Muere como el agosto

Muere, como el agosto,
una fragancia de luces y venablos,
que susurra entre murmullos riendo
de ternura infinita de cálidos miedos,
y sólidas lámparas de luciérnaga vana,
como si las olas de la tierra se alzaran,
sobre la roca desnuda y fúnebre
de un altivo cerro de argamasa.

Corre,
como la estera que supura
miseria de su inefable hilo,
como la piel vieja y blanda de un ciego,
la soberbia mirada de un invierno,
que chillara valiente a las cumbres,
y pudiera atraparlas con la mano,
y lanzar al vacío infinitos cálices
de dolencia amarga y serena,
y añorara
la estampa de una niñez lejana.

Odas que no llevan a ningún sitio
y caen postradas en el techo de la casa,
como si se acostaran tras una larga, larga
noche de verano en una charca,
besando la luz reflejada en la ciénaga,
como si se fusionara en un latente fuego
y lanzara luego un grito al misterio,
y la piedra
del crimen rodara hasta el arroyo
teñida de una mancha almibarada,
de grupos encendidos de cálida calma,
de miradas odiosas sobre la eterna patria
de un pobre ciego sentado sobre la cama.

Quiebra, quiebra y rompe las entrañas,
disecciona el cuerpo que no respira nada,
y ladra por esos caminos de la perfidia,
hasta que la losa ya no esté sobre la espalda,
hasta que la voz ya no ensordezca los oídos,
hasta que las tierras recuperen su alma,
perdida entre los arrullos de un hombre rudo,
hasta que dejen de apretarle desde las alturas,
hasta que caigan, se derrumben, se desmoronen,
se rompan las cadenas, los cielos se abran
y salgan corriendo por el suelo las cucarachas.

Abre, quebranta, destruye, golpea, persiste
hasta que el cielo vuelva a su casa
y no haya más caricias ni calaveradas,
en la sencillez oscura de una vida incierta,
en el solaz de una obra terminada,
cuando lleve en las espaldas tatuadas
con la punta de un látigo fiero
las confusas líneas de mil caminos
emprendidos hacia mil destinos
calculados por un cerebro insano,
al arrostrar mil peligros cumplidos.
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