¡Me voy a París! Preparativos de un viaje por capricho

Llega un momento en la vida de todo estudiante que debe colocar la maleta abierta sobre el suelo, dirigirse a su armario, abrir las puertas y escoger la vestimenta que piensa llevarse de viaje. No es la primera vez que lo hace, y sin embargo, es una tarea llena de añoranzas, pues a cada pieza de ropa que va plegando sobre su cama e introduce con cuidado en la maleta, no deja de pensar que mañana ya no estará aquí y que nunca estamos amarrados a un pedazo de tierra. Sí, mañana ya no estaré aquí, y estaré sentado en mi plaza del avión, leyendo un libro, quizás, camino de París.

Allí es, al cabo, donde vuelve todo el que una vez ha paseado por sus calles y se ha rendido a su embrujo estético y la poesía de sus edificios. Es la ciudad donde comenzó mi odisea y donde pienso hacerla concluir, ahora que los años y una beca del Ministerio, concedida por la nota media del curso anterior, me permite escapar a la Ciudad Luz por mi cuenta y riesgo a reencontrarme con los lugares que apenas pude ver gracias a la incompetencia y el paternalismo de una agencia de viajes. Me he apuntado al curso de francés y pienso perfeccionar el idioma que, pese a su fama de cursi y acaramelado, a mí me sigue pareciendo la lengua culta y musical por excelencia.

Mientras extiendo un par de pantalones sobre la cama, me acuerdo todavía cuando por el mes de noviembre, sentado a media tarde en la biblioteca de la universidad, levanté la cabeza del libro y decidí con resolución: «Me voy a París». Y aquellas palabras, fruto del capricho espontáneo, de la voluntad intestina, comenzaron a traducirse en decisiones concretas dirigidas a convertir en realidad un fin que yo mismo me había propuesto y cuyo camino habría de trazar individualmente, tomando decisión tras decisión, enfrentando cualquier perjuicio burocrático o escrúpulo familiar. Por entonces necesitaba un incentivo para seguir estudiando, pues mi ánimo decaía por momentos, pero no podía imaginar que pasados unos meses, tras el último apretón de junio, conseguiría recuperar el equilibrio mientras se acercaba lentamente el instante de darle una patadita a las costumbres de la vida diaria y escribir una página de mi descanso privado.

Todo se acaba y el hombre vuelve a sí mismo. Meto en la bolsa de mano La náusea, de Jean Paul Sartre, y Nuestra señora de París, de Víctor Hugo, para ambientarme. Además de la guía y un pequeño diccionario francés-español, llevo un cuaderno de viaje Maleskine, como los que solía llevar Bruce Chatwin. Es la forma elegante de viajar, en vez de ir corriendo de un monumento a otro, a golpe de pito, y contentarse con la mera exposición de la belleza, como si la vivencia interior o la conversación espontánea no fueran aún más sublimes. No es divertido estar todo el rato hablando de lo bonito que es París. El escenario está puesto, al cabo, para los personajes, no los personajes para el escenario. Todos sabemos que no es lo mismo hablar del mundo y las relaciones humanas en un baton mouche que en la cafetería de la universidad. Pero esa conversación no daña el paisaje, sino que lo embellece, le da forma y espiritualiza. No hay razón, pienso, para que haya de ir y volver, sin apenas adentrarme en la vida parisina y la deriva humana de la otrora capital del mundo e inspiración de los artistas.

Uno no descarta, vagando con la imaginación, pasar allí algún tiempo, bajo cualquier excusa, en una de esas buhardillas bohemias como en la que vive Jean Kelly en Un americano en París. Dan ganas, a veces, de mandarlo todo a paseo, ponerse una bufanda y una gorra, chapurrear una lengua ajena y sentarse en una mesa de un café cualquiera a mirar a la gente. O pasear por la rive gauche, sin dirigirse a ninguna parte, echando largas bocanadas de aire y estar todo el día de aquí para allá, de tertulia en tertulia, planteando interrogantes, metiendo cizaña, regresando a casa a escribir un artículo mal pagado o vadear Le Sacré-Coeur y adentrarse en las callejuelas pintorescas donde se respira, a duras penas, la vida bohemia. Causa lástima, lector, que la razón sea tan cruel amiga.

Dentro de unas horas mi avión habrá aterrizado en la T1 del aeropuerto Charles de Gaulle y ya no habrá nada que lo remedie. Una tormenta, tal vez. Un atentado. Un secuestro. Au diable! Que me voy, o me esconderé debajo de mi cama, detrás de las babuchas, a esperar que pase el tiempo y las gentes de mi alrededor hayan variado sus rostros y sus nombres, mientras envejezco en la oscuridad de mi cuarto, como un ser que no sufriera el paso del tiempo y aguantara con impune estoicismo la opresión de las costumbres de su época.

No comprendo cómo he soportado hasta ahora, pero puesto que los resultados de los exámenes han sido más generosos de lo que me esperaba, no cabe sino marcharse pronto antes de que alguien cambie de opinión. ¡Adiós, lector! Pase un feliz verano en mi ausencia. Eh, pero no crea usted que me voy, que yo seguiré aquí, pues estos endiablados chismes, a cuyo inventor seguramente tendrá Dios en el infierno, como al que inventó las armas de fuego, permiten el milagro de que podamos comunicarnos a distancia y pueda narrarle mis aventurillas y desvelos, a eso que llegue a mi habitación y consiga conectar la Wi-Fi. Pero no se haga ilusiones, que yo no he ido allí a escribir mis crónicas de viaje, así que en principio no puedo prometerle demasiados artículos, pues seguramente pasaré la mayor parte del tiempo fuera y al fin y al cabo no he ido allí a aprender castellano. Me acordaré de usted, sin embargo, y del insufrible calor que estará pasando, asediado por mil ventiladores, con las ventanas abiertas, ingiriendo cervezas frías sin parar y abanicándose con un periódico gratuito, mientras ve cómo pasan los minutos y su cuerpo va derritiéndose lentamente. ¡Pobre lector! Usted también debería irse. No tiene más que extender el mapa sobre la mesa y dibujar un punto en el lugar que más rabia le dé. Lo demás es sólo coser y cantar.

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Que me voy a París, ea. Y esa es la razón por la que no estoy en la Feria del Libro de Alicante, detrás de un mostrador, acosado por los innumerables admiradores de Matilde Asensi, mientras vendo a diestro y siniestro best-sellers de templarios y novelas que cuentan la verdad oculta sobre algún personaje histórico. No obstante, le recomiendo que se dé un garbeo por la Explanada y se compre un libro con descuento para quitarse el mal humor antes de irse a dormir. Los próximos días seguiremos informando.
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