El año nuevo que es viejo

Me ha pillado el año enfundado en mi bufanda y escuchando los absurdos propósitos que habitualmente se proponen las personas que sólo saben hacer proyectos en los momentos solemnes. Pero aparte del "haré más deporte" o "aprenderé algún idioma", también he oído lamentos, arranques de melancolía, amigos con el destino aparentemente destrozado, que añoran el encanto de una persona perdida o que se desesperan, como es mi caso, ante los inminentes exámenes de febrero. La entrada de un año siempre tiene algo de trágico, en el momento de ingerir las uvas, todos juntos, pendientes de la aguja de un reloj que seguirá rodando pasado el día de nuestra muerte. Tengo motivos para que me guste la Navidad, pero hace tiempo que dejó de entusiasmarme ante los compañeros que sufren, y como veo el horrendo efecto que estas fiestas producen en las familias desestructuradas, la última noche del año me parece una ocasión para que las personas se pregunten por qué viven, de dónde vienen y a dónde diablos van si es que se dirigen hacia alguna parte.

Antes de que pasara el año se celebró en Madrid el encuentro de las familias, en el que una vez más una muchedumbre de católicos furiosos con el decadentismo moral de la sociedad española aprovecharon para manifestar su desprecio por su clase política y proclamar que la familia es un bien que debe conservarse. El PSOE protestó con un ridículo comunicado en el que presumían de tomar medidas sociales para favorecer a las familias, justificaban su decisión de legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo y lloriqueaban porque la Iglesia se había atrevido a criticar su gestión. Al Gobierno lo que le duele, y es comprensible, es que una manifestación organizada por la sociedad civil tome la calle y cuando los políticos nos convocan para hacer un paripé de unidad antiterrorista no acudan ni los convocantes. Además, como las elecciones están al caer, los socialistas temen que tal arrebato de fervor cristiano acabe enfriando la presunta imagen de partido centrado que Zapatero busca desde hace unos meses. Dependientes del radicalismo, sin embargo, no dudan en lanzar una campaña mediática contra la Iglesia para alimentar a la extrema izquierda todavía ansiosa de sacar de los pelos a los sacerdotes de sus parroquias.

El año comienza, como todo año de elecciones, con el habitual estruendo callejero, pero también con cierto rebrote de calor familiar. Incluso la gente que no suele hablarnos en todo el invierno nos hace ahora una llamadita o nos manda un SMS. Vienen a casa lejanos parientes a los que no queríamos ver y los recibimos con besos y regalos. Pero para darse cuenta de que las familias están en crisis no hace falta esperar a Navidad. Los datos sobre la rapidez con que se produce un divorcio están ahí, y si para las mentes progresistas esto es un adelanto en materia de libertad, para mí sólo es un capcioso juego en el que no se informa de las terribles consecuencias que puede llegar a tener el divorcio y que la libertad de poder separarse o divorciarse ante conflictos irreparables no está reñida con el sentido de la responsabilidad que deben tener ambos cónyuges. Cierto que los individuos son los responsables, y no el Estado, pero si sigue atacando a las familias dentro de poco ya no quedará libertad. Sucumbiremos bajo la creencia generalizada de que con la libertad podemos hacer lo que nos da la gana y no regirnos bajo patrones éticos en los que los sentimientos de las personas cercanas posean un valor incalculable que todo Gobierno que se precie debería considerar.

La situación política no hace ser optimista. Piensa uno que si los gobernantes no estuvieran tan alejados de la realidad quizás se darían cuenta de que detrás de las palabras hay personas y que no toda la humanidad está politizada. Mientras los políticos consideren que toda crítica dirigida contra ellos es un arma política para servir a intereses partidistas, el poder del Estado estará lejos de los ciudadanos que constituyen su razón de ser. Ignoro lo que pasa por la mente de Pepe Blanco y sus ilustres colegas del Comité Federal del Partido, como los posibles intereses que puedan llevar a los obispos católicos a decir lo que dicen, pero no dudo de que algo de verdad debe de haber en este mundo y que la sociedad civil no está insalvablemente vendida al poder político. Hay muchas personas a las que les mueven los principios más que la alegría de saberse vilipendiados o de que los políticos de su cuerda dominen el cotarro. Hay gente que dice lo que piensa sin que le importe un bledo si mañana el PSOE o el PP gana las elecciones. Si las posiciones no fueran tan radicales, nos sería mucho más difícil elegir entre uno y otro, pero mientras los políticos nos sigan llamando imbéciles, tendrán que acostumbrarse a dos extremos: los visionarios chillarán en la calle para intentar cambiar las cosas y los soñadores se refugiarán en su vida privada para ocuparse de asuntos más edificantes. Incluso creo que muchos soñadores nos veremos obligados a echarnos a la calle. Conque, señor Pepe Blanco, ¡déjeme dormir!
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3 comentarios

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23:30 ×

Excelente entrada.

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03:48 ×

Ojalá el año que empieza nos traiga la ruina de los enemigos de España.

http://antorchanegra.blogspot.com/

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Ruth
admin
10:45 ×

Son muchos los soñadores que no vemos otra opción que echarnos a la calle. Tristemente, si no es así, no nos prestan atención.
Gran entrada, Samuel
Un saludo!

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