Charles Chaplin contra Adolf Hitler. El discurso demócrata de "El gran dictador"

Es curioso cómo la guerra, al igual que acelera el desarrollo de la industria armamentística, saca lo mejor de cada artista. Charles Chaplin es un gran ejemplo de ello. No es el único que incluyó en su labor cinematográfica la Alemania nazi, y sin embargo, su obra ha pasado a la Historia como la más grande sátira lanzada contra Hitler y la más emotiva defensa de la democracia en la época de los totalitarismos. El discurso final de Chaplin en El gran dictador (1940) viene a ser una expresión moralista de lo que significa el canto de La Marsellesa en Casablanca (1942) en el Rick’s Café. Ambas componen una contundente demostración de que los demócratas volvían a tener conciencia de sí mismos y lanzaban un mensaje al mundo: hay que detener a Hitler.

La película de Chaplin es la primera y la última película hablada que hizo, y como puede comprobarse, el actor supo recrearse en las sutilezas de un alemán falsete que imitaba las feroces peroratas del Führer. Aunque recibió varias nominaciones al Óscar, entre ellas a la de mejor actor, el premiado fue James Stewart por su papel en Historias de Filadelfia. Pero El gran dictador es una parodia de Adolf Hitler, una burla genial de todos los vicios del personaje, como un retrato jocoso de su crueldad y desprecio hacia sus súbditos, el cinismo con que afrontaba la política y el sumo odio con que se refería a los judíos. Al tener semejante bigotito, la elección de Chaplin no pudo ser más acertada porque se parecían enormemente. Por supuesto, la película se prohibió en Alemania –y en gran parte de Europa, y algunos estados de Estados Unidos-, pero cuentan las lenguas que Adolf Hitler llegó a verla dos veces en privado y que nunca llegó a decir lo que opinaba de ella.

Aunque Chaplin empezó los preparativos en 1938, cuando oficialmente aún no había empezado la guerra, es obvio que la película es cine de guerra, y cine ideológico, y cine moral, en una época en que además la pantalla, como las demás artes, necesitaba denunciar el miserable rumbo de los dictadores fascistas, entre ellos, el propio Mussolini, a quien se retrata de forma divertidísima. Charlot había rodado en 1936 Tiempos modernos, una película que criticaba el maquinismo del sistema capitalista, rescatando la vivencia de la depresión de 1929, que había conmocionado al mundo y sustituido el fundamento de las democracias liberales por el keynesianismo del New Deal. Ahora se enfrentaba, sin embargo, a la repercusión ideológica europea de aquel desastre y lo hizo ridiculizando al máximo referente del nacionalsocialismo y causante de la más cruenta guerra que ha vivido la humanidad en toda su historia.


Jack Oakie, como Mussolini, y Charles Chaplin, representando a Hitler, en El gran dictador (1940)

En El gran dictador hay una notable referencia a los judíos, que son las víctimas de esa concepción del mundo que llegó a plasmarse en los campos de exterminio. El actor y director londinense, de quien se rumoreaban ancestros judíos, supo ver cómo la progresiva pérdida de las libertades de los hijos de Israel obedecían a la obsesión antisemita de Hitler. Los judíos son las víctimas de esta historia, no en el plano desgarrador de La lista de Schindler, pero sí desde un punto de vista sentimental, reflejado en las continuas persecuciones que Chaplin refleja de un modo enormemente suave.

En el momento de rodarla, probablemente Chaplin no llegó a imaginarse en lo que se convertiría aquel tirano que había desafiado al mundo, anexionado Checoslovaquia y conquistado Polonia y que ahora pretendía seguir ampliando su espacio vital y la hegemonía de la raza aria. Pero en cuanto comenzó la guerra en 1939, sus palabras significaban una verdadera declaración de intenciones, un espíritu luchador y asqueado de la deriva que había tomado el continente europeo y una guerra en la que todavía no había entrado Estados Unidos. Las presiones debieron de parecerle una ofensa. Dijo Chaplin: “Voy a proyectarla aunque tenga que comprarme o mandarme construir un cine para ello y aunque el único espectador sea yo”. Y se rodó, y no fue el único que la vio, sino que al cabo de los años la película dio la vuelta al mundo y se convirtió en un símbolo de la libertad y la paz para mucha gente sin esperanzas bajo la pezuña del opresor.

El carácter ideológico del cine es un hecho que no se puede evitar. Pero hay que distinguir las películas que pasan a ser clásicos, de otras de las que ya nadie se acuerda. Precisamente en el guión reside la fuerza que otorga a las películas que defienden una causa. La genialidad de la obra revela que al director o al guionista, que en este caso son el mismo, no sólo les inquietaba el asunto, de trascendencia mundial, sino que ponían su vida en ello, creían en lo que estaban expresando y estaban dispuestos a enfrentarse con quien fuera con tal de crear una obra de arte. No se trataba de defender unas ideas políticamente correctas, sobre las que no se ha reflexionado con profundidad, a cambio de mantener una subvención, sino de mantener la independencia y hacer honor a la industria a la que se dedica. A largo plazo, el éxito de El gran dictador no pudo ser más rotundo. Había que humillar a Hitler y Charles Chaplin lo consiguió.
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