Vuelta a casa después de tres semanas en París

París ya no está, o yo me he ido de París, y he despertado, como antaño, en una ciudad insignificante del sur de España. He abierto las ventanas y he vuelto a contemplar las fachadas ya vistas. He salido a la calle a escuchar esas voces simples y sin poesía. He saludado fríamente a un vecino en la escalera y he encendido la televisión en mi casa mientras me bebía una coca-cola y rescataba viejos recuerdos. Yo he vivido, me he dicho, mientras mi frente impregnada de sudor aún se esforzaba por adaptarse al ambiente húmedo de mi tierra natal.

Yo no sé si de verdad me había ido a París o había cambiado por unos instantes mi monótona existencia por la de algún aventurero. Mientras volvía en el avión, tomando un bocadillo y una botella de agua mineral, intentaba otra vez habituar mi oído al castellano, pero no imaginaba por un momento que a la mañana siguiente, al despertarme, no vería detrás de los cristales los tejados grises y las chimeneas que se atisbaban desde mi ventana de la rue Saint Jacques. Ahora, cuando bajo a la calle, no encuentro el río, y ando como perdido por las avenidas sin gracia, como si me moviera por un lugar extraño, ajeno, casi hostil. ¿Qué tengo yo en común con estos edificios de ladrillo, estos paletos playeros, ese castillo medieval muerto de risa, ese sol apático y dictatorial? Vuelvo a casa a refugiarme entre mis volúmenes, mis libros, los que traje de París y me sumergen, a kilómetros de distancia, en la Ciudad Luz. ¡Qué divertido era leer La Nausée en la habitación de mi residencia! Al cabo de unas cuantas páginas, ya no necesitaba utilizar tanto el diccionario y la lectura fluía como si estuviera leyendo en mi propio idioma. Ahora, que estoy frente a mi estantería, me resisto a leer una obra en castellano, y más, a leer una traducción.

Qué desagradable es, sin embargo, levantar la vista del papel y comprobar que estoy en casa. Hay mucho silencio. Las costumbres aguardan sobre mi mesa ordenadas en una agenda. Hay un manual de Psicología y un par de libros de idiomas. Si voy a la cocina, encuentro una nevera grande y antipática, atestada de caprichos, y no aquella neverita de mi habitación en la que sólo entraba lo que yo compraba. Yo vivo en la calle Saint-Jacques, a unos pasos de la Sorbonne. Allí, entre la sencillez y pobreza estudiantiles, no había nada. La vida era un papel en blanco. No se encontraba uno ni por casualidad con los viejos amigos. Todo era gente nueva, inédita, deseosa de entablar amistad con cualquiera. No había, al cabo, más que francés y ejercicios, coca-colas, muchos libros, una ciudad que esconde infinidad de misterios, un metro que repartía miradas de un cuarto de hora y roces a cada cinco minutos. Y parecía que París no se fuera a acabar nunca, aunque se acabara tan pronto.

Cuando son las tres de la tarde, empiezo a preguntarme qué lugar de Alicante dispone de hierba para tumbarse tranquilamente a los pies de una Torre Eiffel mientras lees un libro o divagas sobre las extravagancias de la vida interior. Apenas llegas al centro, das una vuelta por el Fnac de un piso, paseas estúpidamente por Maisonave y la ciudad ha terminado. A la derecha todo es igual. La izquierda no tiene nada que ofrecer. Podemos volver a casa o caminar hacia delante. Ahí sólo hay una estación que lleva a muchos sitios a los que no puedo ir. No hay nada. Edificios y gente. Una playa grandiosa llena de ociosos y bañistas. Nada, al fin. Si salimos de aquí, en dirección a Elche, ese desierto dejado de la mano de Dios, y pasamos cerca del aeropuerto de El Altet, veremos quizás uno de esos aviones que regresan en la penumbra y en el que hace unos días me encontraba yo. ¡Qué divertido era escuchar al capitán de cuyo nombre no me acuerdo hablando francés de aquel modo ridículo! Recuerdo todavía cómo la señora que iba a mi lado murmuró "Jolie accent!"¸ pues, en efecto, parecía que se hubiese tapado la nariz para pronunciar las nasales correctamente.

Ahora estamos en casa. Aquí estamos seguros. Palabras, cuentos, familia, preocupaciones. La gente que dice cosas. Amigos, y amigas, que me aguardan. Esperaban a alguien que quería volver y no a quien de buena gana habría mandado todo a paseo si hubiera tenido un poco de sentido común. Pero al cabo abandonar las provincias es cuestión de tiempo, y ser un hombre de ciudad, una actitud que se aprende leyendo libros y absteniéndose de leer algunos periódicos locales. No me perdonarían que no me hubiese acordado de ellos, allá, en esas tierras de franchutes cursis, yo solo, en un fatal intento de volver a ser un ser humano, tras un año de insoportable estrés y complicaciones varias. Y creo que respiro, lector. Con gusto. Después de mucho tiempo. De muchos años, quizás. El Sena de noche es una agradable terapia. Mis pies lo han recorrido de arriba abajo, al menos, desde la Torre Eiffel hasta Saint Michel, y mis ojos han visto las maravillas de la noche, a veces alejado del mundanal ruido, otras inmerso en el aquelarre nocturnal parisino.

Un avión, lector, es todo lo que quiero. Me encantan los aviones. A mí no me quedará siempre París. No sólo. También Roma, y Venecia, y Atenas, y Jerusalén, y El Cairo, y Nueva York, y Bruselas, y Berlín, y Moscú y otros lugares cuyos nombres mi memoria no retiene y quisiera ver. Llevaría un libro y una canción a cada uno, pero probablemente las cosas que conociese allí acabarían por desconfigurar toda planificación. Pero no hace falta más. Una maleta y un avión. Un sitio donde dormir y algo de dinero para comer. Lo demás es cosa del espíritu y eso no se planifica, antes, se atrapa tan pronto como aparece por una de esas coincidencias que vuelven locos a los escépticos y los prudentes acogen con el justo entusiasmo. Pero hace falta irse, lector. A cualquier parte. Cuanto antes. ¡Y al diablo los paletos!
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1 comentarios:

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Como dice un amigo mío:" como fuera de casa en ningún sitio..."

Un saludo y feliz verano.

Congrats bro Javier Ayanotna you got PERTAMAX...! hehehehe...
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