Primera plana, los dos mejores reporteros del cine

La noche antes de que ahorcaran a Earl Williams -el desdichado bolchevique que había tiroteado a un guardia en vísperas de elecciones- la sala de prensa apestaba a sudor y tabaco. Los reporteros de los principales periódicos de Chicago jugaban al póker en torno a una mesa de polvo y colillas, cuando aparece Hildy Johnson y les comunica una terrible noticia. Dejaba el periodismo para casarse con una pianista de Filadelfia y trabajar en una agencia de publicidad. Parecía el paso definitivo para abandonar el gremio de los reporteros, la puerta abierta a una vida más cómoda, pero el pobre Hildy ignoraba todavía hasta qué punto era esclavo de sus virtudes.

Billy Wilder odiaba casi tanto a la prensa como Hildy Johnson. Al pintar ese retrato cinematográfico en Primera Plana, encumbró a la profesión de tal modo que muchos periodistas se sintieron prisioneros del trabajo que adoraban. Por un momento vieron la imagen de sí mismos, y les hizo gracia. Redactores sin complejos, criados en los bajos suburbios, clientela fija de los prostíbulos, bebedores por despecho y mamporreros por afición. Todo el día de acá para allá, la oreja pegada al teléfono; los dedos, a la máquina de escribir. Preguntan a la mujer quejumbrosa en sus horas más tristes. Lo que no saben, lo inventan. El tiempo que no van buscando sucesos morbosos juegan a las cartas. Y se burlan con desdén del ambiente que les rodea, sin quitarse nunca el sombrero de la calva, ni el cigarrillo de la boca.

Rudy Kepler es el niño bonito recién salido de la universidad que se hace pis en los pantalones cuando la policía revienta las ventanas a balazos. Roy Bensinger, un cursi redactor afeminado del Tribune con el que nadie quiere coincidir en los lavabos. Molley Malloy, la furcia pelirroja a quien los periodistas han hecho blanco de sus bromas. Walter Burns, el editor exaltado del Examiner a quien se ha metido entre ceja y ceja una exclusiva y está dispuesto a cualquier cosa por no dejar marchar a Hildy, su intrépido redactor, el siervo de su profesión -su vida misma-, que huele las noticias en cada esquina e indaga lo absurdo que a veces tienen los hechos a primera vista inexplicables. El sheriff Peat Hardman, a quien Walter y Hildy llaman con sarcasmo el honesto Peat, y el estirado alcalde visitador de la casa de Madame Chao. Y así, un puñado de personajes más que no hizo falta realizar, porque encontraban ya su réplica en el más puro mundo periodístico.


La imagen literaria del reporterismo ya no puede verse en las modernas redacciones multimedia. Pero aún se conservan algunos tópicos verídicos que a veces uno escucha decir por ahí, no sé si porque han visto la película o los han vivido en sus carnes. Los horarios siguen siendo flexibles, y todo parece ir a velocidades astronómicas. El periodista, dicen, está predestinado a la soltería. Cualquier cosa menos el matrimonio, que puede truncarse en mil palabras o la segunda noche que no vienes a dormir. El periodismo es una mujer absorbente. Walter Burns lanzaba una advertencia desgarradora a la futura mujer de Hildy: “Cásese con un enterrador, con un pistolero, con un jugador tramposo, pero nunca se case con un periodista”.

La ética puede esclavizarle, o usted puede tirarla a la basura. En Primera Plana, la industria de la información no conoce de límites morales, ni de rigor informativo, ni de humanidad. Todo vale por una buena noticia. Pueden venderse al poder o tratarlo a puntapiés. Ir detrás de pistas equivocadas, querer meterse en una lluvia de metralla, perseguir asesinos por los edificios, escribir un reportaje sensacional que al día siguiente sólo sirva “para envolver un periquito muerto”, hasta que lo metan en la cárcel y todavía no haber quedado contento. La diversión está garantizada. El peligro también.

Viendo la película, pueden darle ganas de ser periodista, puede que estudie una carrera y hasta encuentre un trabajo de redactor y crea que tiene el futuro profesional solucionado y que la vida seguirá deparando acción y misterio en letras de molde. Pero si en algún momento de su vida atraviesa su corazón la menor ansia de libertad, si quiere irse a Filadelfia con una bella pianista y repantingarse en la silla de su despacho mientras piensa eslóganes para sujetadores, si anhela llegar a casa y encontrar el árbol de Navidad engalanado y un par de niños juguetones que corren a abrazarse a sus piernas; si en algún momento de su vida siente una cosa así... amigo mío, olvídelo. Quien ha nacido para periodista, periodista será siempre.
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5 comentarios

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El Cerrajero
admin
16:30 ×

Si comparamos el retrato de los periodistas que hizo Wilder con las caricaturas de políticos que gastamos en esta naZión de naZiones, los primeros quedan automáticamente canonizados y no me refiero al Zaqueo de los titiriteros xD

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Moribundo
admin
20:27 ×

sanuel no es por nada pero tus amigos no me cuadran

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23:12 ×

Si Billy Wilder tuviese que hacer un retrato de la actual fauna periodística española, seguramente delegaría hastiado en cualquier director "gore" de serie B para que hiciese un híbrido entre "Los perros de la guerra" y "La noche de los muertos vivientes".

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Ruth
admin
22:08 ×

¡Vaya! El último párrafo me ha sonado a influencias de Kapuscinski, que dice que el periodista de verdad no hace su trabajo y vuelve a casa como una persona normal. Eso sería un puro trabajo de oficina. El periodista está al servicio de la información las 24 horas del día y no puede desprenderse de esa esencia, vive para informar.
Por lo demás, me dan ganas de ver la película esa. Ultimamente no he ido al cine y podría ser un buen momento para retomar esta afición.
Un saludo!

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23:14 ×

Hola Samuel, llegue hasta aquí con la finalidad de agradecerte tu visita y comentario en mi blog y me encuentro con este magnifico rincón, lamento no tener aún argumentos para poder opinar pero prometo regresar y sumergirme por todos los rincones, ya que en estos momentos el tiempo no es precisamente mi aliado, un saludo, atte., ... Alexis

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