Con qué sueña un estudiante universitario en época de exámenes

El silencio infinito cubre la habitación de un chico que estudia. Con la cabeza baja, los ojos fijos en el papel, distorsionado por una onírica niebla, se dijera inmerso en la pesadilla de un tiempo interminable. Dos, tres horas lleva el muchacho sin decir palabra, sin inmutarse al menor zumbido de mosca y siguiendo el complejo temario tatuado en su frente. Sus manos, manchadas de bolígrafo; su mesa, llena de apuntes, lápices, bolígrafos, inconmovibles mamotretos y una discreta taza de café que parece haberse adherido con fruición al posavasos. A su alrededor, una luz tibia baña los muebles ignorados, mientras las paredes parece que tiemblan de tensión y espanto. El reloj cuenta las horas hasta el momento con su tic-tac, que suena sincopado con un corazón que late. Afuera van y vienen el sol y la luna. Y en la desordenada mesita de noche, junto al termómetro y los posos de una limonada, un puñado de libros que mueren prematuramente en el olvido.

En su cabeza, pugnan recuerdos juveniles con un puñado de conceptos atravesados, relaciones artificiales, largas memorizaciones que de tanto en tanto escupe en una perorata mental. Añora el encanto del transporte público echando humo bajo los faroles, las risas cálidas de una conversación de amigos en la hierba, los consejos del profesor tras la mesa del despacho, las ilusiones de un mañana desconocido, un viaje en lontananza para el que ya busca billete de avión. A modo de vagas alucinaciones, fluyen imágenes y sonidos entrecortados que nada tienen que ver con el proceso documental ni los secretos para escribir una buena crónica. Su mente oscurece. Se agota el bolígrafo. Cae al fin sin fuerzas sobre una hoja de papel que había garabateado hasta la mitad.

En la ingrata noche de la época de exámenes, sueña con monstruos marinos, sirenas encantadas y barcos piratas que se echan al abordaje. Vive el tiempo desde su niñez, contempla desde la ebriedad de su espíritu la vulgaridad de esos seres diminutos que se lamentan por unas décimas de nota, que presumen de saber a pies juntillas lo que se les dice desde la tarima y se creen dueños de sí mismos. Sonríe, desde su óptica feliz, como si nada le afectase, como si pudiese aplastar a esos estudiantillos de manual con la planta del pie y pudiese escaparse luego a caminar sobre las corrientes del céfiro. Alcanza la luna, se deja caer por su curvatura de queso con una carcajada. Cree alcanzar estrellas más lejanas con la mano. Con desdén arroja un portaminas al vacío y aguarda a oír el chapoteo. Choffffffffff, se oye. Y sonríe.

El tiempo pasa. La naturaleza se repite. Llega la hora de filosofar, en su retiro celestial, porque el aburrimiento le mata. ¿Qué haría él en su locura, libre de apuntes, de propósitos, de intereses en la vida, de la necesidad de superarse a sí mismo? Bajo su techumbre negra, siente el vértigo de la libertad. Expande los ojos como platos y tiene el impulso de pedir auxilio, de mencionar un nombre, suplicar que venga un amigo, un ángel que le ayude. Eso. Un ángel.

El ángel llega de pronto, rasgado la oscuridad con su resplandor de neón, meneando unas alitas juguetonas que de someterse a un melindroso análisis se habría concluido que aquello era tan sólo un sueño. El estudiante no lo sabía, y le preguntó al ángel qué diablos había venido hacer allí. Su situación ahora era aún más complicada. Su irritante libertad, que él creía poder infinito, se veía coaccionada por otra forma de vida, fantasmagórica, inorgánica, subjetiva, no obstante una turbación. El ángel le recordó el sagrado deber de la responsabilidad. El estudiante, curioso de averiguar el sexo de los ángeles, percibió una inyección de moralina que lo desilusionó. Salió de su letargo, frunció el ceño, se acurrucó en la luna y dijo adiós al ángel pretencioso. Una fría corriente de aire. El adormilado sonrió.

De pronto, notó que algo se movía tras de sí. La luna cobró un tembleque maravilloso que fue poniéndose pesado. Unos ojos fulguraron en su almohada dorada; después se perfilaron dos labios apretados; luego, una nariz puntiaguda. Miró hacia atrás con horror, sintió como sus pies se resbalaban y volvió a notar el vértigo de la infinita cadena de decisiones que podía adoptar. Parecía que la luna fuese a hablar. Sólo abrió su boca grande y fea y enseñó unos dientes muy descuidados, con aspecto de pupitres de universidad. El chico gritó con pavor y se tapó los ojos. Aquel era su fin, la impotencia, el colapso. El segundo mes del año.

Cuando el estudiante se despertó, aún estaban los apuntes bajo su oreja. Sintió el frío contacto de los folios enrabietados que aguantaban su peso y la mirada soñolienta de las tapas del manual, a punto de emigrar hacia su estantería. Los ojos del chaval se desperezaron tranquilos, como si nada hubiese pasado. Miró el reloj y vio que eran las tres de la mañana. Su cerebro necesitaba los mimos del almohadón, el calor de un cojín amable y blandito. El estudiante tomó una decisión repentina, irrevocable, sensata. Se levantó de la silla giratoria y se fue a la cama.
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