Leones por corderos, de Robert Redford

Leones por corderos es una película cuadriculada y de manido argumento. Durante casi toda la historia se alternan tres escenarios de evidente vinculación: el despacho de un profesor de Ciencias Políticas, el de un joven viscoso senador norteamericano y el sombrío campo de batalla de la guerra de Afganistán. En estos ambientes, que manejan tan lejanos puntos de vista, tienen lugar tres conversaciones: la del profesor Malley (Robert Redford) con un alumno notable de su clase llamado Ernest (Michael Peña), la del senador Jasper Irving (Tom Cruise) con la periodista Janine Roth (Maryl Streep) y la de dos de valientes soldados americanos que escudados en las sombras intentan defenderse de un ataque talibán. Estas tres facetas del sempiternamente cacareado dilema moral, en que se manejan lenguajes tan distintos, se superponen unas a otras de modo escalofriante, casi morboso. Una vez más, el cine intenta deliberadamente conducir al espectador a la reflexión.

La película busca ser algo más que una reconstrucción artística del panorama. Transmite un mensaje ideológico, un capítulo semejante al de aquellos hombrecillos insignificantes que en la película de Clint Eastwood se vieron ascendidos a la categoría de héroes. Sólo que aquí los héroes son verdaderos héroes y se enfrentan a los complejos organigramas y estrategias de despacho que los políticos de su país construyen sobre el papel en blanco, a miles de kilómetros de distancia del lugar donde las órdenes superiores se convierten en sangre y fuego. La película nos muestra cómo quienes gobiernan aprovechan las circunstancias de la guerra y el fervor patriótico de lo más paupérrimo (negros e hispanos) para recomendarse ante su electorado. Al mismo tiempo, nos enseña cómo los medios de comunicación tienden a filtrar la propaganda del político de turno para mantener el establishment y evadir una crítica racional, que sólo puede hacerse con una buena digestión y cierto sentido del deber.

“¿Quiere usted ganar la guerra contra el terrorismo, sí o no?”, es la pregunta cuya respuesta da al gobernante los motivos para enviar a sus hombres a la guerra o retenerlos en casa. Y parece que la respuesta a esa cuestión da carta blanca al gobierno de turno para hacer lo que le parezca y encima hacernos creer que lo que se ha hecho no podría haberse hecho mejor. Pero la película no se conforma con la mera crítica, sino que alerta sobre la frivolidad de Occidente ante la situación política. Sí olvida, sin embargo, reseñar cuál es el peligro al que nos enfrentamos, a parte de nosotros mismos. Porque la autocrítica es una costumbre casi sagrada que a veces distancia nuestros ojos de problemas reales que, distorsionados o no, no nacen por arte de birlibirloque ni se han creado únicamente por la maldad del todopoderoso americano. Por eso creo que la película, fiel al patrón políticamente correcto de Hollywood, peca del mea culpa embriagador de nuestra sociedad estigmatizada. Nos enseñan la crueldad de los despachos, pero tan sólo representan en la oscuridad de la sombra el murmullo de fanáticos indistinguibles. Las cámaras no han querido enseñarlos, pues sólo enfocan a los dos nobles soldados americanos, a quienes, con todo lo que el profesor Malley les reprocha antes de su partida, considera mucho mejores que quienes dirigen sus hilos.

La película, dirigida por Robert Redford, decepcionó a quienes esperaban un filme de acción, entretuvo a quienes sólo querían distraer su cabeza con los pecados del mundo y aburrió a los que nos pasamos la vida leyendo la sección internacional del periódico por no sé qué trabajo académico sobre Irán que he presentado hoy. En forma de cine, sin embargo, adquiere una nitidez melancólica por la frialdad de los personajes estereotipados. Las actuaciones no fueron malas, el rostro avinagrado del director dio su toque de gracia y las voces de doblaje, sin ser excepcionales, no nos aguaron los cinco euros y pico de la entrada.

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