de eso que llaman articuentos, que consiste en tomar una palabra del diccionario y con habilidad de buen malabarista crear a partir de ella un breve relato. En su página web oficial autorizada, hay muchos de estos. Nada que ver con los microrrelatos, que el otro día criticaban en JosephPlatz, y que si bien es un género difícil si quiere huir de lo mediocre, tampoco es de mi gusto y me parece un solaz subjetivista que no expresa nunca más que lo que el lector desea que exprese. Y yo creo, amigo lector, que el autor es quien debe describir con el más preciso realismo el hecho, sentimiento o idea, que ha surgido en su cabeza, intentando compartirlo con el lector.

Pero volviendo a Millás, creo que es un hombre que se fija en los pequeños detalles y maneja la palabra con soltura, aunque con una tendencia insistente que casi es un adorno en él o un vicio inevitable de prestidigitador. Es de esos sujetos de la vieja escuela que escriben a mano, lo cual me parece admirable. “Le gusta enfrentarse a la hoja en blanco a la antigua usanza, con un bolígrafo bic de los de toda la vida y lo prefiere de tinta negra”, dice La Razón. Esas son las manías, en definitiva, que describen al consagrado del mediocre figurante, como Rosa Regás, de la que francamente me bastó el primer párrafo de uno de sus libros para saber que no tenía nada que ofrecerme. Millás es igual de progre, quizás todavía más, pero estéticamente hay una distancia. Y muy larga. Tal se puede apreciar en sus artículos periodísticos, género por el que más le conozco, de El País e Información, donde el tío se moja hasta la coronilla con su prosa embrujada y su empecinado cinismo.

Como es natural, todavía habrá que aguardar a que se publique la obra en noviembre. No dejo de recomendar al autor desde aquí a lectores maduros con tiempo, buen gusto y algo de estómago. De la de Boris, amigo de Millás y compañero de casa y tertulia, mejor guardar un elocuente y satírico silencio. El librobasura ya tiene suficientes admiradores.
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1 comentarios:

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09:45 ×

El premio Planeta hace ya mucho que se convirtió en una burda plataforma comercial para vender basura. Después de quedar finalista un tiparraco como el monflorita ultramarino, ya sólo falta que el año próximo se lo den al Koala o a Santiago Segura.

http.//antorchanegra.blogspot.com/

Congrats bro Javier Ayanotna you got PERTAMAX...! hehehehe...
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