El orador. Un relato político

«Hiiiiiiiiiiiiiiiiii-hoooonnnnnnggggg», exclamó el orador al subir a la tribuna. «Beeeeeeeeeeeee», respondieron los presentes. Y así, en tan simpática conexión y melodioso intercambio, el emisor continuó su discurso entre los aplausos de la multitud fervorosa que le interrumpía. El disertante sentía un inmenso placer, una satisfacción casi primitiva al ver aquellos seres sentados bajo la luz del sol, tan blancos, tan indefensos. «¡Qué hermoso rebaño!», cavilaba, deseando que concluyera pronto su ponencia para volver a casa a calcular las ganancias de la trasquiladura.
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