La película de la Coca-Cola

Un buen guión cinematográfico es aquél en el que las palabras fluyen de la boca de los intérpretes, sean quienes sean, pues cada frase se ha escrito para que el espectador la recuerde. Si alguien alterara una sola línea, toda la película se vendría abajo. El éxito del cine de los años cincuenta y sesenta estriba, precisamente, en la genialidad de los guionistas y la coincidencia con una generación de actores portentosos. A diferencia de gran parte del cine actual, donde el ensalzamiento de las palabras es privilegio del cine-de- autor y las comedias no son capaces de escalar la acusada rampa del humor inteligente, encontramos en el siglo XX a un señor como Billy Wilder que supo hacer honor al séptimo arte inmortalizando una de tantas aportaciones estéticas de Estados Unidos a la civilización occidental: la Coca-Cola.

En Uno, dos, tres (1961), por ejemplo, encontramos a un James Cagney que se sale en su papel de director de la planta de envase de Coca-Cola en el Berlín Occidental. Su voz de doblaje al castellano es una de las pocas que podría competir con la original del actor norteamericano, hasta el punto de que a muchos nos guste más, excepcionalmente, en el castellano que en el original. Pero la interpretación de Mcnamara es colosal y probablemente sea uno de los más divertidos personajes que ha encarnado en toda su carrera. No hay más que ver su ritmo avasallador, su coraje de empresario incansable, su enorme imaginación para salir de los apuros y la elegancia con que mueve los hilos, no sólo ya del edificio comercial, sino de cada personaje que aparece por allí y acaba irremediablemente formando parte de sus tejemanejes para hacer realidad sus ambiciones.

Mcnamara no es un personaje cruel, sino un prototipo del capitalista americano afincado en la Alemania democrática y próspera, un hombre con deseos de medrar y ganas de vivir a lo grande, pero sobre todo un cínico empedernido, que pone los pies sobre la mesa del despacho, se quita la chaqueta y comienza a dar órdenes a su secretaria para poner en marcha su máquina de fabricar dinero.

James Cagney en Uno, dos, tres (1961)

Horst Buchholz representa al joven revolucionario, Otto Ludwig Piffl, en una actuación demoledora. Sus alegatos e invectivas contra la Coca-Cola, símbolo del imperialismo yankee, se tornan contra él por la ridiculez con la que se le dibuja. Es, además, una de las mejores y más jocosas actuaciones que ha hecho, junto con la de Los siete magníficos (1960), ya en un papel mucho más sentimental, representando al pistolero inexperto y bravucón. Junto a Pamela Tiffin, que dista mucho de ser la heroína y rompe la leyenda de que las tontas suelen ser rubias -¿o era al revés: las rubias suelen ser tontas?- Buchholz nos hará reír secuencia tras secuencia, con un avasallador discurso socialista que contrasta con el sectarismo y el atraso de la República Democrática Alemana.

Los comunistas, a los que se retrata chistosamente, encarnan todos los vicios de su sistema político, repiten todos los dogmas, son provincianos y corruptos hasta la náusea, paupérrimos por voluntad propia, pero clementes, simpáticos, con su toque de ironía. Son unos pobres hombres a los que ha tocado interpretar un papel, no de los malos, sino de los palurdos e ignorantes, de los revolucionarios e idealistas, patéticamente iluminados, ajenos al mundo despampanante del esfuerzo y ambición de Mcnamara. El inevitable encuentro que tendrá lugar entre ellos será un choque de trenes divertidísimo, pero Wilder lo tomará como una ocasión para sacar a relucir dos cosmovisiones opuestas de forma burlesca, dejando a los rusos a la altura del betún, con una irremediable conclusión política, pero sin sacrificar la calidad artística, como hoy acostumbran la mayoría de guionistas hollywoodienses del cine-ideológico.

Es una comedia para reírse de la política, de los comunistas, sobre todo, y para ver lo tontos que podemos llegar a ser en el mundo capitalista, aunque siempre hay alguien que sepa hacer las cosas. Es una película pletórica de consignas, de típicos enfrentamientos viscerales, de críticas ad hominem llevadas a la categoría de hipérboles sarcásticas. Nadie en su sano juicio defendería las posiciones que se defienden, pero Wilder nos presenta a unos sensatos, pragmáticos y listillos frente a otros a los que han lavado el cerebro y cuya ideología se reduce a un sentimentalismo cutre. Los personajes son una caricatura de un tipo de pensamiento y casi no son conscientes de lo que sueltan por la boca y parece que para sus adentros se estuvieran riendo de sí mismos.

El guión destaca, además, por una suma de ocurrencias que requieren no sólo estar atento a la política de la época, sino poseer una gran capacidad de observación y saber mirar el mundo con un poco de humor, sin miedo a ofender a personajes públicos reales, poniendo a cada cual en su sitio, cachondeándose de todo lo que en una época parece sublime y cautiva a las masas. No es tan sólo una grabación de la Puerta de Brandeburgo, ni una espléndida Valkiria sonando de fondo, ni la recreación realista de la sociedad alemana en versión desenfadada, con alusión a personajes de verdad como Krushev o Willy Brandt. Es una sinergia chistosa de mil tópicos, reflejados de manera distendida, con el único objeto de reírse en la cara de la URSS, publicitar el producto capitalista por excelencia y hacer pasar un buen rato a los espectadores occidentales. Es una obra de arte, un clásico en blanco y negro, una ironía sin pausa, una caricatura insuperable que todos deberían disfrutar. Puro Wilder, vamos.

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AVISOS Y RECOMENDACIONES

Lector, mientras me voy de exámenes, le dejo con una pequeña entrevista que le hice a uno de nuestros blogger, El Espantapájaros, por ocasión del tercer aniversario de su blog. El próximo número de La Gacetilla Literaria probablemente se retrasará, debido a mis ocupaciones, pero no tema, que pronto lo tendrá en sus manos. ¡Aquí no se duerme!
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