Desde París. Cosas que he hecho y dónde me alojo

¡Tachán! Lector, estoy escribiendo desde París. Sí, sí, como lo oye, desde París. No desde 270 Rue Saint-Jacques, porque a los estudiantes de verano no nos permiten el acceso a internet, sino desde la Academia. La cosa es que estoy aquí, lo estoy pasando en grande y, aunque aún sigo amando la lengua de Cervantes, no tengo ningunas ganas de volver.

No, no se asuste. Usted recibirá su número de La Gacetilla mientras yo reciba mis honorarios. Desde París o desde la Cochinchina, La Gacetilla siempre sale lo suficientemente pronto como para acompañar su desayuno. Sería divertido escribir siempre desde París, como una especie de observador extranjero o escritor exiliado, pero así está la cosa. Aquí seguimos cultivando el castellano, a escondidas, tan cierto como que el sol aparece, al menos en España, por las mañanas de julio.

Y ahora que hemos aclarado este punto, comencemos. Un seguidor ha desgustado une salade parisienne para disgusto de su bolsillo, mientras le echaba un ojo a Le Figaro y un sol extraño, educado, francés, desparramaba sus rayos sobre mi mesa. ¡Qué bonito es París! Aquí se sienta uno y a cada rato los camareros le llaman monsieur y los peatones que le rozan con la mano se disculpan con un excussez-moi que en España sonaría muy cursi, incluso si no lo tradujéramos literalmente.

He descubierto, lleno de asombro, que hasta la picaresca francesa se sirve de tales fórmulas caballerescas para sacarle los cuartos a la gente. Primero una criatura se agacha como si hubiera encontrado un anillo en el suelo -y en efecto, hay un anillo en el suelo que ella misma había puesto-, luego se agacha, lo coge, me detiene, me lo enseña, me lo ofrece, y si hubiera sido un hombre, hasta hubiera estrechado mi mano. Lo que sigue es lo que todos los españoles sabemos: "dame un euro". ¡Pero qué de circunloquios! Una inepta, aún no curtida en el oficio, fue detrás de mí a reclamarme el anillo, pues cometí la descortesía de llevármelo sin darle una propina. De no habérselo devuelto, habría sido el fin de aquella noche de timos.

Me encantan los bribones parisinos. Tienen mucho más estilo que los pelagatos de la puerta de un supermercado español. Incluso cuando están borrachos son mucho más elocuentes. No sé si es que la borrachera francesa produce efectos distintos o es que nuestros maleantes no tienen nada de románticos y sueltan cualquier estupidez que podría haber dicho un tipo de clase media. La cuestión es que pese a la atmósfera de misterio que les rodea, lo mejor sigue siendo no acercarse demasiado.

Y hablando de tunantes, aún no les he hablado del tipo que me recomendó la residencia en la que estoy alojado. Prescindiré de mencuibarki para no darle gusto. Me limitaré a describir mi maison. Es un caserón viejo de la calle Saint-Jacques, muy próximo al bulevar Saint-Michel, donde por las noches se ve el mejor surtido de féminas provenientes de los más diversos países. Lo mejor de todo, sin embargo, son los cables que cuelgan del techo, la tubería que atraviesa el pasillo, el agua fría del baño y el crash-crash del ascensor. Pero es acogedor, en el fondo, y no puedo quejarme, porque está barato y muy bien situado.

Mi habitación tiene lo justo: la cama, una mesa, el armario empotrado y la neverita que me ha convertido en el hombre de la cocina. En el piso hay un microondas escacharrado que siempre funciona y abajo, en el sótano, tres lavadoras automáticas, previo pago de tres euros con cincuenta y a las que el usuario tiene que añadir el jabón de su cosecha. También hay una plancha, y como es la primera vez que la uso en mi vida, no sabría decir objetivamente si es buena o mala. Para mí es mala, al cabo como todas las planchas, pero me dio la impresión de que funcionaba.

¡Ah, pero si no le he contado nada de París! Lo he visto casi todo. He subido a la Torre Eiffel y he conocido a unas argentinas a las que, desgraciadamente, perdí la vista en el tercer piso. En la Academia he encontrado mucha gente, pero casi ninguno hablaba francés cuando salía de clase. Así que, tras algunas comidas y conversaciones de rigor en la segunda lengua más hablada del mundo, me he ido cual intrépido turista, aunque sin cara de primo, a ver Montmatre y echar un vistazo a los pintores bohemios que ya no hay. Otro día tomé un metro que no era y que me llevó a la Bibliothèque National François Miterrand, por lo que me bajé y me puse a leer a Chateaubriand. Al día siguiente cogí el metro que sí era y pasé una tarde tranquila escuchando música en Les Champs de Mars. El 14 de Julio fui a ver el desfile militar con todos los fachas, digo, con todos los patriotas franceses a los que entusiasma una banderita con tres colores y unos cuantos soldaditos de plomo cantando, mientras la policía cierra los puentes y me hace andar más de lo habitual.

¡Ah, pero qué bien se está en París! Hasta he podido comprarme varios libros de esos que no se encuentran fácilmente en España. A la orilla del rí, hay algunos puestos con volúmenes y periódicos antiguos, pero no llegué a comprar ninguno, ni siquiera a mirar los precios, pues ese día llevaba prisa y cara de pobre. En cambio sí que me compré De la democratie en Amérique, de Tocqueville, en l'Fnac, que ha sido mi distracción en estos días en que apetece gastar dinero. ¡Ay, mira eso! ¡Comprémoslo! No tiene idea el lector de lo que hubiera pasado si hubiera viajado con otra persona.

No quiero irme, lector. Me encanta París. Creo que en unas semanas más acabaría dominando el francés y puede que hasta el inglés. Aquí se está muy bien, pero los pisos andan por las nubes... Mis pies, sin embargo, tienden a marcharse y mi maleta, que ya luce la pegatina de mi primer viaje personal, anhela conocer otras habitaciones de hotel. Lo sorprendente de todo esto es que el mundo se me hace más pequeño y aún no tengo ganas de bajarme. Es algo incomprensible, sí, pero no tengo ningunas ganas de volver. ¡Se está tan bien tumbado en Les Champs de Mars!

París, a 15 de julio de 2008
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3 comentarios

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Anónimo
admin
09:09 ×

Oh, là!!!!!


Marta

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20:23 ×

Vaya, Samuel, así que viviendo una aventura parisina y te marchas sin decir nada. Debe ser un privilegio haber asistido al desfile del Ejército galo el 14 de julio. Es bastante más espectacular que el nuestro. Además, me encanta la línea recta que son los Campos Elíseos, con los árboles recortados a los lados y el Arco de Triunfo al fondo. Espero que no esté lloviendo mucho.

Aprovechando que estás allí, tienes dos deberes ineludibles: visitar la casa de Victor Hugo en la Place des Vosges, la plaza más antigua de la ciudad; y comenzar la escritura de una novela, pues es el ambiente idóneo y el escenario perfecto, con la motivación al alcance de la mano.

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Samuel
admin
10:28 ×

En cuanto a lo primero, Espantapájaros, no puedo negar que el desfile fue impresionante, sí.

Ah, pienso ir a ver la maison de Victor Hugo enseguida. Con respecto a lo de la novela, me temo que tendrá que esperar. No me encuentro cómodo escribiendo desde la Academia, pero estoy seguro de que conservaré este viaje en la memoria.

Saludos!

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