Lugares comunes del progresista. Por qué cree que sabe cuando no sabe

No me diga, lector, que nunca se ha topado con un no sé quien, cotilleando sobre no sé qué, defendiendo una postura no se sabe muy bien cómo y abominando de un pensamiento sin entender por qué. No me diga, por favor, que jamás se le ha cruzado una de esos personajillos simples, que creen tener una idea clara sobre la realidad y que ya nunca tendrán que cambiar sus esquemas, que sus pensamientos serán toda la vida los mismos y que sus enemigos seguirán llamándose de la misma manera. Y no me diga, porque no le creeré, que esa persona no ha empezado de pronto a hablar de política y de religión, del bien y el mal, del subsuelo y del cosmos, de la moral y la ética y que no se haya quedado totalmente convencida de que ha dicho cuatro verdades como templos.

Seguramente habrá tratado de hacerle entrar en razón. Le habrá dicho que el mundo no es como parece, que nos llevamos desengaños, que los políticos mienten, que no hemos leído lo suficiente, que lo único que sabemos es que no sabemos nada. Inútil. Pero él, que no se deja fácilmente persuadir, insiste en esgrimir argumentos aprendidos. Pasados unos años, después de acumular amargas experiencias, establece el primer axioma. Nada de lo que ha dicho procede de él. El maldito sistema lo determina. Está repitiendo, con algunas variaciones, lo que sibilinamente le han sugerido que piense. Y él, muchacho avispado e inteligente, siente por unos instantes que el suelo desaparece de debajo de sus pies. Su cabeza tiene la tentación de mirar hacia abajo, pero no lo hace.

El joven, entonces, adopta una actitud crítica. Va dando tumbos de una ideología a otra, de un medio a otro, de un partido a otro, porque no sabe a qué atenerse. Pero al cabo nunca deja de repetir lo que ha aprendido en doce años de implacable LOGSE. Estados Unidos es una nación degenerada. Los malditos empresarios oprimen al trabajador. La Iglesia está llena de inquisidores. La derecha es franquista. Los hombres son machistas. Cada vez que abre la boca, eso es lo único que sale de ella, de una forma o de otra, más o menos adornado por unos cuantas lecturas fáciles y unas palabras que oyó decir a un colega hace muchos años mientras se echaba la siesta sobre el pupitre.

Luego empiezan los matices, los típicos matices de los medios de comunicación. Que no todos los americanos son malos, sólo el Partido Republicano. Que no todos los empresarios oprimen al trabajador, sino que hay empresarios buenos. Que no todos los cristianos son inquisidores, pues algunos hacen obra social. Que no toda la derecha es franquista, ahí tienen a Gallardón. Que no todos los hombres son machistas, pues algunos, como él mismo, tratan a las mujeres con delicadeza y dulzura. Llegan la progresía y el relativismo. Bueno, siendo así, ya es diferente. Pero todo eso, que los más despiertos aceptan -y los que no, ni eso- a veces se pasa por alto en el momento del calentón o de la conveniencia. Pero oiga, que siempre tendrá más razón que un santo y no le pida usted que haga un esfuerzo por buscar la verdad, o al menos, las ideas equivocadas.

Él sabe, por ejemplo, que Marx, como Engels, era un gran tipo, pero nunca le hado por leerse El Capital, que es un libraco demasiado gordo como para leérselo. Ni siquiera se dedica a buscar lecturas más sencillas para algún día, cuando su cabeza rebose conocimientos e inquietudes, sumergirse en la gran obra del pensador y economista alemán. ¡Ni hablar! Es mucho más fácil, piensa, leer de vez en cuando El País, no de cabo a rabo, pero sí al columnista de turno que le hace el trabajo y cita a autores difíciles y cuenta ironías tan graciosas. Para repetir unas cuantas consignas, hacer unas variaciones sobre el tema, no necesita tanto. ¿De qué le servirán a él Engels, Bakunin, Bernstein, Adorno, Marcuse, Chomsky o yo qué sé, si para opinar sobre la actualidad no hace falta tantas horas perdidas en la biblioteca? Pero nadie, lector, absolutamente nadie, podrá decirle que no hable de política, porque dice que defiende una moral aunque carezca de conocimientos y autonomía intelectual.

