Relato de un ingenuo que creía ser culpable

Todo comenzó una noche en que Losada se levantó de la cama, corrió a la ventana, alzó el brazo, apuntó con el dedo a un hombre que pasaba por allí, carraspeó tres veces antes de ponerse rojo y exclamó al fin con los siguientes vocablos: «¡Eh, tú, desgraciado! ¡Escúchame bien!». El hombre interpelado miró hacia atrás como si se refirieran a otra persona y al comprobar que no había nadie se señaló el corazón titubeante. «¡Sí, es a ti, malnacido, ingobernable hijo de perra, traidor a la patria, revolucionario, conspirador, miserable y amante de mi esposa!». Al tipo que pasaba por la calle se le quedó cara de tonto, pero como él era un ingenuo muy consciente de sus derechos, no pudo menos que replicarle que todo aquello no eran más que calumnias. «Señor, usted sin duda se confunde de persona», dijo con su voz más amable. El viejo Losada se metió el dedo en la boca y escupió una muela desde la ventana. «No, no me confundo, no me confundo, ¡tú eres un traidor! ¡te voy a matar, hijo de Satanás! ¿y a mí me mientes, bellaco, truhán, irreverente soplagaitas? ¿a mí me mientes, soberano adúltero? ¡Idos tú y los de tu calaña al cuerno!»

El hombre lo tomó por loco y decidió pasar de largo. No obstante, Losada seguía lanzándole improperios desde su ventana. «¡Mezquino, zopenco, supremo inútil, mediocre presuntuoso, sabandija sin sentimientos, rata inmunda! ¡Ven, ven, si te atreves, que yo te arreglaré!». No había dado dos pasos cuando estas palabras retumbaron fuertemente en sus oídos y le obligaron a detenerse. «¡Sube aquí si eres hombre!». El ingenuo se acercó con ademán democrático tratando una vez más de pedir una explicación ante tal retahíla de descalificaciones. Intentó hacer un último esfuerzo para entender aquella absurda situación. «¿Qué hecho yo, señor?», preguntó. Losada, sin apenas oírle, empezó a lanzarle platos y sartenes, mientras lo insultaba a diestro y siniestro con vocablos indistinguibles. «¡No me preguntes, no me preguntes, repugnante bicho, que soy capaz de mandarte a la tumba de un solo golpe! ¡Asesino, saltabardales, batracio, camorrista, cochino! ¡Ven, ven aquí, si eres hombre!

«¿Hay alguna forma, señor, de que podamos llevarnos bien?», insistía él, mientras intentaba resguardarse de los menajes de cocina que su maltratador le disparaba con tan malísima puntería. De pronto, Losada se detuvo. El ingenuo se acercó al balcón, mirando hacia arriba, puesto que pensaba que había conseguido hacerle entrar en razón. Pero mientras observaba inmóvil el balcón, Losada le lanzó un jarrón que escondía detrás de él y le acertó de lleno en la cabeza. El viandante cayó redondo y una sonora carcajada se escuchó en todo el vecindario. Losada se movía de un lado a otro como una fiera nerviosa que ha olfateado el olor de la sangre. «¡Jajajajá, idiota, estúpido! ¡Te mereces eso y más! ¡Espera a que yo te coja, mala bestia!».

El ingenuo, cuando se recuperó del golpe, vio a su agresor observándole con sorna desde la superioridad de su balcón. «¡Arrodíllate ante mí, estúpido, so memo, gallina!», exclamó de pronto, haciendo un gesto autoritario con el dedo, que impulsó a su víctima a darse la vuelta y mirar al suelo con actitud reverente. «¿Qué es lo que he hecho yo para merecer esto?», murmuró el incauto entre lágrimas, demandando una explicación a lo que no encontraba porqué. Entonces salió de la boca de Losada una de esas respuestas sobrenaturales que tantas veces sale de la boca de los borrachos y de los niños y es mucho menos corriente entre los chiflados. «¡Tú creíste todo lo que te había dicho!».

Losada se encerró en su habitación y no volvió a molestarle. El paseante regresó a su casa, meditabundo, pues su curiosidad no había quedado satisfecha y repasaba todos los puntos oscuros de su memoria donde era posible que hubiera cometido todas aquellas atrocidades. Cuentan los vecinos que Losada repite la escena cada noche y a pesar de que ya lo conocen hasta los más veteranos del pueblo caen a veces en la trampa y acaban poniéndose de rodillas siquiera unos minutos.
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