Nada nuevo bajo el sol

Vengo, lector, como cada septiembre, para ver que todo es igual y todo ha cambiado. Hay unos cuantas obras más, algún que otro edificio que parecen haber arrancado de cuajo y las palmeras, como siempre, intactas, imperturbables, apuntando al sol, que las gobierna desde allá arriba desde no sabemos cuándo. Pero todo es igual, al cabo. En mi mente lo es. Los pequeños detalles, a nuestros ojos, apenas pueden sustituir la imagen verdadera, continua, que a menudo ignoramos. El devenir es perceptible a través de los sentidos, ante los cambios bruscos, pero no se trastorna fácilmente las ideas ni se trastoca las esencias. De muchos de los cambios, de tan ínfimos, somos inconscientes. Pero sin ellos no habría movimiento, ni vida, ni mundo, y la tortuga llegaría antes que Aquiles a su destino.

Lector, que ya hemos vuelto. ¡Enciéndanse las teles! ¡Suenen las radios! ¡Lleguen los periódicos al kiosco! Y que los minúsculos humanos, sobrevivientes de un verano más, una noche de sueño más, un segundo de vida más, arranquen los coches y arriesguen su cuerpecito indefenso por esos mundos de Dios en que tantas cosas ocurren. Tal vez sea el fin del mundo. Puede que el cielo se abra y caigan bloques de hielo. Salgamos a fotografiarlo. O es posible que lleguemos al trabajo, las paredes se derrumben, el jefe nos observe detenidamente y mientras regresamos en casa nos topemos con un insulso y sonriente payaso que bajo seudónimo va dándole ánimos a la gente para poner en marcha la economía y para que nuestro presidente, tan guapo, no tenga que pasar un mal rato en el Congreso disertando sobre algo de la que tiene mucha menos idea que nosotros sobre cualquier cosa que hagamos. Obviemos todo eso, colegas. Pongámonos en pie. El tiempo transcurre inevitable y nosotros, creyendo que nada cambia, somos inconscientes de que aun los pedazos de piedra se erosionan y el esfuerzo bien dirigido acaba recibiendo, tarde o temprano, una recompensa más bien parca, aunque suficiente para seguir luchando.

Consolémonos de que nuestros políticos -lo mejor de cada casa, las ovejas negras, los tontos de cada pueblo, los niños de papá, los amigos del partido, ¡incluso estudiantes universitarios!- han llegado hasta el Parlamento mintiendo, traicionando y haciendo demagogia y, al igual que antes, ahora que gobiernan, siguen mintiendo, traicionando y haciendo demagogia. Pero ya no son los mismos... Ahora lo hacen mucho peor. Es más fácil pillarles. Porque para ellos no pasa el tiempo y no les cuesta nada incorporarse al trabajo, puesto siempre reciben su recompensa: el orgullo de mandar. Sólo una ciudadanía honrada, de alto nivel, puede controlar esa variable, exigiendo explicaciones, haciendo preguntas, mirando donde no quieren que miremos y recordándoles que su poder es grande, su ineptitud inmensa, pero su tiempo llega a ser incluso colosal. Cuatro años mal contados son muchos como para desperdiciarlos cometiendo errores que pueden evitarse; más todavía, es demasiado tiempo para decir chorradas para salvaguardar el prestigio, la imagen, la belleza. Se comportan como si todo fuera nuevo, como si no hubiera conexión entre el pasado y el presente, pero del modo más vil que puede hacerse; no para progresar, sino para ocultar las mentiras del pasado, que son y serán las mentiras de siempre, y haciéndonos tragar un producto defectuoso. Para los políticos no hay cambio ni mejora; ellos siempre son la mejor opción y a toda costa mantendrán esa entelequia. Encienden el reloj cada cuatro años.

Pero no es cualidad de los políticos, sino de las personas deshonestas. Lo que pasa es que las personas deshonestas suelen acabar en política y las que no lo son suelen acabar siendo deshonestas. Las circunstancias, un cúmulo de probabilidades que determinan si podrán seguir cuatro años más en la cuerda floja, provocan que en ocasiones olviden su deber. Algunos directamente tiran el deber a la basura porque les supone un lastre imposible de aguantar. No temen que nadie les imponga un carnet por puntos; cuando pasen los cuatro años, basta con que hayan convencido a los ciudadanos de que su gestión ha sido buena, o de que existe un peligro mayor, para que continúen en el poder. Si su gestión ha sido buena o no ya es lo de menos. Lo que importa es la imagen. La gente mira las imágenes, que es lo único que no cambia. No el devenir. No la deriva desastrosa de los poderosos, sino el instante presente.

Pero hablar contra la política es un mal deporte. Alguien podría pensar, ingenuo, que sin políticos, muestra exagerada de la ignorancia de una sociedad, todos viviríamos mejor. En realidad, el hombre que todos los días va a trabajar no siempre está capacitado para ejercer el poder y formar parte de las decisiones que conciernen a la nación. Necesitamos que las naciones se gobiernen por la razón y no por los sentimientos tornadizos e iluminados de las mayorías; que podamos protegernos de nosotros mismos y de nuestros enemigos; y, en definitiva, que seamos una sociedad madura y dejemos de jugar a la política.

Pero eso, amigos lectores, no lo podrá haber mientras no seamos exigentes. Un poder político responsable que se construya con la suma de infinitos impulsos individuales que, en definitiva, configuran la imagen que los gobernantes tienen de sus ciudadanos, de su público: inmóvil, acobardada y predecible. La única forma de que ellos suban el listón es que lo subamos nosotros. No podemos esperar a que los políticos, por sí mismos, se vuelvan intelectuales honestos, ni siquiera que tengan sentido común. Zapatero es lo que quería el pueblo y Zapatero le ha sido dado. O sea, telebasura.

No hay mejor forma de comenzar el curso que echar un vistazo a la educación en España. Es la historia de siempre, sólo que en democracia, sólo que cada vez somos peores, sólo que cada vez más se ven por ahí ciertas cosas y cosas tan ciertas que causan verdadero pavor y no me extraña, al fin, que cuando uno sale al extranjero siempre le quede la impresión -alarmista, antipatriótica, pesimista- de que sale de un país enormemente atrasado. Es sólo una imagen, sí. Una cosa ahí, sí, sí, que se respira, que está en el ambiente, que los españoles somos mu pasotas, eso, eso. Sí, sí, presidente. Hemos aceptado que la línea tenga que estar a bajo nivel a causa de factores históricos y económicos. En el fondo le comprendo. ¿Qué va usted a hacer, pobre hombre? Haré de contrapeso a su optimismo desmedido: ni siquiera puede no empeorar las cosas más de lo que están. ¿Es que algo ha cambiado? ¿Pasará mucho tiempo hasta que percibamos la diferencia? Mucho me temo que algo esté cambiando, pero a peor, y no es sólo una imagen, tópico antediluviano, de que España es un país atrasado. Señal de eso es que ante las crisis los políticos no se esfuerzan para paliarlas, nerviosos por lo que pueda pensar de ellos una ciudadanía exigente y madura. Se esconden tras su careta inmutable. Además han descubierto una fórmula. Escuchen el sonido de la flauta. Desafina.
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1 comentarios:

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20:20 ×

Cuando se ve la general indiferencia ante la labor destructiva de los progres, maricas, separatistas y demás ralea, hay que preguntarse si acaso tenemos el Gobierno que nos merecemos.

Congrats bro Javier Ayanotna you got PERTAMAX...! hehehehe...
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