Las imágenes literarias: viajes, libros y personajes que me impactaron

Apenas aparece, el tiempo se la vuelve a llevar. Es como un flash, un relámpago silencioso, un gruñido de las entrañas que quebranta nuestros nervios y tejidos. Es un angustia no expresada, una sombra delgada y tenue de palpitante líquido vivificador que recubre nuestros ojos y se derrumba en cascada eterna sobre nuestras mejillas. Es el rocío de la mañana que aparece, la nube gris que se aleja y luego vuelve, el retorno constante a un agujero de silencios y recriminaciones. Es la guerra del hombre con el hombre, de la vida interior con el yo externo, de la esencia y el nombre, de la poesía sobre la prosa. Es el descubrimiento de una vida ultraterrena en que la constancia se vuelve la primera virtud.

Los hombres caminan despacio, sobre las delgadas calles, trazando líneas que se entrecruzan, embrollos indistinguibles, encrucijadas indescifrables. Al final de todo está la duda, la impertérrita duda. La mano sujetando la cabeza, las piernas en cuclillas, los ojos que escrutan un detalle y la espalda tersa y recta, ofreciéndose al sol, a la humanidad y a la fortuna. Allá se ve un horizonte que luego se desvanece. Acá aparece un objeto palpable que se hace añicos cuando lo tocamos. En todas partes, a todas horas, hay algo que se ofrece y que se escapa, hay una sensación de hastío en todo, hay una felicidad oculta en la nada.

Escalamos las esferas resbaladizas, nos subimos a un número y contemplamos desde allí los árboles que pliegan sus ramas al viento, la mar incandescente que se precipita sobre el fin de la tierra, la luz solitaria de un astro que representa el poder y unas veces nos seduce y otras nos aplasta. Caminamos junto a las rocas, esperando encontrar algo, o nos quedamos quietos, mudos, en la mesa de un café, escuchando las olas y las conversaciones. La brisa nos lleva a otra parte, a otra época, nos pone otro traje y nos concede otra voz, otra apariencia, otras costumbres, otro mundo, otra vida, otra libertad. Nos encontramos, por un momento, sentados en un banco de El Retiro, como Augusto en Niebla, escribiendo una carta para Eugenia Domingo del Arco. Olemos el aire que viene del mar. Despertamos. Estamos en la misma mesa del café, entre extraños, frente a una taza de expreso de la que humean misterios inalcanzables. Allí hay, entre el líquido fuliginoso, la soledad de un artista que ha ido al Ateneo a discutir sobre su obra y se ha encontrado a un amigo que te saluda con doble intención. En el oscuro espejo de gelatina, caen de pronto las modernas edificaciones, sucumben los actuales presidentes de gobierno, y entramos portentosamente en la atmósfera gris, llena de vaho, del siglo XIX, entre discursos pomposos de un Emilio Castelar en su momento de mayor agonía. El líquido negro tiembla porque se ha movido la mesa y las imágenes y las voces se desdibujan o van cayendo. Y vuelve a soplar la brisa marina.

Aparece luego, en el tedio, la música de un acordeón. Una ciudad sustentada por poderosas columnas en la que resuena el fragor de la guillotina y el canto popular de un melodía marcial. Ruido de trompetas, movimiento de caballos, un dictador que se alza y otro que muere, la revolución y la guerra, las conspiraciones continuas, el griterío de las masas, el absolutismo agobiante, las nuevas ideas que refulgen en Occidente. Unos castaños cuyas ramas archivan pedazos de lluvia que luego bautizan a una pareja que pasaba por allí. Monumentos, calles apartadas, prostíbulos, callejones solitarios, la cúpula impávida de Le Sacré-Coeur que observa el mundo y el pecado desde su altivez y su silencio. Pintores, ideales, ladrones y fulleros, gente que va y viene, una torre iluminada, un barco que navega sigiloso sobre las tenebrosas aguas del Sena, entre las fachadas resplandecientes. La música del acordeón muere cuando un grupo escandaloso que acababa de llegar empezó a reírse a carcajadas de un chiste malo. Respiro e ingiero el líquido negro donde veía reflejado el mundo oscuro de los pensamientos. Vuelve a soplar una ligera corriente de aire.

Ahí está otra vez, en el silencio, el velo inmarcesible de agua cristalina que expresa físicamente lo metafísico. Otra vez esa sensación extraña, que aplacamos con severidad, cuando nos asalta de repente, y que guardamos en nuestro redoma, para luego, en la paz serena, verter sobre el papel seco y marchito de nuestra escritura. Una sombra húmeda se dibuja en el centro, sin aparente explicación, donde más tarde, si uno se fija, puede verse una película que nunca se grabó, ahí entre los pequeños puntos del papel reblandecido, donde nacen miles de personajes que sólo existen en los sueños, que intercambian voces y bigotes, vestidos y gafas, personalidades e historias. Ahí están, en la débil marca del papel mojado, don Quijote, Madame Bovary, Raskólnikov, Ana Ozores, Pierre Bezukhov, Jean Valjean y tantos otros, la existencia puramente humana, el reflejo de lo único que procede de dentro y viene provocado por lo de afuera. Cobran vida a nuestro antojo, construyendo mundos alternativos, sobre el fundamento de la soledad, sobre el sentimiento más íntimo, donde nosotros somos el principio y el final, y el tiempo quien vuelve a inmortalizar, pasados unos años, la expresión más íntima del hombre sobre la tierra. ¿Qué es literatura? Una lágrima sobre el papel de la que emanan clonaciones nuestras. Es contarle a Dios lo que nos pasa, cambiando el orden de los factores, imaginando asociaciones imposibles, a través de otros, de sueños racionalizados en los que a veces introducimos la mano y cometemos alguna que otra injusticia, como matar al personaje antes de que muera.
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