Libros viejos y antiguos. En busca del Gil Blas de Santillana


¡Qué emoción tener entre las manos las páginas manoseadas, amarillentas y antiguas de una primera edición! Parecía que los libros, extraídos de una vieja tumba, cobraran vida ante nuestros ojos insaciables de coleccionista. La gente que pasaba por allí los acariciaba, casi los besaba, oliendo su polvo de siglos, preguntando precios, admirándose de que la vejez pudiese dibujar tan bella estampa estética. Y sin embargo, había muchos también que pasaban por su lado sin interés, descubriendo tan sólo libros viejos y un poco de música, un hombre corriente detrás de un mostrador que hace su trabajo y una clientela buscando productos de compra.

La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión es el único lugar original de la ciudad en la que nunca estoy. A diferencia de la Feria del Libro del mes de julio, donde prima más el bombo y el platillo de los escritores que firman, las carátulas gigantescas y las trifulcas de los pequeños y grandes comerciantes, aquí las casetas se cubren de polvo y misterio, los títulos llaman la atención más por su aspecto pajizo que por su hermosura plástica y los lectores, ávidos de algún libro que dejaron pasar, se agolpan a curiosear con los ojos ávidos de lectura. Se dijera que acabaran de derribar el régimen de Farhenheit 451 y los hombres-libro, contentos y campantes, regresasen del bosque a leer una novela que saben ya nunca desaparecerá de sus cerebros. Y lo cierto es que el lector de allí tiene otra pinta, no de paseante de Explanada, que igual que se detiene ante las mantas del top-manta, observa libros en una caseta al regreso de la playa. Aquí los lectores son los caminantes urbanos del centro cultural y ocioso de Alicante, los que se han enterado de que allí hay libros, los que corren a hacerse de obras maestras del año de la Pera por un precio módico.

Iba yo por allí, entre acérrimos y taciturnos, husmeando en cada caseta a ver si podía hacerme con una ganga. Encontré una, que no sería tal, si hubiera tenido valor para leerlo en Internet. El Príncipe, de Maquiavelo, en tapa dura granate, adornada de un título dorado y provista de agradable tacto. Tres euros, tan sólo. Cuando lo tuve entre mis manos, es decir, en la bolsa, fui mirando en otras casetas, y encontré los Españoles en París, de Azorín, pero mi bolsillo ya escaseaba y no podía consentirme otro dispendio. Mi alma sufría al ver tantos libros juntos y no poder llevármelos a casa. Me limitaba a observar el feliz espectáculo de las obras que ya nadie compra. Pasaba de caseta en caseta, observando los rostros extraños y curiosos de los dependientes, las músicas estrambóticas que sonaban alrededor de ellos, su elección particular de ejemplares entrados en años y su clientela original y dispersa. La gente empujaba por atrás, y si uno quería unirse a la hilera de observadores, había de empujar a quienes tenía al lado. Grupos de gente formaban corrillo junto algunas casetas, impidiendo el paso, como si custodiasen un libro que hubiesen descubierto y no quisieran perder. Paseé los ojos de arriba abajo, leí los letreros de las librerías; llegué adonde acaban las casetas y hay un anciano sentado en un banco; volvía a subir hasta donde comienzan, junto a los columpios del paseo en el que juegan niños anónimos y sus madres los contemplan sin prestarles demasiada atención.

En medio del viaje, me topé en una caseta que ya había frecuentado un par de veces. A mí lado una señora preguntó al librero: «¿Me podría decir el precio de ese libro de La República». El vendedor, que parecía amar y conocer por el nombre cada uno de sus libros, temía desprenderse de uno de ellos por la cara de admiración que ponía cuando alguien le preguntaba el precio. Casi sin inmutarse, enseñó la palma de la mano, meneando los cinco dedos. «¿50?», inquirió la mujer. «500», aclaró él. El libro señalado por la clienta parecía un ánfora cuadrada que hubiese devuelto del mar con forma de libro. Estaba encuadernada con una cuerda, al parecer, y el tono marronuzco de la portada revelaba que en su interior había historia pura. La mujer agradeció al hombre su amabilidad y yo, poniendo tierra de por medio, me pasé a otra caseta.

Pero pasado un rato, no pude evitar volver a la famosa caseta, pues aún recordaba haber visto de perfil las Aventuras del Gil Blas de Santillana, libro que había estado buscando largo tiempo. Reparé en que estaba en tres tomos y se hallaban tan pegados entre sí que resultaba imposible cogerlos. El dependiente me observaba mientras yo observaba los libros. «¿Podría decirme el precio de estos tres tomos?», me lancé. «¿De los tres?», preguntó el buen hombre, y tomándolos entre sus manos, como oro en paño, me dijo, como quien da el precio de la carne a un ama de casa que va todos los días al mismo puesto: «Pues 180 euros».

La sangre se heló en mis venas. Guardé silencio un segundo. Dos. Tres. «Ah, vale», murmuré, mientras me alejaba de la caseta disimuladamente. «Es que son las Aventuras del Gil Blas», me señaló, encareciendo la importancia de aquel solemne título. «Ya», sonreí, y me atreví a preguntarle: «¿De qué año es?». Y respondió: «Todo lo que hay aquí es una primera edición», señaló, pasando la mano a un palmo de los libros, como si los defendiera o ensayara un conjuro que se activara con el movimiento de la mano. Era de imaginar que de un momento a otro saliesen volando y el pobre hombre tuviera que cazarlos en el aire, inconsciente del sortilegio desatado por sus dedos.

Me alejé del lugar con los pies de plomo. Me senté en un banco del paseo de Federico Soto a leer El Príncipe, sin dejar de pensar por un momento en que yo no era lo suficientemente excéntrico como para permitirme aquellos caprichos, pero que aquellos libros viejos, tan bellamente dispuestos en un puesto cualquiera, emanaban la belleza de millares de siglos de humanidad, de dedos que habían pasado sus páginas, miradas que se habían posado sobre ellas y lenguas que habían pronunciado con dificultad las palabras ininteligibles que a sus primeros lectores les parecerían recién impresas. Comencé a quedarme frío, presa de aquellos pensamientos, y me alejé de las casetas endiabladas que contenían tantas alhajas literarias, pues pronto mis bolsillos comenzarían a salirse de sus órbitas, y mi razón, orgullosa del puesto de honor que se le ha concedido, reivindicaría el sagrado valor del ahorro y su influencia positiva a largo plazo en la evolución de mi cuenta corriente.
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2 comentarios

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Nenos
admin
13:55 × Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
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Anónimo
admin
20:17 ×

�Qui�n pudiera degustar esos tomos?
�Cu�l fue el primer aroma, contra qu� boca...?
�Guardan las yemas de alg�n escritor secreto? �Con qu� fat�dicos apartes rompiera �ste las cuartillas propias?
Pas� por las casetas y comparto tu locura...

Esteban Ord�ez

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