Escúchenme bien, señores políticos

Basta ya de corrillos y habladurías, de runrunes de amargadas comadres, de caldeados ambientes y morbosos aspirantes a derribar molinos. Cállense ya los gallardos quijotes, los tertulianos vociferantes a los que todo inquieta o les parece interesante. Cesen las lágrimas de cocodrilo, las palabras que empaña el sonido del aire, la especulación barata del castizo o la mentecatez del botarate. Hablan demasiado, leen bastante poco, pero a pesar de todo abren su boca, liberan sus vocablos, su úlcera de estómago, su retorcido cerebro en forma de insinuación o ultraje.

Apáguense ya las sonrisas fraudulentas, caigan de una vez las caretas pintarrajeadas, los dientes de blanco esmalte y las rojas narices de goma. Derrúmbese el decorado, salgan ya los apuntadores, ¡que se descubran al fin los dobladores!, suba el director al tablado para que el público pueda ametrallarle de tomates y pitidos junto a los demás titiriteros. Dejen de insultar al arte con sus ramplones prédicas, sus guiones toscos y su pésimo gusto. Saquen también la mano de nuestros bolsillos y no avergüencen a sus madres. No indaguen en su propia miseria, no reflejen su absurda vida en las pantallas, lárguense de los escenarios, váyanse a cantar a otra parte. Donde los aguanten.

Los otros estrechan manos y besan mejillas, pero nunca meditarán en las razones de su crónica tontuna. Dejen de mirarme desde los carteles, desde la televisión maldita, y dejen de repetirme eslóganes prefabricados; abúrranse de predicar unas virtudes que no tienen y criticar al contrario defectos de los que ustedes adolecen. Retírense a uno de sus tropecientos chalets de la sierra o de la playa, que ganan en justo servicio a la nación por hacernos la vida tan alegre. Vuelvan, como poco, a la escuela; a uno de esos colegios de altísimo nivel, tan comunes en España, llenos de calientabancos y pelagatos, de empollones obedientes y profesionales del maltrato, de ruedas de coche pinchadas y puñetazos que se escapan. Abandonen sus butacas. Échense a la calle. Vean cómo vive la gente. Sin cámaras.

Pongan fin a las entrevistas, concluyan los debates, no llenen más auditorios. No nos pidan más limosna y trabajen. Olviden el clamor de los aplausos, rechacen el halago de sus cofrades. Dejen de repartir billetes para quitárnoslos más tarde. No les pedimos que nos hagan felices, porque ya lo hacen. El frívolo espectáculo que representan nos divierte. ¡Qué personajes! Sus caras que pretenden ser dioses, sus alardes de franqueza y su doblez de alma, su forma trasnochada de entender una profesión que debiera ser literaria. Sustitúyanse al cine español y demás telebasura, y el país saldrá ganando. Por fin quedará un lugar vacante para el arte.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
11:24 ×

Sencillamente brutal. Me parece que tu uso del lenguaje es magistral. Desenlace a la vez fatal y mesiánico.

Esteban Ordóñez Chillarón

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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