Hogueras de San Juan: los muñecos que fabrican para luego quemarlos

Un día me despierto y me encuentro que han puesto en la calle un puñado de monigotes de cartón. La gente los rodea, observándolos detenidamente, y hasta les hace fotografías. Los más fanáticos, fascinados por esos gigantescas formas de arte moderno, graban un vídeo de cada figura y luego las guardan en el ordenador entre otras originales grabaciones caseras. Cuando llega el día veinticinco, si uno no se va a acostar antes de las doce, se entera de que los monigotes han desaparecido, las calles están limpias y relucientes y todo el mundo vuelve a estar triste. Menos algunos turistas, que siguen fotografiando las papeleras oficiales vestidas con americana azul, los alicantinos vuelven a sus holganzas diarias y la playa sigue estando a rebosar de insaciables quinceañeros buscando bikinis desde detrás de sus gafas de sol.

La primera vez no deja de ser una diversión en esta ciudad donde nunca pasa nada. Pero cuando uno lleva casi veinte años entre estos muros, las Hogueras de San Juan se convierten en uno de esos alicientes vitales a los que los políticos llaman patrimonio cultural, símbolo de nuestra ciudad y regalo de nuestra tradición y que nosotros llamamos de otra forma. Es esa época en que el diario Información se llena de cartas al director de vecinos indignados con el Ayuntamiento por el ruido, la música, la suciedad y el dispendio que suponen estas entrañables fiestas populares. La solución que propondría el periódico donde un sábado cualquiera nos encontramos un panfleto del PSOE entre las páginas es bastante obvia. El eterno conflicto entre el hogar y la calle queda un año más sin resolver. Políticos de derechas y de izquierdas, de arriba y de abajo, del centro y del extremo, hacen oídos sordos a los quejicas y protestones y el alcalde del PP, a golpe de talonario, triplica las subvenciones a la Federación de Hogueras de San Juan, por si todavía quedaba un poco de malicia en los artistas y las comisiones de cada barrio. Y la fiesta, que tanto dinero mueve, sigue siendo el aburrido entretenimiento de todos los años -con el añadido del chiki-chiki-, dilapidado en unos pocos días para el regocijo popular y la desgracia del contribuyente.

Pero no nos cabreemos, lector, ni hablemos del vil metal, que al fin y al cabo, ya nos venían haciendo falta las vacaciones y los aguerridos estudiantes, haciendo codos hasta finales de junio, agradecemos el ambiente guerrero, el colorido nocturnal de las luces festivas, la Babalá de Canal Nou fabricando la delicia de los niños y el pop pachanguero sonando en las barracas hasta las cuatro o las cinco de la mañana. Hay que reconocer, en el fondo, la belleza provinciana de las fiestas regionales. Aunque no lloremos mientras arden los impuestos junto con las ganancias honradas, como hacen las chicas con traje de alicantina frente al micrófono de la televisión pública, la dimensión poética de los fuegos y las luces sí que nos llena de emoción. Se dijera que entre el ruido y la guerra se dispara la ilusión del niño que llevamos dentro, y mientras vemos volverse cenizas a los alegres monigotes, muriera al fin en nosotros la rigidez de los años que dejamos atrás, despertando un nuevo hombre trabajado por el fuego. El espectáculo pirotécnico, teñido de imágenes de placer, estalla en la noche oscura del alma creando juegos de artificio, mientras las parejas aleladas contemplan el cielo estrellado y expanden su ternura hacia su otra mitad. Los petardos, siempre oportunos, cuentan casi los segundos de la fiesta fogueril, explotando por allí, tronando por allá, como si la ciudad entera se hubiese entregado a la anarquía y los hombres se acuchillasen unos a otros en medio del caos, como en la noche de San Bartolomé. ¡Qué locura y qué tiempo, aquí a las orillas de la mar negra del mediterráneo, bañado por el claro de luna y la diversidad de proyectos que fulguran en mi mente, pensando en el porvenir que ya sólo depende del hombre, del hombre nuevo!

Y serán, sin embargo, fiestas de embrujo y trabajo, de bienvenidas y recuerdos, cargando sobre nuestras espaldas las miserias del ayer que regresan y muerden atenazadas por la fuerza del espíritu que, a eso que acaben los exámenes, revivirá en la expansión de las tinieblas, emitiendo un grito de liberación y reconfigurando una mirada sencilla de alivio sobre el rostro que antes reflejaba pesadumbres y desánimo. ¿Qué hay ahora, sino el tiempo que pasa, la muerte que llega y la identidad que renace? Épocas que se acostumbran a seguir viviendo, a seguir transcurriendo; soledades de provincia que se retuercen, trayendo personas y llevándoselas, doblegando ideas y alzando nuevos lustres, recordando músicas y lecturas atrasadas; vidas que avanzan y otras que sucumben; seres animados que saltan de los bosques de los cuentos a la ciudad de los vivos y humanos degenerados que se convierten en marionetas domeñadas por el capricho de un tiránico escritor. Desazones, tinieblas, horrores indecibles y palabras que vuelven, que aprietan, que insisten y que matan, que se reafirman en sí mismas y al final aplastan a las fuerzas enemigas que intentan destruirlas. Todo lo lleva el tiempo y lo trae en estas fechas de luminarias y tinieblas, de estruendos y susurros, de alientos y silencios. Pronto acabará el todo y empezará la nada. Luego recuperaremos el todo y volveremos a empezar; las mayúsculas cederán a las minúsculas y el cosmos volverá a contemplar al hombre en su encrucijada. Una vez más entenderemos que Dios está en el cielo.
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