Después de un día entero en la universidad

Pasa el tiempo entre apuntes y silencios, pantallas de ordenador y dedos que mecanografían, entre rumores fríos que se apartan y mutismos cálidos que se posan sobre mí. Abandonado en los brazos de un abrigo blanco, lleno de plumas, veo cómo las ventanas de la biblioteca poco a poco van cubriéndose de váho, hasta que nos sumimos en una atmósfera cerrada, clandestina, casi misteriosa. Siento el frío recorriendo el ambiente, que pugna contra la fuerza abstrusa de la calefacción, helando algunas zonas. Pronto se hará de noche, los estudiantes saldrán con helor de sus sombrías aulas anfiteátricas y formarán grupitos de conversación sobre la vida y las costumbres. Afuera estará oscuro, llegarán algunas jóvenes encorsetadas en sus visones, luciendo frías mejillas, deslumbrantes joyas y labios que resuman la llama de corazones intensos. Llegarán de dos en dos, luego un alturrón greñudo portátil al hombro y por último un trío de colegas en afable discusión. Y penetrarán en los pasillos oscurecidos y silentes de Altabix, creando esa idiosincrasia nocturnal universitaria cuando la jornada ya termina.

Las conversaciones se escuchan a lo lejos, porque nadie habla, la fotocopiadora está vacía, el mostrador no luce las carpetas de cada titulación y las limpiadoras van de un lado a otro con su uniforme azul, intercambiando confidencias. El tenebroso aparcamiento comienza a evacuarse de coches, las palmeras de la Avenida de la Libertad se iluminan con el brillo de las farolas y a lo lejos los edificios se enaltecen sobre la nauseabunda carretera que se lleva a los últimos automóviles. La vida concluye, el día acaba, un coche me llevará hasta casa, al mundo extraño del hogar y la cena caliente, a la cama cubierta de mantas y la mesilla de noche que padece el peso de dos o tres libros de cabecera.

Pero hace frío, y en el ínterin las piernas se hielan, caminando sobre baldosas deshechas y empapadas, asfalto plateado y muros negro azabache que dificultan el paso. Estoy en la Escuela de Idiomas, en el mismo recinto universitario. Adentro hay una luz blanca y una puerta de líneas delgadas que significa el paso de la electricidad a la nada, del lenguaje racional y el mundo temporal a la vastedad arbitraria de la noche. Estoy en el abismo. Oigo voces a mi alrededor. Salimos todos a la vez. Suena una especie de alarma. La gente se busca con la mirada, intuyendo perfiles más que adivinando rostros. Me cruzo con personas a las que no conozco, pero que figuran tan bien en la escena indefinible que atravieso que no parecen hechas para otra cosa. Observo. La gente ríe y se cuenta cosas. Personas de toda edad lucen la belleza armónica de un momento. Me siento en el banco, aguardo al conductor del coche que me llevará a casa.

La gente que sale ya no tiene ganas de hablar el extranjero y degusta en su boca el placer del castellano. Se vislumbran conversaciones y risas, se producen gestos deleitosos y olores innombrables que se van para siempre, politonos de móviles se alejan en la cueva infinita de las tinieblas. Se prodigan abrazos y se comparten recuerdos, se enaltece lo insignificante en honor del placer. La voz corre a través de las ondas, las miradas se cruzan, los oídos alcanzan lo que no iba destinado a ellos y los cuerpos se tropiezan unos con otros, con felicidad o espanto. De pronto, todos esos seres que parecían enfrascados en burbujas de cristal se tornan lo que verdaderamente son. Surgen enfados y pendencias, corren a entontecerse en el submundo temporal de sus conciencias. Las columnas tiemblan, el decorado cae. Resultaron ser individuos, objetivamente humanos, sin poesía ni encanto, con intereses vacuos y aspiraciones dramáticas, sin debilidad por lo trágico ni por lo sensato, tan sólo por lo frívolo y lo estúpido.

Resultaban decir boberías, y poseer una vulgaridad alimentada, o quizás sólo eran almas elevadas que no sabían expresar lo que llevaban y se rindieron al torrente de la muchedumbre. Corrieron a impregnarse del entorno para conocerse, y cuando se conocieron, resultaban ser otros que a mí me parecían unos. Yo también fui uno antes de adquirir un montón de pegotes y experiencias aprendidas, y me pareció no ser tan patético. Me convencí de que al menos algunos de ellos tenían lo mismo que cualquier otra vida pintoresca, pero que no me era dado penetrar en sus herméticas burbujas. Mientras iba con mi compañero hacia el coche, que ya salía, imaginé ser otro, uno al que un alma elevada observaba con desdén porque en apariencia era como los demás y el lenguaje de sus ojos se le antojaba ajeno. Me sentí insignificante al parecer lo que no soy, empequeñecidamente mediocre. Había alrededor de mí una aureola de impresiones equivocadas. Seguí andando porque no podía destruirla.
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