El cine sentimental de Frank Capra

Es casi una tradición en mi familia (ignoro lo que se hace en las demás), pasar la cena de nochebuena viendo algún clásico del director norteamericano Frank Capra. Seguramente estará pensando que me refiero a It’s a wonderful life, sin duda la más conocida, pero existen muchas otras idóneas para estas fiestas entrañables, tales como Mr. Deeds goes to town o You can’t take it with you. Capra es uno de los cineastas cuyas obras armonizan más con el espíritu de la Navidad, si entendemos éste como la eterna amistad que se juran los amigos o la máxima judeocristiana de “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En las películas de Frank Capra, irradiantes de simpatía y simplicidad, los personajes parecen no tener problemas o ser felices familias norteamericanas que se han ganado el afecto de sus conciudadanos con bondad y cariño. Los escenarios cambian, pero la idea es la misma. Incluso los aparentes antagonistas, o los que parecían impotentes personajes secundarios, se convierten de repente en los salvadores de un héroe acorralado por dramáticas dificultades.

Una de las escenas que se repiten constantemente en Capra es la inimaginable generosidad que pueden llegar a tener los más conspicuos próceres (o la suma de muchas gentes humildes...) ante una situación fatal para un hombre económicamente pobre. Así, por ejemplo, en It’s a wonderful life la ciudad de Bedford Falls acude en auxilio de George Bayley (James Stewart) cuando éste estaba a punto de suicidarse por no poder pagar una deuda de ocho mil dólares que el malvado señor Potter (Lionel Barrymore) le había sustraído casualmente al tío Billy (Thomas Mitchell). En Pocketful of miracles, su última película, el gobernador del Estado de Nueva York y las casquivanas personalidades que caracoleaban en la fiesta de su casa van a la boda de la hija de Apple Annie (Bette Davis), una pordiosera que se estaba haciendo pasar por aristócrata y, ante la ausencia de notables invitados impostores (la banda del dandy), estaba al borde de confesar el engaño al conde. Para Capra todo el mundo tiene algo bueno, y lo que no solía pasar en la realidad, lo reflejaba él en la pantalla con el mayor de los descaros. En sus películas todo tiene que salir bien y no se hace la última toma hasta que no se ha impelido al espectador a reflexionar sobre el valor de la amistad, la insignificancia del dinero y los milagros que los individuos (no los sistemas) podrían hacer si fueran gente grata.


Incluso tomado como una idealización, Capra no deja de ser una caricatura de una época que nunca existió. En los años treinta, con todas las injusticias y asperezas de aquellos lustros, no debía de sonar tan absolutamente ridículo como nos parece hoy. Hasta el gesto más mediano de nuestros gobernantes o inabordables millonarios se nos antoja falso, calculado, casi despreciativo, de cara a la galería y con la mira de recibir algo a cambio. En Capra, sin embargo, no hay intereses ni cámaras de televisión ni dobles intenciones. Existe tal pureza de propósitos, tanta bondad intestina e infinita, que desde nuestro sillón se diría ilusoria, imposible, cinematográfica. Con esa actitud, probablemente nunca sepamos si los hombres pueden llegar a contener tal amor imperecedero por el que tienen al lado. John Doo era un camelo, un juguete propagandístico que ensalzaba el “love your neighbourg” en discursos sentimentaloides para encandilar a los bienpensantes, vender más periódicos y esbozar asociaciones civiles que al cabo servirían para intereses políticos. Como de ese figurante de bondad, muchos americanos se vuelven escépticos de ese amor que parecía grande pero que ahora se les representa hueco, falaz, politizado, maligno. Hemos descubierto que John Doo no iba a lanzarse desde arriba del ayuntamiento en nochebuena. Frank Capra no existe. Detrás de la edulcorada fraternidad que se nos presenta hay miseria y podredumbre. Hasta cuando sonríen y nos miran a los ojos. Todo hiede a utilitarismo egocéntrico, a vil materialismo, a Charles Foster Kane. La Navidad nos sumerge en el sueño de la fraternidad, salpicada en muy escasos hogares. Algunos lo intentan, pero nadie puede, ni todos quieren. Sólo la pantalla. El cine en blanco y negro. Capra.

Pero detrás de sus películas, su máscara de cera, está él, un patriota americano, que nada tenía de ingenuo como se nos quiere hacer creer. El Capra de It’s a wonderful life también era un genio de la propaganda de guerra, recordado especialmente por su documental Why we fight?. Capra era también un crítico del capitalismo, muy apropiado en pleno New Deal americano. También es el contrariado James Stewart de Mr. Smith goes to Washington, que pone en pugna los ideales de la democracia americana contra corruptos oligarcas internos que tratan de interferir en el ideal de los padres de la patria. En sus películas se entrevé la imagen de un hombre comprometido, víctima de los vientos de su época, pero inmortal en el tiempo, genial en la forma y atípico en el contenido. Sus películas encierran un mensaje ideológico, de autor, aunque ello no ponga en peligro su calidad artística. Lo persuasivo no quita lo profundo, lo ideal hace recordar la ausencia de lo básico, la hipérbole evangélica de vivir “como los lirios del campo”, que encabezara el abuelo Vanderhoff (Lionel Barrymore) en You don’t take it with you, nos hace presente un principio difícil de definir, inalcanzable tal vez, pero oportuno, sempiterno, letal. Fue Vanderhoff quien replicó aquel famoso “¡no con mi dinero!” a un inspector de Hacienda y que poco más tarde trataba de convencer en la misma cárcel a Anthony P. Kirby (Edward Arnold) de que no podría llevarse su dinero a la tumba. Para Capra, incluso visto como escéptico moralista, ese equilibrio no era paradójico, pero para algunos quizás sólo sea un guiño a la audiencia. En algo sí hemos de ser críticos con las caprianas alabanzas de lo simple. La armónica no dirime las luchas internas, ni todos los días baja Clarence del cielo a mostrarnos lo que hubiera sido del mundo si nosotros no hubiéramos nacido.
Siguiente
« Anterior