De cómo ser un buen tertuliano

Ponga usted cara de columnista enfadado, de esos que se ríen de todo y de todos al tiempo que se empecinan en defender lo indefendible y acribillan a sus pobres lectores a consignazos y argumentotes. Diviértase por un momento, señor, destejiendo el intrincado mundo de la actualidad, recortando por aquí, añadiendo por allá, bordando aquello, escondiendo esos hilachos que sobresalen de la prenda. Asómbrese, indígnese, diga palabrotas sin querer, háganos creer por su tono de voz que habla de asuntos que conciernen a la nación. Diga que todo el mundo dice disparates, apruebe lo que dice su colega y dele luego la vuelta para quedar bien. Propínele un piropo a su adversario y eche un jarro de agua fría al que estaba de acuerdo con usted. Es seguro que se divertirá, que aumentarán los índices de audiencia y que cuando todo haya terminado habrá dado tantas vueltas que no se recuperará hasta el próximo debate, cuando vuelva a vomitar lo que oyó decir a un colega.

No importa lo que usted defienda, arme bronca. Qué se vea esa vena de inquisidor intelectual, ese desparpajo de enfant terrible que cultiva la oratoria y representa a la Opinión pública. Cuente unas cuantas bromas, monte la de Dios es Cristo, ponga palabras en mi boca que no he dicho, haga ruido en la mesa, interrumpa, háganos creer que no se cree una sola palabra de lo que dice y acabe al fin en sus trece, sacando pecho, como buen macho. Luego, cuando dejen de grabar, entonces levántese y sonría, como si la obra hubiese terminado y se llevase bien con todo el mundo. Hable de lo más ínfimo y recréese en charlar de los asuntos de costumbre. Diga todo cuando se le antoje, que ya no estamos en antena, que el tiempo ya no es oro y sus palabras ya no valen un céntimo. Puede reventar tranquilo el mundo, que nadie le ve.

Poco nos importa, amigo, si los lunes es usted marxista-leninista; los martes y los miércoles, socialdemócrata; los jueves, liberal de toda la vida, y por las noches, en horario de prime time, demócrata cristiano (que queda muy chic) y luego el sábado se despierta conservador y al día siguiente se pone el traje de teócrata para ir a la iglesia sin remordimientos de conciencia. Eso no importa. Tampoco importa si ha hecho sus horas investigando, contrastando fuentes, preguntando por aquí, metiendo el ojo por allá y recabando toda la información posible. No, señor, aquí eso no nos importa lo más mínimo. Usted es muy libre de hacer lo que quiera en su vida civil, pero no nos venga aquí con esas cursilerías de periodista profesional. Cuando entre al estudio, por favor, diga todas las barbaridades que se le ocurran para que luego tengan algo que comentar los programas de gazapos y pedradas y así podamos divertir un poco a nuestro público. No se moleste en hablar bien. No, hombre, por Dios, que no estamos para eso. Meta cizaña, muerda... ¡Disfrute!

Cuando vuelva a la vida normal, siéntese un rato a ver la televisión. Contémplese a sí mismo. Vea qué barbaridades, qué vitalidad y qué supina ignorancia ha derrochado a través de la pantalla. Tómese una coca-cola, para pasar el buen rato, pero no intente sacar nada en claro. Deléitese en la suave armonía de las opiniones contrarias, el blanco y el negro, el bien y el mal, Usted y todos los demás. Saboree tranquilamente las burbujas, mientras mira cómo pasa la pelota de la derecha a la izquierda, de la izquierda a la derecha, y entremedias ponen imágenes interesantes para solazarle la vista. Cierre los ojos y escuche el agradable tintineo del toc-toc, toc-toc, toc-toc interminable del testigo que la moderadora pasa de un tertuliano a otro, volviéndose loca para controlar los tiempos y la temática del debate. Observe luego su primer plano, su impar momento de gloria, mientras le canta las cuarenta a no sé quién y se escucha un aplauso atronador en el silencio de su cerebro. Lo ha puesto usted en su sitio, sí señor. ¡Mire cómo lo ha chafado! Se retuerce en sus argumentos de antes, porque ha perdido el guión, y se esfuerza machaconamente en regresar al lugar de donde lo sacó.

Cuando todo termina, lamentablemente, la moderadora se despide de la audiencia y llega el tiempo de la publicidad. Nadie está de acuerdo con nadie. Las conclusiones son exactamente iguales que las premisas. No hemos llegado a ningún acuerdo, ni siquiera los espectadores han percibido una notable confrontación de ideas. ¡Ah, pero qué desparpajo, qué elocuencia, qué tensión! ¿Tensión? ¡Si nos parecemos a Zerolo hablando sobre los orgasmos democráticos que le produce Zapatero! Pero cuánta solemnidad, por Dios, para filosofar sobre la torsión de las piernas de Doña Alguien. Fíjese en sus senos recién operados que parece que quieran deshacerse de su corteza material para expresar su esencia. O si no recuerde esos automóviles con una famosa dentro que parece que se escapan y luego se detienen para protestar, en dos minutos, contra el ¿periodista? que les ofrece gustoso el micrófono. Vea, vea cómo cuando la limusina se larga, el ¿periodista? insulta sibilinamente a la famosa que va dentro y aparecen otra vez allí, ávidos de conversación banal, usted y sus colegas que se lanzan como lobos hambrientos sobre la última, la novedosa, la sorprendente, la espectacular manera de rascarse la nariz de Fulana de Tal. ¿Verdad que es sensacional? ¡La próxima vez no se olvide de grabarlo!
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4 comentarios

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Anónimo
admin
09:30 ×

Superbe!!! Enhorabuena, Samuel!

Marta

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Anónimo
admin
00:12 ×

eii!! esta te la quiere chupar

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Anónimo
admin
20:40 ×

Por culpa de graciosos como tú aún hay hombres que desprecian a las mujeres

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Anónimo
admin
20:41 ×

Por cierto, soy periodista, gran entrada.

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