La mañana en que estaba de buen humor y compré El País

Me levanté pronto para comprar el periódico y, después de depositar un esmirriado euro en la manopla de la quiosquera, fui arrastrado felizmente por un inusitado viento de optimismo otoñal que no había sentido hasta entonces. No había entrado en el éxtasis cursi del chaval del anuncio de El País (yo también querer comprender), pero parecía que mis pies flotaran sobre el suelo, y al revés de lo que es habitual en mí, fui buscando el abrigo de un sol tibio y provinciano que me consolase de mis trabajos y mis achaques mentales, que me habían propinado tan mala digestión y sueño tan profundo la noche anterior.

Durante mi paseo, una señora me preguntó la hora y cuando eché la mano a la muñeca descubrí que no tenía reloj. «Lo siento, me lo he dejado en casa», me disculpé, con una mezcla de sencillez e ironía, y la señora me dijo que le había pasado lo mismo. Como tenía ganas de hablar con alguien y no sabía cómo, se quejó de la prolongación de las obras en nuestra calle y las zanjas que habían abierto para cambiar las tuberías. Le señalé que ya estaban rellenándolos y que dentro de poco volveríamos a cruzar la calle sin rodeos. Afortunadamente, esto no es Barcelona, y aunque lo he investigado con escrupulosidad, todavía no hay grietas en los edificios de alrededor (ayer vibraban los tabiques de mi casa). Me había hecho gracia que alguien me hablase en aquel feliz momento. La señora desapareció de mi vista, y yo seguí caminando por no sabía qué calles soleadas y solitarias las cuales no solía frecuentar.

Tal vez fuese porque había vivido las dos semanas más estresantes de mi vida por lo que no se esfumaba de mi rostro aquella esbozada sonrisa. Me encontraba continuamente con dóciles jubilados que habían salido a pasear a sus perros y taciturnos madrugadores que se dirigían hacia algún lugar indeterminado. Nadie decía palabra, todo estaba tranquilo y yo seguía andando sin reloj como si hubiese despertado a la vida. Me sentía ufano y evocaba con cierto desdén los momentos amargos que fueron a parar al limbo de los tiempos pasados. Ya no había motivo para proclamar al mundo mi melancolía intestina, y tampoco es que me hubiese sucedido ningún acontecimiento encantador.

Ni siquiera me daba vergüenza que me vieran por la calle con un periódico de titulares sensacionalistas sobre el 11-M, en el que por supuesto se destacaba más el aspecto de la ambigua sentencia que más interesaba al medio. Pero no tenía ganas de leer en ese momento, porque de sobra sabía que las investigaciones no han concluido aquí y que la trifulca mediática continuará hasta Dios sabe cuándo. Me eché el periódico bajo el brazo y anduve recorriendo la avenida Conde Lumiares, atajando luego por una bocacalle que conectaba con el aparcamiento de Campoamor. Lo atravesé hasta llegar a la Plaza de España, en la que no dejaron de sorprenderme algunas pintadas anarquistas que rezaban “Ni amo, ni marit, ni partit”, lo cual me pareció tan primitivo que me hizo reflexionar que, en lo único que podemos estar de acuerdo, es en eso de “marit”, porque un servidor tiene sus propios impulsos. Luego me tropecé con una de esas paredes pintarrajeadas por los Maulets que decía “En Espanya, la cultura es la tortura”, en lo cual también estoy de acuerdo, sobre todo porque aguantar la pseudocultura progre que hacen pagar al contribuyente me parece un suplicio infumable. Luego encontré una de esas fachadas llenas de carteles en las que había la famosa y rasgada fotografía del monarca bocabajo, con una consigna que decía "Els i les catalanes no tenim rei, independencia”, a lo que habría que añadir: "però sí som políticament correctes y no podem utilitzar el masculí neutre", lo cual es una forma de radicalismo feminista que causa vergüenza ajena y desacredita su republicanismo catalanista, ya de por sí fanático, como cualquier otro tipo de nacionalismo.

Pero no era mi voluntad entretenerme en cómo amanece la ciudad, más que en el cálido paseo nacido de lo espontáneo. Así que acabé volviendo a mi casa, no sé muy bien cómo, y al abrir tan sólo la puerta ya empezaron a pedirme recados y esfuerzos de toda índole. He tenido el tiempo justo para robar este instante de mi fugaz existencia y ponerlo por escrito por si acaso no vuelve a suceder. Es Día de Todos los Santos -y anoche Halloween-, alguna gente ha ido a contemplar la Muerte cara a cara, pero nada de eso ha tenido que ver en esta santa mañana vacacional. Lo conservaré en la memoria, y en los archivos.
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3 comentarios

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19:24 ×

Su artículo me ha resultado balsámico: este mes de octubre también ha sido muy estresante para mí, aunque me temo que la situación ha de prlongarse todavía más. En medio de tanta tarea, su relato del optimista recorrido por las calles soleadas y el comentario a diversas pintadas es una gozada, a veces se disfruta tanto con placeres tan simples como un paseo... Y no he podido evitar reírme, nada más empezar a leer, con la imagen del joven plasta del anuncio de "El País". Siempre he creído que era un anuncio cursi, todas esas palabras rimando y en absurda concatenación.

Un saludo

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Anónimo
admin
21:57 ×

Sur??

la diferencia esta en la vejez de la tierra, el suelo donde se pisa, donde se camina, donde se planta, y en las tierras viejas cuesta mas plantar, en los lugares nuevos, se puede hacer escuela con mas resultado, que querer enderezar un árbol viejo.

Añorar lo hecho bien...
O comenzar hacer algo bien?????

El anonimato.. Te saca la lengua!!!!

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08:39 ×

A veces es necesario un momento de tranquilidad y sosiego como el que se evoca en el artículo. Lo malo es que cuando uno mira alrededor y ve la situación de España, entran ganas de coger una recortada y plantarse ,con una buena provisión de posta lobera, en cualquier cenáculo de politiquillos cuasianalfabetos, periodistas pesebreros, actores subvencionados, sindicalistas de enchufe y fauna similar.

http://antorchanegra.blogspot.com/

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