Por qué conviene estar en silencio en algunos sitios

Bastan unas pocas lecturas para saber que todo hiede, que la humanidad sucumbe al arbitrio insano de las masas. Unas pocas horas de silencio bibliotecario arrojan al cieno un puñado de libracos inservibles, por fuera adornados de coloridas portadas y dorados títulos, pero por dentro, huecos, nauseabundos, sin belleza natural ni superficie humana. Entras en uno de esos grandes almacenes, donde la industria del libro expone sus productos semielaborados a modo de output, y un montón de aguerridos clientes, hambrientos de novedad, apenas leen la contraportada y ya están aflojando el bolsillo. La literatura dejó de cultivarse en los grandes espacios, porque las grandes multitudes han dejado de vivir, o quizás nunca vivieron, pues sólo son reflejo de multitudes análogas. Antes todo era mejor, claman los viejos, pero se equivocan; el pópulo siempre ha sido estúpido y manejable, aunque cada vez sea más sencillo para el individuo anónimo cortar las cadenas.

Una enorme tela de araña, sin embargo, cobija un pequeño edificio público junto a la playa. Apenas sube uno las escaleras y penetra en el vestíbulo, sentimos los rayos de un sol abochornante que atraviesa la cristalera y recupera la imagen, tan recurrente en tierras levantinas, de un interminable estío. Adentro de la Sala de Préstamo, a veces reina un silencio sepulcral; la mudez de los libros; otras, el amargado bibliotecario hace estruendosas indicaciones a algún lector despistado que trastorna por un instante sus costumbres vegetales. ¡Qué terrible tosquedad se expande, entonces, en la mediana sala! El silencio se recupera, por inercia, hasta que unos impertinentes tacones lo destruyen con su frívolo toc-toc y unas piernas rocambolescas acaparan la atención de los hombres, creando un ambiente sensual imposible para la tranquila lectura.

Al entrar, hay un mostrador donde se enzarzan batallas entre la tecnología y la humanidad. Hay un par de mesas a un lado, en el que a veces estudiantes y estudiosos toman notas de algún libro; al frente, delante de una hilera de cómodos sillones negros, hay cuatro ordenadores blanquísimos en los que pueden hacerse consultas. A la izquierda, un sencillísimo laberinto de estanterías que exhalan polvo de años de provincia y música inaudible de centenares de voces que mancharon el papel con la tinta de sus sentimientos privados. Hay además, no muy lejos, una mesa en la que destacan las últimas novedades, los libros más leídos, qué se yo, el azaroso capricho del bibliotecario, que tiene cara de no haber leído un libro en su vida.

Cerramos la puerta despacio para no hacer ruido. Los libros duermen el sueño interminable de la soledad, más vivos que un cementerio de cruces blancas e iguales sobre un suelo de hierba artificial. Sobresalen algunos papeles y tomos demasiado grandes. Reina la quietud. Se dijera que hablan, o que susurran, despidiendo un aliento lúgubre, que rasga el aire, desde sus silenciosas tumbas. Tomas en tus manos los Nueve libros de la Historia, de Herodoto, y casi escuchas a Creso contándole a Ciro de la sabiduría de Solón, en el umbral la muerte, y que de pronto ambos se callasen al notar el tacto de tus dedos. Te acercas a los sillones, receloso, y te sientas en uno en el que no hay nadie, y siempre con una delicada emoción, indescriptible, abres la portada del libro y te pones a leer el prólogo.

El tiempo pasa, como moribundo, al regresar de una larguísima batalla, y los ruidos externos, absurdos e indistinguibles, se pierden en el limbo del olvido. Levantas, por unos momentos, los ojos del libro y reparas susceptible en la señora de enfrente, rolliza, pueblerina, emperifollada, pintarrajeada, que pasa las páginas de una revista rosa y quizás rumia en su retorcida cabecita algún proyecto de celestina, perdón, de tertuliana del corazón, con lo que siempre ha soñado ser. A tu izquierda, ajeno a ese mundo despampanante y agridulce, un joven treintañero, con la cabeza en el asiento y las piernas en el aire, lee un periódico deportivo con sumo interés, a juzgar por la escasa distancia que separa el papel de sus ojos. A tus espaldas, ociosos ancianos de camisa y pantalón expanden sus periódicos y se regocijan con mil artículos, ocurrencias, noticias extrañas y declaraciones de politicastros a los que ellos quisieran soltar cuatro frescas, algún día… recién salidos del bar. Entre las estanterías, una señora investiga con sus lentes los títulos de los libros, mientras su compañera no deja de decirle, con ese trato de confianza que dan las mujeres a los libros: «ese ya lo has leído». Y la buena mujer, tras unos minutos de acalorado rifirrafe, consigue llevarse un par de libros de mercancía, que irán a parar seguramente al bolso o a la mesita de noche, para rellenar esas horas en que no hay nada mejor que la lectura.

En el vestíbulo hay una máquina de cafés y otra de bebidas refrescantes. Allí es donde se juntan un puñado de desconocidos a dispararse indiscretas miradas que ya nunca volverán a cruzarse. Mientras saboreamos el dulce sabor de la Fanta de naranja, por no más de sesenta céntimos (como diría el inadaptado, cien de las antiguas pesetas) miramos por la ventana y vemos, a nuestros pies, una carretera por la que no dejan de pasar coches y, más allá, la rotundidad del mar, azulísimo, sobresaliente y casi obsceno, que baña nuestras costas y preside las vivencias de nuestra ciudad, en el día, y vigila nuestros sueños, cuando las calles ya están vacías.

Hay en esta simple estampa una poesía majestuosa, repleta de silencios y soledades, acometidos por miríadas de distracciones e inquietudes intelectuales. Hay, al fin, una aridez fecunda, rodeada de edificios, carreteras y cielos; una muerte prematura que construye nuestra hombría y reduce nuestros pánicos. La sensación de que muere sin cesar algo de la vida y la preparación de un nacimiento espontáneo de poderosas amarguras. Trágicos deslustres que espolean la fuerza de la voluntad y renuevan la conciencia de la libertad. Misteriosas fuerzas atrasadas, conocimientos inéditos, exposiciones de originalidad individual que nos distancian de la muchedumbre compacta y que ésta, de alcanzar tales vislumbres, se desintegraría en diminutos espíritus y personas de carne y hueso. Hay tales momentos que no pueden contenerse en mil doscientas palabras, sino en un decorativo “silencio, se lee”, que encuentra uno a veces por ahí.
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2 comentarios

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23:17 ×

El recuerdo de una biblioteca siempre es evocador. Leyendo su texto no he podido evitar recordar el viejo barracón del CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) que nos servía de biblioteca.

Juventud, divino tesoro...

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Anónimo
admin
09:24 ×

Vamos, ELEMENTAL!


Un saludo

Marta

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