Llueve a cántaros (I). Descripción del agua cayendo en primavera

Llueve a cántaros en la soledad idílica de mayo. Caen de pronto las nubes grises, atribuladas de tanta inacción, sobre la ciudad intemporal de nuestros padres. Corremos, sorteando mil charcos, salpicados por miles de gotitas sutiles que acaban por empaparnos, enfriarnos, debilitarnos, llevarnos del estrés al espanto, de la melancolía al ensueño. Las aguas enjugan las lágrimas pasadas, se llevan con las otras estatuas los mitos que ya no veneramos hacia un mar de incertidumbres, de imágenes quebradas y miradas rotas, anulares que no señalan ninguna parte, pedestales olvidados y solitarios.

Son goterones elocuentes, perseverantes, como la batalla firme de la libertad. Son nubarrones altos, confusos, procelosos, allá en lo alto, escondiendo el cosmos. Queda abajo una ciudad despintada, de acuarela violeta, donde en todas partes se encuentran espejos improvisados, a menudo fieles al original, otras veces caprichosos, caricaturescos, crueles. Queda abajo una música de gotas chisporroteantes, de distinta dimensión y tonalidad, en desordenado ataque kamikaze, que nosotros llamamos tormenta. Quedan gentes anónimas que acuden a sus negocios con un paraguas en la mano, temerosos de que allá se oiga un trueno, acullá nos embista un rayo, o que el universo todo, henchido de rabia, se precipite sobre nosotros para consumar su venganza.

Pasan los coches por las carreteras, y sus afanados limpiacristales realizan una y otra vez el mismo movimiento. Cae agua y la barren. Cae agua y la barren. Cae agua y la barren. Y no se preguntan, ignorantes, por qué siempre la misma corrección estúpida, por qué el inútil esfuerzo mecánico, por qué contradecir a la realidad que les oprime, por qué ejecutar una acción que a los dos segundos ya no sirve, por qué seguir prisioneros del mecanismo programático de la repetición por alcanzar un fin que no comprenden; que los ojos de un ser viviente puedan ver la carretera a través del cristal. Cumplen su labor, su irritante labor, porque están llamadas a contener la tempestad accionada por otro mecanismo, éste natural: el ciclo del agua.

La lluvia sigue cayendo, a veces con virulencia; otras el orvallo nos acaricia el cabello con suavidad, avivando los colores de los objetos, abrillantando la hierba, depurando el aire viciado que respiramos. Las nubes provienen del agua atlántica que atraviesa la península en masas de aire frío, a modo de atrevida borrasca, que los humanos llamamos alerta. Después de ascender y descender cordilleras y otros conjuntos montañosos, el enfriamiento de las nubes las hace precipitarse sobre los sedientos habitantes de la España del sur. El agua llena los embalses, penetra en los subterráneos, aumenta temporalmente el caudal de nuestros escuálidos ríos y al final muere, sin razón alguna, en la mar incandescente de la que volverán a formarse conjuntos nubosos. Gracias al círculo vicioso, a la repetición, los hombres vivimos para repetir nuestras maldades, nuestras acciones prediseñadas, que con el tiempo, después de hondos esfuerzos, racionalizamos y procuramos destruir, recordando la inestimable herencia de nuestra educación humanística.

Mientras la lluvia dura, nos volvemos pragmáticos y valientes, dóciles ante la natural confluencia de los elementos, y los interpretamos, desde nuestra óptica positiva, como hechos naturales, realidades obvias que siguen procedimientos lógicos que debemos comprender para poder hacer realidad nuestros fines. Para llegar a ellos ejercemos un influjo sobre los objetos externos que no siempre satisfará nuestra voluntad primera. Pero nuestras acciones intencionales podrán producir un efecto aproximado a nuestros deseos, si acertamos en las estrategias, valoramos los factores y nos atenemos a los principios de nuestra conciencia. De tal manera la lluvia pierde su fatalismo poético, desaparece el drama, muere la decadencia, retorna la luz del sol tiránico que despierta en nosotros, no obstante, una inclinación oculta, un enamoramiento lejano, favorable a un pacto de conocimiento unas veces abrasador, otras relajante, benévolo, providencial.

La gente mira tras los cristales, curiosea por las ventanas si la lluvia ha terminado. Solitarios acólitos del café, leyendo el periódico, contemplan el espectáculo anárquico, alcanzan la sensación de refrigerio que provoca la caída del agua, el desconcierto universal que despierta tan bellos sentimientos como la melancolía. Recuerda, en estas horas aisladas, a la luna blanca, tímida, sincera que se abre hueco en la cerrazón nocturnal, mientras los soñadores la contemplan sin pestañear, prendados de su luz tierna y acariciadora. La lluvia, en cambio, despierta las angustias más amargas, las soledades eternas, el intrínseco desamparo de los hombres abandonados en este mundo para hacerse preguntas y batallar contra los males, las mentiras, las especulaciones. La lluvia despierta el niño de cada cual, cobijado bajo esos muros vestidos de hiedra que aparecen en una película, escuchando al viento, atisbando la locura, la irracionalidad, la detención del mundo. Acompaña al reo en la torre del castillo, acerca la Muerte al frívolo, estimula el sentimiento poético de las almas torturadas, renueva ese olor a tierra mojada que representa el barro del que fuimos formados. La lluvia es un espectáculo casi sobrehumano, una lección de melancolía.

La desazón crece a medida que cae la tarde. Suele ser una hora incomprensible, tiznada de amarillos, cuando salimos mansos por los caminos pedregosos de tierra húmeda. Ahora, sin embargo, llueve a cántaros. La oscuridad se cierne sobre nuestras cabezas. Ya no hay luces detrás de los campanarios, ni la luz acaricia los bancos de la soledad de los parques. El sol está mojado, rodeado de insidiosos nubarrones, de truenos incognoscibles. Los provincianos lo miran, lo imaginan, allá en sus soledades, tras el velo de las turbulencias, deseando acariciar sus cuerpos playeros, sus edificios altiplanos y sus callejuelas silenciosas que hacen la digestión de la borrachera pluviosa. Hay un hombre allí que se balancea, tras las ramas de los árboles, prisionero de una gran pena, drogado de inapetencia, de inexpresividad, de inacción, de apatía. Está calado hasta los huesos y su cara destila misterio.
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3 comentarios

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Anónimo
admin
20:36 ×

Pero a veces incluso en mitad de una tormenta, bajo un paraguas mojado, luce el sol. Y la primavera.

Un abrazo,


Marta

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Anónimo
admin
23:28 ×

buenas: soy el de "derecho divino" y estoy totalmente de acuerdo contigo. lo menciono aquí porque te respondí pero no sé si wordpress envia mensajes cuando se modera un comentario. También me gustaría agregarte a mi blog pero no sé como ya que llevo un tiempo de paso por tu página.

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Moribundo
admin
18:09 ×

Te entiendo.Cuantos crees que somos los que llevamos bronceado? yo espero que más de lo que aperenta.
Saludos.

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