El demonio de mi habitación. Relato nocturno

«¡Mátalo, mátalo!», gritaba, mientras una luz negra y parpadeante se paseaba por el techo de su habitación. Rogelio luchaba contra las sábanas, meneando las piernas, torturándoese en la inapelable agonía de su sueño. El pánico lo aterraba, allá en su atmósfera subjetiva, pero había un propósito en su alma por el que valían la pena los trabajos interminables de aquella noche de terrores. Trataba de alcanzar aquella luz negra que se le escapaba por los aires, como si en ello le fuese la vida o si al fin hubiese salido una vieja alimaña de su escondite tras muchos años de actividad clandestina. Cuando creía tenerla entre las manos, se le escurría entre los dedos, adhiriéndose al techo, volando de rincón en rincón y de telaraña en telaraña, sin alejarse mucho de su víctima, que presa de la inconsciencia escuchaba tan sólo el zumbido de sus alas y veía en su mente, como a un villano de videojuego, aquel engendro indeterminado que le corroía las entrañas.

Rogelio había llorado muchas veces en su vida, había derramado lágrimas amargas durante sus noches en vela, pero jamás había mantenido lucha tan violenta con la causa de sus males. Había encontrado por fin, tras años de especulación infructuosa, aquel ser diabólico que le atizaba por las noches y había decidido que suponía un mal para su existencia. «Se trata de él o de mí. No hay más que hablar», dijo una mañana tomándose una tostada con mantequilla, mientras su mano derecha sostenía un ejemplar de El Mundo. Rogelio era un hombre de palabra; sus años de sufrimiento habían desembocado en un obsesivo deseo de renovación. Sus ansias de libertad le llevaron a ensayar misteriosos conjuros, fabricados por el mismo, a eso de la medianoche, cuando el demonio de sus angustias, ahora visible como un abejorro que ha abandonado su flor, hiciera su aparición en su noche oscura. Hacía sus oraciones cada vez que salía la luna, derramando sobre las sábanas el dolor de media vida, infinitud de situaciones innombrables que le habían hecho padecer, miradas encontradas, palabras hirientes, voces escondidas, rumores lejanos y un millón de miserias que, ya las inventara él mismo, ya fueran fruto de su locura, venían a parar a su mente en un solo instante, formando un todo compacto de desasosiego reprimido que vertía en su lecho ante el mismísimo Dios, entre mil gritos dispersos, como el sacerdote que derrama la libación sobre el cordero del sacrificio.

El angustiado durmiente, como sabía que sus noches serían desde entonces una guerra continúa, pasó muchos días sin acostarse, apegado a la cama en que había pasado sus mejores años de soledad, contando recuerdos mientras apartaba de su cabeza la imagen horrenda de aquel holograma luciferino. A veces sentía la tentación de agarrar un libro de su estantería, para matar el rato, pero tan pronto como recordaba que Satanás lo acometía por todos los flancos, arrinconaba estos pensamientos y abría bien los ojos atento a que ningún ser sobrenatural traspasase el umbral de su cuarto.

Bien sabía Rogelio que el paso del sueño a la realidad era tan sólo una ficción, pero más de una vez había creído ver, en sus horas agónicas de sueño, el techo blanquecino de su habitación que alojaba al espectro anarquizado. Muchas veces creyó, cuando tenía un instante para reflexionar, que aquellos espasmos que le daban durante la noche y el movimiento epiléptico de sus piernas no eran causados por viscosos diablillos fruto de su imaginación, sino por verdaderos espíritus de las tinieblas que durante la noche tomaban por la fuerza los cuatro ángulos de su dormitorio para ejercer sobre él una influencia maligna y enturbiar el dulce refugio de sus sueños. Pero Rogelio, que no tenía el menor respeto por las ciencias del espíritu, oraba sin cesar para que aquellos espirituelos se ahuyentasen de sus aledaños y en especial aquel arcángel del mal pereciese ante la fuerza portentosa de su exorcismo.

Una noche, después de interminables horas de búsqueda ansiosa del Espíritu, Rogelio quedó como postrado sobre su cama y dio hondos suspiros, confesando a los cuatro vientos que no quería más demonios en su casa y que sentía enormes deseos de dormir. Se puso de pie de pronto, amedrentando a todos los muebles de la sala, y con una brusca sacudida de alfombras, comenzó a echar fuera uno por uno a aquellos sibilinos violadores de la propiedad privada, que por muy viejos diablos que fuesen no eran muy sabios y se asustaron de la insufrible marea de polvo que se les venía encima. Rogelio no limpiaba la habitación desde que su hermano se casó y se fue a vivir a otra parte, pero aquella noche descubrió que el mocho y la escoba son el antídoto contra esos enemigos de la higiene y el decoro. «¡Fuera! ¡Todos fuera!», iba diciendo, mientras el demonio intermitente, seguido de sus adláteres, salía del cuarto tosiendo, sofocado ante aquella inmensa columna de humo que el hastiado Rogelio había levantado. Éste, cuando vio que toda la mugre había salido, recobró las ganas de dormir y se fue derecho a la cama, contento de que aquella noche no encontraría la luz negra y parpadeante paseándose por el techo de su habitación. Cuando apagó la luz, sonó una flauta. Era el flautista de Hamelin que se llevaba a sus ratones. Tirurirí, tirurirá...
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