¡Viva el mérito! ¡Abajo los empollones!

El tiempo es un cáncer que nos mata y nos aleja, que nos hace extraños a nosotros mismos y eternos admiradores de un mundo lejano (París, verbigracia). La más mínima prosa, hasta rayar el extremo de la mediocridad, pasa a convertirse en una terapia para quien la esgrime. ¡Qué inmadura es la soberbia! Y qué angustioso es resistirla, aquí, ante el espectáculo del mundo, sentado al escritorio, en esta caverna de preguntas sin respuesta y añoranzas del fin de siglo. Contemplo pasar rostros sin gesto y máquinas de pensar, que disfrutan un poquito del letargo de la melancolía para volver a esconderse en su tálamo de costumbres ultraterrenas. Almas embrutecidas, embriagadas de sí mismas, que no ponen ungüento a sus heridas porque han pasado por la tierra con la cabeza alta, sin contrariedad, despreciando lo débil y excéntrico, lo entrañable y humano, lo que respalda la muerte de los hombres y después de muchos años los vuelve a levantar.

¡Qué notables años hemos pasado! La mano invisible del saber nos condujo por una abrupta senda de peligros geográficos y tambores de selva, lágrimas nocturnas y desazones invernales, silencios de circunstancia y arrobamientos inoportunos. Nos detuvo cuando creíamos ver el norte y aprisionó nuestros cerebros en el mejor momento. Nos transformó en una masa viscosa e indomable, en una nación sin nombre, una familia integrada de inadaptados. Tanto nos apretó unos contra otros que ya no se supo dónde comenzábamos nosotros y dónde acababa el mundo. Algunos se refugiaron en su inestimable yo, en sus aptitudes exageradas, creyéndose dueños de lo que sabían a medias tintas porque quienes les rodeaban no tenían siquiera una pequeña noción de lo que existe. Engrosaron, sin embargo, el todo heterogéneo de tópicos infinitos, la infinita gama de grises que los separa de la nada, del abismo, la inapetencia; dejaron que la gente los admirara en público y los odiase en silencio, los amase por costumbre o los juzgase por su atractiva superficie.

Pasaron las lóbregas horas del capricho, el placer insatisfecho que corroía nuestra desidia interna con sus reconcomios. Acabó la costumbre innata, la resignación al tiempo, la síntesis de millones de gentes en un único sujeto amplísimo, de cuya respuesta dependía nuestro éxito o nuestro fracaso; vimos que eran muchos individuos libres interconectados, dependientes de similares gustos y aficiones, esclavos de plurales criterios y unánimemente servidores del sentimiento incontrolado y bárbaro. ¡Qué bella estampa de románticos presuntuosos! Y las gentes siguieron siendo normales, mientras unos daban un pasito aquí, otro pasito allá, alcanzaban una victoria y se tropezaban con lo desconocido, escribían un poema por placer o se entregaban a la indómita locura del estrés y la obligación. Nuestros ojos siguieron siendo los mismos; nos arrastrábamos de la misma forma, con torpeza y mansedumbre; como Shylock, moríamos cuando nos envenenaban, sangrábamos cuando nos herían y reíamos cuando nos hacían cosquillas. Pero en la recóndita intimidad de nuestros espíritus crecía un ser vigoroso y sereno, un corazón de cartón piedra, una insobornable manía de perseverar. Las montañas se convirtieron en valles, las palabras trastocaron el misterio de su significado por su trascendencia fonética y artística y la voz inexperta que nos dejó la adolescencia fue agravándose a medida que abríamos la boca. ¡La abrimos! ¡Al fin! Dejamos escapar la desgana y el desaliento, la frustración correosa y la secreta infamia de nuestra mudez. Finiquitamos nuestra mediocridad con satisfacción; dimos un puntapié a los privilegiados y presuntuosos.

Quisieron que dobláramos las rodillas; y las doblamos. Mas después de arrastrarnos como cucarachas y buscar en los rincones nuestro alimento logramos una visión más clara de las alturas y una onda efectiva que los gigantes envidiaban. Ahora sabemos que citar un autor que nadie conoce suele ser una pedantería, no una muestra de mayor conocimiento, que enzarzarse en discusiones estúpidas es la más ruin manera de dilapidar el tiempo y que si caemos podemos volver a levantarnos. A la genuflexión respondemos con aforismo; a la jactancia, con sarcasmo; y volvemos a reírnos de nosotros y de todos porque es la mejor manera de solventar los pequeños asuntos. ¡Ocúpense los falsos cristos de arreglar el mundo! Cíñanse el cinturón las gentes serviles, los alumnos obedientes, que con la mejor intención llaman a engaño a su conciencia y descuidan el precioso oficio del arte por conservar sus diminutos virreinatos testimoniales.
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