Llueve a cántaros (y II). El placer de pasear bajo la lluvia

Es costumbre bohemia, lector, esa de echarse a las calles cuando empiezan a caer goterones del tamaño del riñón y no hay posibilidad de resguardarse. Al principio cruza usted los charcos respetuoso, aguza el oído para disfrutar del trueno y procura no sumergir los camales de sus pantalones en el agua. Luego, cuando descubre que a pesar de todo ha de mojarse, esboza una sonrisa de oreja a oreja, sale de debajo de los balcones y comienza a chapotear mientras observa a la gente que pasa a su lado ajetreada, con prisas, arrastrando un incómodo paraguas que tiembla a cada flash del cielo. Mientras anda, se pasa la mano por los cabellos y nota que están empapados, descubre que algún que otro goterón le ha manchado la chaqueta o que sus zapatillas hacen ruido. Au diable!, piensa entonces, y deja de hacerse preguntas estúpidas, y chapotea feliz como un señor que piensa que qué más da lo que pase más tarde mientras sea dueño de sí mismo y de sus locuras.

Y va por esas calles que no tienen luces, curioseando las sombras que se encuentra en su camino y pensando en sus cosas. Piensa, después de tantos años de sufrimiento manifiesto, que esas gototas gordinflonas y antipáticas que nos azotan los hombros no nos distraen de nuestro cometido. La mirada fija en el frente, su espíritu se ha fugado a París aunque sus zapatos continúen andando. En ese momento, si alguien le parara para saludarle, si se topara con un viejo amigo, puede que hasta se detuviera, allí mismo, bajo la lluvia, y tratase de sostener una conversación inteligente. Pero su cabeza, continuamente bautizada, estaría en otra parte. Lejos de los botarates que trasgreden su feliz paseo, queda siempre su mirada fija en el cielo, su capricho infantil de corretear por el mundo, filosofar sobre lo intrascendente y juguetear con el pensamiento como quien recorre una parcela desconocida que está apunto de adquirir. Qué pesados son esos tipos, esas costumbres diarias, esas palabras que todos los días decimos, esas cosas feas sin poesía, sin música, sin lluvia, esa repetición continuada de esfuerzos que nos transforman sólo después de mucho tiempo, cuando ya no estamos aquí para verlo. Qué horrible perspectiva. Y qué bonita la lluvia, la triste lluvia.

Cuando la luz de los coches se tropieza con el aire, pueden verse las gotitas que caen con fuerza, cada vez más, iluminadas por un instante como si fuesen la materia de una revelación que se hace a los mortales. Luego el semáforo se pone verde, el coche sale pintado y... nos salpica los pantalones. ¡Desgraciado! Malhumorados seguimos el curso de nuestro camino, nos deslizamos graciosamente por nuestro discurso, calados hasta los huesos. Llega un momento en que ya no sentimos la lluvia. Nos hemos acostumbrado a ella. Es la vida natural. No como esos pobres diablos que van a todas partes con el paraguas, con la camisa seca, los zapatos limpitos y la cabeza fija en sus ideas superlativas y sus costumbres invariables. Nos los tropezamos en la calle y se disculpan cuando nos dan con el paraguas en la cabeza. Qué tipos. ¿Para qué servirá un paraguas? Esa cosa endiablada, que usamos los humanos para resguardarnos del agua que bebemos, para no empaparnos, para no ser nosotros mismos y ocultar nuestra subjetividad, nuestra humanidad.

Qué bonito sería tener una cámara por estas calles sombrías, donde las farolas se han fundido de pronto. Grabaríamos un plano genial de ese ser anónimo que sale de la oscuridad con expresión de pocos amigos y le añadiríamos algo de Porgy & Bess para hacer ambiente. Luego pondríamos a ese pareja triste, cobijada a las puertas de El corte inglés, que parece dispuesta para un cuadro impresionista. Allí, sentadas la veinteañera en las rodillas de su novio –o quién sabe-, se regocija silenciosa del espectáculo de la tormenta y aguarda, sin prisa ninguna, a que escampe para levantarse. Mira con admiración hacia arriba. Como si hubiera algo allí. Pero no quiere irse. Serían felices mientras los graba una cámara, hasta que huyese, como todos los ojos acaban huyendo alguna vez de esas escenas entrañables de parejas solitarias. Y la lluvia continuaría, y penetraríamos en las ventanas iluminadas, en las extranjeras curiosas que van arrastrando sus maletas y el dichoso paraguas, el hombre aquel que se oculta bajo los cartones o aquel otro que no mira a ningún sitio sentado en aquel escalón mientras juega con el móvil.

Las palabras se hacen eternas, en estas horas interminables, y los sueños terminan al fin. Vamos caminando, cruzando ríos de agua devorados por las tuberías. No tenemos guión. No nos dirigimos a ningún sitio. Caminamos, sin más. Cuando hemos llegado, damos otra vuelta a la manzana. Y otra. Y otra. En una conversación que nunca acaba. Hubiéramos querido quedarnos por ahí, en algún café pequeño junto a una ventana mojada, hasta última hora, mientras la dependienta hace la última barrida de la noche y espera a que nos vayamos. Extender un mapa sobre la mesa, charlar, escribir un poema. Hubiéramos querido mirar, escuchar los bramidos del viento, caminar entre las palmeras que palpitan a nuestro paso, subirnos a la copa de un árbol verde y pasar la noche allí. Nadie nos habría impedido hacerlo. Y habríamos vuelta a casa, a una hora que no existe, maldiciendo de los paraguas y de los automóviles que nos salpican, a la buena de Dios, porque nos gusta la lluvia, al menos ahora. Nos gusta y no nos gusta. Nos gustamos nosotros mismos, y el paisaje tan sólo de nuestro sempiterno drama interior. ¡Qué bonita la lluvia en mayo!
Siguiente
« Anterior