Desde París: escuchar a Pachelbel en la iglesia de La Madeleine

Cuando a uno le devuelven las camisas de la lavandería, debería hacerse a la idea de que se está convirtiendo en un solterón burgués. Y un solterón burgués no va por ahí comiendo bocadillos de fromage en la hierba, sino antes va dando tumbos de cabaret en cabaret, como en los viejos tiempos de la belle epoque. ¡Qué tiempos aquéllos! Ahora el estudiantillo de provincias, de paso en París por tres semanas, becado por el Ministerio, se plancha las camisas en el sótano de su residencia y paga la tarifa reducida, eso sí, de un concierto en La Madeleine un sábado por la noche. Ya sé que no es muy ortodoxo, pero me divierte más que pasar la noche en un banco del parque consumiendo estupefacientes como un vulgar pordiosero.

Veinte euros era un precio excesivo para el modo en que la soprano farfullaba el Ave María, pero valía la pena por escuchar a los violines tocando "Las cuatro estaciones" y el "Canon" de Pachelbel. Uno entra allí, limpio y reluciente, con aires de señor parisino y mientras observa desde detrás de sus gafas a los violinistasm no puede evitar por un momento pasar la vista por el público. A mi derecha, una señorita que toma notas me rozó con sus cabellos mientras se quitaba la chaqueta. A mi izquierda, un chaval de pantalones militares desprendía un olor que pugnaba por prevalecer sobre el incienso del templo católico. Delante, diversas señoras de clase media miraban sin pestañear al virtuoso, mientras los apóstoles nos miraban desde arriba con curiosidad.

Yo había comprado la entrada aquella mañana a las 10m y como tardaban en entregármela, me había sentado en un banco a esperar. Aquella iglesia, por lo demás atestada de idólatras y turistas, tenía un encanto especial. Me hubiera pasdo horas contemplándola, pero el aburrimiento empezaba a afectarme. Tuve la tentación de sacar el libro de Sartre que llevaba en la mochila, pero pensé que aquello podía entenderse como una provocación. Di un par de vueltas admirando sus imágenes y esculturas y un rato después llegaron un caballero y una dama con las entradas. Me había costado veinte euros y un madrugón de sábado y muy señor mío, pero valía la pena. Por un momento me sentí algo más que un estudiante, algo más que un escéptico admirador de la estética religiosa, como si me hubiera sumergido en aquella atmósfera de gentes emperifolladas y un tipo con pantalones militares.

El sábado que viene toca el Réquiem de Mozart, aunque comenzará un poco más tarde. Cuando hace una agradable noche de julio, no fastidia bajar por la Concorde a la orilla del Sena dando un paseo. Estimula el espíritu, a la vez que surgen pensamientos que llevaban años enterrados en mi mente. La imaginación vaga mientras observo las luces encendidas detrás de las ventanas, sombras que se mueven allá en las azoteas, malolientes mendigos que arrastran ignominiosos pecados y el baton mouche que aparece por debajo del puente iluminando las fachadas. Sólo me falta un mayordomo de librea que me reciba en la puerta y me dé las buenas noches.

Y sin embargo, lector, pronto tendré que dejar París y trasladarme a la aburrida patria castiza. Dentro de no mucho estaremos otra vez, usted y yo, en algún café hablando del Hércules y de cierto alcalde de un pueblo insignificante a quien han juzgado por corrupción. Volveré a esa ciudad donde "no hay nada", como me comentaba el otro día un compatriota madrileño después de la clase. Volveremos, otra vez, a las viejas costumbres. Qué mal rollo, ¿no?

París, a 21 de julio de 2008
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2 comentarios

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00:37 ×

Acabo de conocer tu blog y me parece excelente.

Estoy en un curso de articulismo literario en Vélez-Málaga que estoy reseñando en mi blog (www.agustinrivera.com). Me gustaría que nos mantuviéramos en contacto.

Saludos,

Agustín

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Samuel
admin
13:22 ×

Encantado de conocerte. He echado un vistazo a tus blogs y a tu perfil y ambos tienen muy buen aspecto, pero espero poder leerlos con mas calma cuando vuelva a Espana. Bievenido, pues!

Un saludo,

Samuel.

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