Cómo empecé a amar la libertad del individuo

Cuando alguien ha nacido ayer, como quien dice, es lógico que a sus primeros pasos sucedan tropezones y porrazos. Se levanta, pone los pies en el suelo y toma conciencia de sí mismo. Sólo entonces, cuando siente en su pecho el pálpito del corazón, y nota que las piernas le tiemblan mientras camina, descubre que ha pasado largo tiempo encerrado en la estrechez de su silencio. Comienza, poco a poco, a tocar los objetos que encuentra a su alrededor, con ingenuidad e incertidumbre, deseando en todo instante volver al estado de sueño, pero contento, entusiasmado, con su despertar a la vida. Vive no obstante regresiones y reacciones, confronta desafíos varios, pero al final sabe que es un hombre libre y que eso ya nadie puede negárselo.

El determinismo es una cáscara vieja que cubre a quienes, queriendo ser creyentes, se hicieron crédulos. Induce a los hombres a no actuar, a no vivir, a no ser nada, a no expresar, a cultivar una vida interior infinita y una vida exterior nula. El determinista no es consciente de que a su alrededor pasan individuos idénticamente libres, no sólo cuerpos extraños que se entrometen en el claustro de su vista. No los juzga por sí mismos, sino en tanto en cuanto afectan a su vida como una masa amorfa y autónoma que tuviera potestad sobre él para aplastarle o hacerle feliz. Las circunstancias son una pesada carga que no se puede aguantar, porque no están sujetas a la crítica y no se puede incidir en su comportamiento. Enfrentarse a las circunstancias es enfrentarse a Dios.

Si a eso le añadimos una timidez patológica y una predisposición romántica, la esclavitud está servida. No hay forma, por sublime que parezca, que pueda contradecir la carga opresora de la realidad y el sufrimiento se vuelve así como una catarsis vivificadora, una ilusión melancólica, un canto constante a la libertad ajena y la omisión voluntaria inconsciente del derecho propio y la libertad individual. Intenta pasarlo lo mejor que puede, sobrevivir a cada instante, cultivando una resistencia estoica y una paciencia a prueba de bombas, para huir luego a encerrarse en un rincón y lamentar su desgracia.

Pero cuando se le caen las escamas de los ojos, por poner el símil evangélico, descubre que es un hombre libre. Y que su libertad consiste, precisamente, en su relación con sus semejantes. La coacción es, por tanto, una parte esencial de la vida. No hay libertad como ausencia de coacción, ya que toda relación humana implica cierto grado de coacción, consciente o inconsciente, convenida o no, desde la ósmosis y el trato persuasivo hasta la competencia honesta o el ataque directo. Toda relación humana afecta a las capacidades humanas, no sólo a las posibilidades de elección, con las que no deben confundirse. La libertad del individuo, según Ludwig Von Mises, es un «concepto sociológico» y carece de sentido fuera de la sociedad, pero la interacción humana provoca necesariamente manifestaciones y cohibiciones de la libertad individual. Aprendemos, adquirimos, añadimos y renunciamos a formas de pensar, luego nos dirigimos a nosotros mismos en medio de las circunstancias. Oponerse a ellas o llegar a acuerdos es lo que significa la libertad. Los resultados conllevan siempre consecuencias imprevistas.

No es lo mismo la libertad individual, sin embargo, que la libertad interior, la cual distingue Hayek, pues ésta consiste en ser «libre de las pasiones» y constituye un estado de libertad metafísica, el dominio de la voluntad racional sobre los sentimientos. Ésta mantiene una relación dialéctica con la libertad individual, pues la manera en que nos relacionemos con nuestros semejantes influirá en nuestra libertad interior, y ésta terciará en la manera en que nos relacionemos con nuestros semejantes. Observo, por tanto, que los fenómenos de la realidad exigen la oposición del hombre libre para poder alcanzar sus fines, esto es, por llamarlo de algún modo, no ya el autodominio, sino la autorrealización.

En todo este proceso, en que uno aprende a disociar las circunstancias de la voluntad de Dios, o la voluntad de la Historia, o de la Naturaleza, o incluso la voluntad de la Sociedad (si acaso eso puede definirse), descubre que debe actuar. Recuerda un día cualquiera, hace ya muchos meses, cuando encuentra por casualidad un libro en la biblioteca, que se llama la La sociedad abierta y sus enemigos, de Popper, y que le remite a otro del mismo autor, La miseria del historicismo, en los que se critica, entre otras muchas corrientes de pensamiento, el determinismo histórico. Entonces entiende, como si hubiera contemplado una radiografía de sí mismo, los peligros de los deterministas, en general, y del determinismo histórico, en particular. Comprende, al fin, que la política no debe enfocarse a cumplir un propósito preconcebido distinto a que los individuos puedan disponer de libertad y ver garantizados sus derechos para poder realizar sus fines. Y descubre, admirado, que el mundo no es como parece.

La desconfianza en el determinismo, sin embargo, no implica necesariamente un rumbo racionalista crítico y antiespiritual. No consiste en abandonar lo abstracto, las intuiciones que creemos tener, la compleja relación entre Dios y los hombres, la posibilidad de que hubiese un propósito, oculto, que sólo puede cumplirse si se actúa libremente conforme a la conciencia y una moral concreta. Pero no debe apelarse a esto como una «razón de estado». No debe legislarse conforme a percepciones irracionales, pero no porque niegue la existencia de lo espiritual, ni siquiera la posibilidad de conocerlo, sino por el tremendo daño que provocarían en la sociedad las más que probables elucubraciones y errores epistemológicos sobre un mundo aún más complejo que éste que apenas conocemos. Lo espiritual ha de ser, lógicamente, para el espiritual, para el místico, pero no debe desdeñarse de plano, ni atentar deliberadamente contra la moral por el hecho de que no todas las personas hayan recibido una revelación y muchos que dicen haberlas tenido sean simples beatos.

El tiempo te hace entender que la libertad no lo es todo, pero que sin ella no hay nada. Es necesario admitir los errores en el área individual, como en la social y en la espiritual. Sólo quienes dicen no cometer errores son esclavos de los fenómenos de la realidad, así como si fueran caminando, cual sujetos objetivos, pensando que su zapato no deja huella en la tierra, o que sus palabras no son escuchadas, o que sus ojos no provocan respuesta, o que sus lágrimas, viva expresión de la libertad y el derecho, no acaban humedeciendo sus mejillas. Están equivocados, claro está.
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