A ritmo de chiki-chiki. Por qué España se ha vuelto loca

Hay tres cargos en España que sobresalen porque se jactan de representar a la nación. Uno: el Presidente del Gobierno. Dos: el seleccionador de fútbol. Tres: el cantante de Eurovisión. El primero nos avergüenza cada día. El segundo nos tiene acostumbrados a la derrota. Pero el tercero es que ya es la leche. Jamás habíamos hecho los españoles ridículo tan espantoso ni paseado nuestra indignidad por el mundo de manera tan descarada. ¿Qué es eso de «perrea, perrea»?, preguntó un competidor con sorna, y daban ganas de responderle, con una mezcla de sonrojo y conmiseración: «No se esfuerce, hombre, no se esfuerce», dándole unas palmaditas en la espalda.

Después de que dan los votos, y contemplamos una vez más cómo no pasamos de octavos, apagamos la televisión y nos vamos a dormir con una sensación de orfandad. Nos sentimos sucios. Humillados en nuestro amor propio. El valor de la nación se desacraliza. ¿Qué tengo yo en común con esa vorágine mediocre y pseudofolklórica? ¿Acaso no estoy más artísticamente ligado a los suecos, que son quienes saben hacer estas cosas? Y lo peor no es que el Chikilicuatre vaya de graciosete por la vida tocando su guitarrita, sino que destacaba junto a franceses y daneses por la escasa calidad de la música, por una mediocre coreografía y demasiadas ganas de bromear. Esto es, lo que se dice, un mal democrático. Urge una respuesta democrática: los que lo han elegido, que lo aguanten. Pero los que no, ¿por qué tendremos que soportar toda la vida el estigma pepiñesco del robocó? Lo superaremos. Sí, lo superaremos. El año que viene lo habremos olvidado todo, quizás lo cambiemos por algún otro desventurado, viva expresión de la decadencia del humor fácil en el género televisivo. Pero lo superaremos.

No verá el acalorado lector a ningún español escondiendo la cara tras una sandía cuando salga a la calle. Lo llevamos dentro del alma. Era nuestro Chiki-chiki. El suyo, dirán. Porque a mí Chikilicuatre no me representaba. Como tampoco me representa Luis Aragonés. Como tampoco me representa José Luis Rodríguez Zapatero. Los españoles circunstanciales, a los que nos gusta Galdós pero no el Aquí hay tomate, lo seguiremos siendo porque no nos queda otro remedio. Pero uno siente una gran desligación de muchos de sus compatriotas, de su pésimo mal gusto y su natural histriónico. Son nuestros iguales, hablan como nosotros, visten nuestra bandera, llevan la misma etiqueta, tenemos ancestros comunes y sin embargo somos extraños. Yo, sinceramente, al Chiki-chiki no lo conozco. Que nadie me pregunte por él, porque no lo conozco. Lo negaré tres veces, siete veces, setenta veces siete, si hace falta. Pero no lo conozco.

Si nos cruzáramos con Luis Aragonés por la calle, seguramente nos iríamos a la cama con una ocurrencia y una polémica. Si nos tropezáramos con el presidente del Gobierno, probablemente nos fulminaría con sus cejas y caeríamos de bruces en la calzada y nos dejaría marcados para el resto de nuestra vida. Pero si nos encontráramos al chiki-chiki, al mismísimo payasete simpático de Eurovisión, no podríamos contenernos. Nos cambiaríamos de acera, tal vez. Le miraríamos de lejos, medrosos, temiendo que por un momento alguien nos haya relacionado con él. No, no soy español, señores, si eso es ser español, yo no soy español. Le trataríamos con el respeto que se debe al anfitrión y nos moveríamos por una patria extranjera. No le rendiríamos el culto que los espectadores de televisión le rinden a sus héroes locales. Lo veríamos como una divinidad exótica, un ídolo de otro pueblo, una moda que va y viene, pero en ninguna manera cosa nuestra. ¿Qué es lo nuestro? ¿Qué es ser español? Español será lo que a nosotros nos guste, haya nacido en Nairobi, en Moscú o en Pontevedra. Y cuando lo hagamos nuestro, será español. Y el chiki-chiki no es nuestro, no señor. Aunque sea español.

Tal vez pequemos de melindrosos. Quizás sea incapaz de descifrar el encanto de la vulgaridad en su más alta expresión, la paletería en grado sumo, la apoteosis de la burla sarcástica, la viva representación del frívolo espectáculo que representa la vida. Puede que hagamos mal en ir contracorriente. A lo mejor deberíamos echarnos al suelo y rendir pleitesía a la voluntad general, que es la responsable de todo esto. Hacemos mal en hablar, en criticar, en meternos donde no nos importa. Deberíamos trabajar para producir cantantes de altura y música de categoría. Somos crueles.

Pero estamos tan cansados, lector. Tan hartos de que nos tomen el pelo. Tan aburridos de que la estupidez reciba recompensa o subvención mientras que el genio muera en el olvido, viviendo para su deleite privado. Estamos tan hastiados de la nación por obligación. De pertenecer a lo que no es nuestro. De la responsabilidad diaria de decir lo que se piensa. Queremos, ilusos, que la gente reflexione y al fin nos damos por vencidos, como debe ser, dejando que cada cual haga lo que le da la gana. Todo vale, señores. A ritmo de chiki-chiki, José Luis y Mariano se regocijan en sus alegres danzas mientras se rompe España, la España del buen gusto, a la par que unos señores, malhumorados, amantes de la cultura, gruñen en el fondo de la escena. Qué cosa, Dios mío, qué cosa.
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2 comentarios

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19:18 ×

El chiki-chiki no es sino una plasmación estética del concepto de España que tienen nuestros actuales gobernantes. Cada vez me convenzo más de que la democracia es el triunfo de lo mediocre.

http://antorchanegra.blogspot.com/

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Samuel
admin
23:07 ×

Lamentablemente, así es. Pero si tuviéramos que quitar al pueblo el derecho a ser estúpido sería en beneficio de minorías iluminadas que tomaran las decisiones por nosotros con total impunidad. Prefiero seguir criticando el mal gusto de los votantes antes que renegar del sistema que, a la postre, sólo proyecta la "voluntad de la mayoría", independientemente de que ésta sea genial o disparatada.

Un saludo.

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