Pero puede que no defienda una moral. Puede que sólo defienda a las personas que le han transmitido esas ideas. Puede que, como los animales de Rebelión en la granja, asista atónito a la continua vulneración de sus principios sin comprender nada. Puede que sea un esclavo. Que su pensamiento propio, individual, se limite a unas meras variaciones formales, inevitables, de las ideas que ha aglutinado y que jamás llegue a cambiar de parecer, ni a descubrir una verdad desconocida. Nunca se le ha ocurrido, quizás, viajar a Cuba a ver qué tal funciona el comunismo, a la socialdemócrata Suecia, a ver si se le cae la venda de los ojos o confirma sus ideas. Ese trabajo es para los intelectuales, y a un humilde periodista, que sólo aspira a servir de canal de transmisión de una estructura económica o de un gobierno, no le hace falta leer, reflexionar, criticar, quedarse con esto y renunciar a aquello por pura honestidad intelectual. No, no tenemos tiempo, ni capital, ni voluntad. Podría suponernos un problema demasiado grave.

Yo tampoco los he leído –salvo el Manifiesto Comunista–, porque no están entre mis prioridades, ni tengo tiempo que perder. En mis épocas he comprado El País, pero ya no lo hago. No tienen mucho que ofrecer, salvo Mario Vargas Llosa y algún otro, a los que se puede leer también en internet. Pero es una experiencia, lector, que al menos hay que tener alguna vez en la vida, si queremos criticar con rigor aquello que conocemos por encima y aborrecemos por debajo. La moral no está reñida con el esfuerzo académico, ni tenemos por qué cambiar de ideas porque llevemos nuestras convicciones hasta sus últimas consecuencias. Uno establece sus preferencias, manifiesta sus inquietudes, pero no tener nada de nada propio, individual, es un imperdonable crimen. Sólo a los gobiernos les conviene eso, a los lobos que todavía no saben que lo son, a los que todavía creen que saben algo y no se quedan, como Sócrates, admirados de su ignorancia y de la complejidad del mundo.
Siguiente
« Anterior

2 comentarios

Click here for comentarios
14:51 ×

Este artículo describe muy bien cierto tipo de actitud que predomina hoy en día, sobre todo entre algunos jóvenes universitarios. Adoptan posturas casi cerriles sobre tópicos, por así decir, progresistas. Y no se les puede sacar de ahí. No es que yo sepa de todo y quiere siempre tener razón, pero es que algunos de ellos nunca se dejan vencer por un buen razonamiento.

Los ejemplos son geniales. Si defiendes Estados Unidos, eres un imperialista y un violador de derechos humanos. Si defiendes la empresa privada y el libre mercado, eres un monstruo explotador de trabajadores. Si votas al PP, te salen con Gallardón y bromitas sobre Aznar (habla catalán en la intimidad...; estamos trabajando en ello...).

Pero muchas argumentaciones se basan en el desconocimiento de hechos básicos, no sólo históricos. Por ejemplo, he conocido a gente que no sabía que el cine español está en parte subvencionado con sus impuestos, que los poderes públicos se gastan su dinero en financiar auténticas porquerías que nadie ve y que a nadie interesan, y a que eso llaman cultura y a sus creadores, intelectuales. Por tanto, cuando yo revelé ese dato, empezaron a cambiar algunas posiciones, y alguno hasta dijo que no volvería a ver cine español hasta que se acabara ese tinglado.

Responder
avatar
Samuel
admin
15:56 ×

Así es, Espantapájaros, lamentablemente. Y el ejemplo que expones corrobora que, en el fondo, existen muchas personas de mente abierta que acaban sacudiéndose el polvo del progresismo dogmático que les han enseñado durante tanto tiempo.

La progresía, en definitiva, es una religión. No sólo establece unas creencias básicas, sino que va minando la actitud que permite cuestionar algunas de sus verdades intocables. Tras una pretendida tolerancia, ocultan tan sólo la falta de espíritu crítico que les permitirá, en definitiva, formarse una opinión personal.

Pero hay gente que sabe que el cine español lo paga el contribuyente y aún así le da igual. Todo sea por la patria y por proporcionar ayudas sociales a los Almodóvar y compañía, pues son incapaces de comprender que cuando el gobierno te ampara ya no necesitas trabajar para vivir. El propio concepto de arte, incluso, se desvirtúa, pues ni trabajas para el gran público ni para las selectas minorías, sino para un hatajo de pelotilleros y mandamases a los que obedeces.

Lo de esta gente ya es una cuestión moral y no de simple ignorancia. De ser meros feligreses pasan a convertirse en astutos sacerdotes, conocedores de todas las tácticas de la propaganda. Los que niegan sus dogmas son infieles a los que hay que convertir o machacar.

Voy poco al cine, pero la última película española que recuerdo haber visto es "Alatriste" y no he vuelto a ver otra, ni pienso hacerlo. No tienen nada que ofrecer, pero puesto que además en gran parte están financiadas por el contribuyente, no sé por qué luego se quejan de que la gente se las baje de internet (¡qué ilusa la SGAE, además!).

Saludos.

Responder
avatar