Vanidades del sur

Quiero escaparme en el tren del olvido a una lejanía inerte que me haga olvidar las penas infinitas. Escalar las palmeras rugosas hasta alcanzar el cielo, plantarme ante el trono celestial y suplicar, hincado de rodillas, una respuesta, una voz, una mirada siquiera. Besaría las nubes hasta que se deshiciesen bajo mi cuerpo y cayese con ellas al vacío, convertido en lluvia fina, sobre la cabeza achicharrada de mis amigos. Me fundiría con tus cabellos negros y caminaría siempre a tu lado, sin tú saberlo, entre los campos de trigo, impregnado del olor fragante de tu savia. Susurraría a tu oído palabras cuando estuvieses dormida, aparecería sigiloso en tus sueños y te diría... lo que nunca te diría. Tú seguirías andando, entre agobiada y fúnebre, siguiendo el transcurso incierto de la vida.

Escribiría, entre los matorrales, una poesía muy triste, marchitada, que arrastrase el viento con el polvo de las tinieblas que perecen. Me dejaría ver, en la primavera, bajo el sol imponente del cercano estío y vagaría entre paredes marrones, riachuelos diminutos, claustros recogidos que cobijaran la melancolía de mi espíritu. Te vería en el libro que leyese, ahí solitario en la mesa grande, y no podría decirte lo que mis labios sienten que desaparece. Saldría al patio afónico, a las callejuelas perdidas de la ciudad sin gentes, adornada de pedruscos de monotonía y ancianas que van y vienen de un mercado ardiente. Te vería en el puente, pequeña construcción, arrojándote a la nada ante mis ojos desnudos, hablando sin parar, sin reparar en el efervescente asombro de mi abrazo. Rodarías río abajo, callada eternamente, cantando una canción continua, profiriendo un discurso preparado, una confesión superficial de tus costumbres pías. Llegarías hasta el mar inmenso donde rebuscan las almas que han perdido de vista a un ser querido. Morirías quizás allí, en la monstruosidad gloriosa del todo, entre miles de seres y voces, entre cánticos agradecidos y lamentos interminables, donde mueren todas las almas que se esfuman, donde vagan todos los hombres que no hablan.

Lloraría en la soledad clandestina, quizás, hasta que las lágrimas se tornasen piedra. Se formaría en mi corazón un coágulo de sentimientos arremolinados y poesías precoces que con el andar de los años se solidificasen, formando un ser completo, un íntegro hombre de dolor. Iría por esas calles con la mirada de piedra, las manos de piedra, la conciencia de piedra, sin saber a quién hago mal o a quién digo basta, regalando palabras a quien pida, poseyendo lo propio y lo ajeno, como una momia vivida, como una canción quebrada, como una esperanza no cumplida. Sería un individuo hecho estatua parlante, un pájaro libre de granito, un poderoso gigante construido con ladrillos de lágrima. Saludaría a mis adversarios, ascendería al paraíso y moraría en el infierno, pagaría por mis vacuos delitos y escribiría en memoria de una luna borrosa, quebradiza, allá en el cielo. Un poema, un poema bastaría para expresar mi lástima de la humanidad que dejas, de la vida que escapa de la ficción a la vida, del sueño que desaparece en una nube inconstante de pasiones.

Regresaría luego a mi lecho nauseabundo, junto a mi ventana, donde asomase el cristal de tu mirada hecha fuego. La abriría y te saludaría, allí sentada en la corriente del céfiro, mientras susurrases al oído palabras que no dijiste, sentimientos que no expresaste, en tu perfecto viaje a la superación. Qué dirías, qué dirías, cuando los años hayan pasado, y tus mejillas sonrojadas, tus orejas ansiosas de mi mirada se deshiciesen en la mudez de una muerte prematura, de una línea perpendicular, de las patas de un pájaro que se levanta de la tierra. Qué dirías, cuando el tiempo se haya ido y las lágrimas se agoten, y los imperios sucumban, y los hombres vociferen desde sus tumbas, recriminándose esto, escatimándose aquello, en frustrada pendencia de inmóviles adioses. Estaría yo en las pardas tierras del sur solitario, en la ciudad amarilla, sobre las paredes de cal, escuchando el tañido de una campana antigua. Volverías, volverías a la tierra impía, a escuchar el escozor de la piedra muda que exhala un clamor sin vida, una sonrisa trabajada en los misterios. ¿Quién sabe entonces... lo que pasaría?
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3 comentarios

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Anónimo
admin
14:43 ×

Es precioso. Tal vez lo más precioso.


Marta, sin palabras

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Anónimo
admin
18:02 ×

Gran texto ¿Qué mundos te circundan?
Estaría muy bien leer algún poema en una de las actualizaciones.

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23:14 ×

Bonito texto. Un saludo.

http://antorchanegra.blogspot.com/

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