Paseos por Biar. Pueblo alicantino

Cuando subimos a patita la sierra de Onil, entre los aplausos de los pinos, lo menos que uno espera encontrarse arriba son las tablas de la Ley. Pero en vez de eso lo que hay es una torre de alta tensión. Casi no vale la pena la subida por el sendero pedregoso para contemplar la panorámica del castillo de Biar, sitiado por un centenar de pequeñas casitas, arremolinadas como los polluelos en torno a la gallina. La subida es alegre para los que quieren escuchar la música de los pájaros. Pero la bajada es una metáfora de la supervivencia; la única manera de descender con vida es hacerlo con rapidez, esquivando la arena resbaladiza y posando los pies sobre la roca. Desde arriba se ve, un poco más alto, el Reconco, en cuya cumbre parece existir una antena de televisión. Pero es imposible llegar hasta allí por donde venimos. Ya de vuelta, por la senda que marca la pintura amarilla, la vida se ve de otra manera y comenzamos a echar de menos la soledad de las alturas, el silencio majestuoso de la naturaleza.


Abajo, entre las mesas de acampada, los niños corretean entre pinos y carrascas, tirándose piedras y lanzándose balones. Los árboles solitarios nos hacen evocar los momentos en que, de pequeños, jugábamos a los indios entre los arbustos del Castillo de Santa Bárbara, lanzando astillas de madera con un arco hecho de cuerda y palo. La fiesta odorífera del tomillo y el romero devuelve la respiración a nuestras narices, habituadas al calvario del humo envenenado de los automóviles. La visión del castillo, que cuando menos lo esperas aparece en el horizonte, nos deja un sabor de boca medieval que por unos instantes nos transporta a aquellos siglos de moros y cristianos en que la lucha por la tierra era el pan de cada día. Si nos acercamos, admirados, a su fachada robusta, al umbral del imponente baluarte, nos creemos por unos momentos el mensajero que trae a las puertas del amo una mala noticia que nos causará la muerte. Volvemos a las mesas de piedra, donde todos se divierten, bañados por el sol, alrededor de una casa de acampada de apariencia clerical.

No lejos de nosotros hay un recinto vallado donde se escuchan disparos. Deben de ser los cazadores que van a batir conejos. Si tomamos el camino contrario a la sierra de Onil, tenemos a nuestra izquierda la Fontanella y a la derecha la Cova Roja. Pueden verse apenas unas casonas campestres y algunos senderistas solitarios que saludan con un «buenos días» semejante al de los vecinos de Castalla, que las veces que salen de sus casas, parece que nos conocieran de toda la vida. También desde aquí puede verse el castillo, aunque desde otra perspectiva. Hacemos la fotografía de rigor. Andamos por una solitaria carretera sorteando los automóviles que pasan en uno y otro sentido. En el trayecto, contemplamos casas de madera abandonadas en la flora biarense que deben de alquilarse a turistas. A la izquierda hay un barranco, por el que discurre un riachuelo en el que ahora mismo no hay agua. Encontramos amapolas y margaritas, y por tanto, avispas y mariposas. A nuestros pies descubrimos un sapo aplastado por las ruedas de un automóvil. ¡Mal augurio! Volvamos a casa.


Los disparos siguen oyéndose en la paz infinita y soleada. Aquí las cosas se ven de otro color. Nuestras huellas son las de los israelitas caminando por el desierto a la búsqueda de su libertad. Cuando sale una conversación política (inevitable), detenemos nuestras lenguas. Entornamos los ojos en señal de arrepentimiento. Escuchamos la mudez insondable de las tierras altas y abruptas, los cantos extraviados de las aves ignotas que murmuran entre las ramas. Los diputados no golpean el bolígrafo en la mesa, pero escuchamos el sonido de las pisadas que se acercan y vemos la mirada sencilla de los ojos curiosos. El sol ejecuta la función que le corresponde, sin provocarnos asfixia, pero bronceando nuestros brazos y acariciando nuestra cabeza humedecida, recostada en la toalla de una silla plegable... ¡Qué gustito!

El tiempo se vuelve interminable en esa ensalada de notas musicales y olores variopintos. Observamos a los niños, conversamos de verdades intrascendentes, espantamos a las moscas, jugamos al tres en raya con una piedra en la mesa y echamos de menos un juego de cartas que dejamos en casa. No llevamos tampoco gorra ni cantimplora. Uno se tumba ahora sobre el banco, el otro contempla las copas de los árboles; las cabezas de todos divagan sobre asuntos que sólo pueden rumiarse en la montaña. Saboreamos de cerca la soledad; imaginamos proyectos futuros, personas que conoceremos, las aventuras y peligros que nos aguardan. Luego el reloj dice que es hora de marcharnos. Recogemos todo y volvemos.


El coche nos lleva entre masías y olivares al lugar al que nunca debimos volver. Conforme nos acercamos a la civilización, encontramos a nuestro camino periódicos, aparatos de radio, televisiones en las gasolineras, signos palpables de que la maquinaria del mundo continúa echando humo. Casi habíamos olvidado las bendiciones de la vida moderna. Regresamos a la mísera ciudad, carcomida por los dientes largos de centenares de peces gordos incapaces de apreciar la belleza natural. Las gentes acuden presurosas a la parada del autobús sin mirar la cara del que tienen al lado. Los coches circulan y pitan. Las paredes, las casas, hasta las fachadas se nos caen encima, mientras transitamos entre el bullicio nocturnal de las cafeterías abiertas y las familias reunidas por vacaciones. Las farolas amarillentas brillan a un lado y a otro de la calzada, junto a las palmeras tristonas, las ventanas semiabiertas y los peatones que arrastran infinidad de propósitos urbanos. Giras una llave, aprietas un botón y todo ha concluido. Estamos en casa.

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1808

Lector, hoy es 2 de mayo, día en que el pueblo llano se alzó contra el invasor francés en defensa de su nación y de su rey. Sus impulsos eran viscerales, sus mañas trasgredían quizás los métodos de la soldadesca y sus ideales no se ajustaban a la realidad del poder, pero luchaban por lo que querían. Ellos. Cuando les privaron de su libertad. Su libertad de confiar en un monarca traidor antes que rendirse a la hegemonía de Napoleón. Su libertad de morir por sí mismos, en un arranque de individualidad espontánea ajena a los dictados de los oficiales para proteger su tierra, sus familias, su religión, su patria. Fueron la manifestación rural de unas ideas ignotas que cuatro años más tarde se escribirían en Cádiz y entonces circulaban por los aires, nacían del corazón, como un sentimiento nuevo, renovador, incomprensible. Ahora dependían de sí mismos. Luchaban porque tenían que luchar, porque ya no eran ellos, sino un títere francés quien les ordenaba.
Guardémoslos en la memoria. Siempre.
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