Semana Santa: cuando el sufrimiento es una fiesta

Amanece al albor de principios de siglo. Una lánguida campana de iglesia repite a los lejos una cadencia de lamento y horror. Una brisa sacrosanta recorre las callejuelas solitarias golpeando los cristales, acariciando las persianas, refrescando la intimidad de los hogares con su espíritu de llanto mortuorio. Aparece en el cielo un brillo histórico, que forma un interrogante de rancio color y desfigurada forma, que sólo llama la atención de los madrugadores fervorosos. Pronto las gentes se despertarán, zarandeadas por un sopor vacacional, y correrán a entregarse a sus costumbres matutinas, con la única excepción de que hoy no tienen que ir al trabajo.

Aquí no habrá pasado nada, en este prematuro estío, cuando las gentes se asomen a la ventana con ademán irritado y comiencen los gritos y las pendencias, las discusiones políticas y las frívolas conversaciones de sobremesa, con el abrigo de nuestras soledades y la televisión como acompañamiento. Cuán triste lloro sin enjundia adolecerán las almas encerradas en un piso anónimo, cuán dulce recato gozarán las vidas perseverantes en los bancos de las frías catedrales y cuán maravillosa visión de totalidad alcanzarán los espíritus inquietos, que escalen las montañas o se refugien en pequeños páramos, con mochila y sin reloj, cerca de algún pueblo que celebre la Semana Santa, lejos del rutinario retintín de la mediocridad ambiente. Allá donde se ha destronado a la estética por el clamor populachero, donde se haya sustituido la elegancia mística por la fiesta sempiterna, sin duda contrastarán el regocijo con la melancolía, la exaltación religiosa con el espectáculo pagano y el sermón encendido con la disertación fría del político elogiando un sentimiento que no entiende. Es tiempo para huir de las vanidades y sentarse en la soledad, entre bocanadas de aire fresco, junto al sigiloso riachuelo. Es tiempo de perderse en un íntimo coloquio con el Cristo resucitado, en la paz pretérita y serena del silencio.

Corren malos tiempos para la fe. Un pedestre celo religioso, disfrazado de túnicas y capirotes, ha sustituido al ardiente espíritu cristiano que los españoles nunca hemos tenido. La España folclórica y cañí, dispuesta en impecable comitiva, avanza descalza al son de los tambores mientras una figura de mármol que representa al Jesús crucificado se tambalea con rigor solemne o descuidada improvisación. Las gentes más emotivas empapan sus pañuelos, los padres ponen a sus niños sobre los hombros, los taciturnos que por allí se acercan tratan de explicarse pasajes del evangelio, los cristos de pega se dan de latigazos para rememorar el dolor intenso de quien cargó a sus espaldas los pecados del mundo. La irreverente progresía, que nada entiende, sale a protestar como tiene por costumbre, porque ama el concepto pragmático del dolor reflejado en multitud de misérrimos estigmas angustiosos y patalea con vehemencia porque no aguanta tanto rito ni ceremonia. Se llenan los periódicos de referencias beatíficas, la televisión echa películas de romanos y superproducciones foráneas y los españoles ilustrados y humanistas vuelven a advertirnos de la magnificencia de nuestra cultura y del anacronismo de lo religioso.

El día se despierta con murmullo de pájaros, con la sensación de vacío que deja un sentimiento que ha volado de pronto. Ya no hay huevos que cascar, ni cabezas que descalabrar; el campo fue vaciándose de familias más o menos integrales con la penumbra del crepúsculo; volvieron los trabajos ingratos y las torticeras decisiones del jefe; acabaron las siestas prolongadas y las procesiones interminables. Ya no hay más dolor, ¡qué aburrimiento! Y el sepulcro está vacío, y el sudario en el santo suelo, y la cruz en el Calvario, y la longaniza en los estómagos, y el Cristo resucitado encerrado en una urna, triste, desangelado, esperando al año próximo a que vuelvan a crucificarlo.
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