Qué piensa la gente de los políticos y los periodistas

Se levanta con disimulo y comprueba que es aire lo que hay en la atmósfera. Luego pone los pies sobre el suelo y descubre que son baldosas lo que pisa. Después echa un vistazo a su alrededor y comprende que está en su casa. Pasa la palma de la mano por su escritorio para comprobar que sigue siendo de madera. A la postre, aplica el oído a la puerta para cerciorarse de que eso que escucha es el silencio. La conjunción inefable de los sentidos le hace consciente de una verdad irrefutable, evidente, axiomática: ¡se estaba mejor en la cama!

Pero la cama es dura y pesada, el colchón parece una lámina de mármol y la única compañía de la que goza es el ajado almohadón a quien ya nada provoca sorpresas porque le ha contado todos sus secretos. Es en ese momento decisivo, capital, de agonizante lucha interior, cuando uno decide abandonar el lecho del sueño y ponerse de pie para formar parte del mundo. ¿El mundo? Es abochornante, grosero, tendencioso, cruel. No hay más que leer los periódicos. ¡Esos malditos periodistas, que lo agitan todo! ¿Por qué no han de ocultar la realidad, cerrar los ojos cuando presencien un asesinato, taparse los oídos cuando el político de turno suelte algún dislate, abstenerse de olfatear el tufillo de la corrupción, evitar el mal trago que pondrá fin a su carrera y apartar la mano de las llamas de la noticia? ¿Han de estar siempre en todas partes? ¿Decirnos todo lo que no queremos oír?

Se toma una taza de café en el salón. El apartamento es solitario. No se oye ningún ruido. Acaba por coger el mando y encendiendo la televisión. Miseria, política, muerte, destrucción y curiosidades; por ese mismo orden. Una vez más se encuentra ante la absurda encrucijada de aceptar la realidad que aborrece o vender su ciudadanía por un plato de lentejas. Se quedaría con lo segundo, porque la realidad no la conoce, como no la conocen los que se la cuentan, que la han visto, la han oído, la han olido, la han saboreado, o incluso la han tocado, pero que de ningún modo conocen. Tan sólo fragmentos de un puzzle inverosímil en el que de seguro falta alguna pieza. Todos sabemos quién no la tiene. Él también lo sabe.

¿Qué ha de importar, en su imperturbable retiro, el movimiento categorizable de todos esos píxeles? ¿No es acaso la imagen imperfecta, fragmentaria, ficticia, de una realidad perceptible a través del filtro de la razón subjetiva? Él piensa que una frase tan profunda debe de ser cierta y apaga la tele porque no quiere seguir engullendo mentiras relativas. Cuando apaga la tele, apaga primero la vida cotidiana de individuos que no le importan; en segundo lugar, las desgracias y alegrías ajenas; y por último, a modo de anécdotas, apaga la política y la economía, que es cosa de otros. Desaparece la vida, al cabo. Ya no hay sistema, sino un conjunto de imágenes dispersas, incontrolables, a las que el cerebro siempre encuentra alguna relación o significado de modo inevitable. Ya no hay verdad, entonces. Sólo cuentos.

En su soledad infinita, pese a todo, le entran ganas de hacerse filántropo. Va por esos mundos subyugados por el sistema predicando la buena nueva y fustigando a la gente a que se desentienda de sus miserias diarias y a construir un mundo mejor. Sobre el papel le queda muy cursi, pero eso todavía no lo sabe. Ha construido una verdad de piedra, ajena al devenir histórico, y cree que todo el mundo debería aceptarla. Como no puede, acaba encendiendo otra vez la tele y descubre que la propaganda es un medio asqueroso, pero que funciona. Abre su mente al misterio de la eficacia; resulta que partiendo de la volición, dirige sus esfuerzos hacia una meta fijada, definida, o no tan definida, y a medida que anda el camino va trastocando la meta hasta que ya no se parece en nada a los ideales que había establecido, aunque lo consigue; llega a alguna parte. La relación con sus semejantes, los golpes de lo imprevisto, la desconocido, generan un nuevo hombre, que no es filántropo, sino pragmático y egocéntrico. Pero a la postre tozudo, como el primero.

Al final de titánicas disputas, de esfuerzos increíbles por saciar sus necesidades existenciales, de agrios desengaños y tristezas crónicas, vuelve al sillón en el que una vez se había tomado una taza de café viendo el televisor. Vuelve a apretar el botón. Encuentra a unos tipos subidos en una tarima, ante un público entregado, apenas hilvanando frases elocuentes, que luego olvidarán, porque en eso consiste su trabajo. Defienden la necesidad de votarles, con todas las deficiencias del sistema, de ser pragmáticos, de mirar hacia delante; una vez más, de hacer cosas. Cosas que no se parecerán en nada a las primeras que se habían propuesto. Proponen, al cabo, subirse a un tren de dudoso destino en el que no hay nada seguro. Empezar la casa por el tejado. Sumergirse, poco a poco, en la nacionalización del criterio propio. ¿Lo proponen, acaso, porque no cabe más remedio que hacer algo, y perder lo que sea por el camino, en virtud del propio individuo, o simplemente porque hay que hacer algo? Quieren la inseguridad, el juicio inestable, la mezcla de infinitos colores en un gris difuso que a nadie representa y a todos inquieta. Y él también la quiere: pero con la nariz tapada.
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2 comentarios

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Anónimo
admin
17:21 ×

La verdad es que 'el sistema' engulle al individuo. Eso sí, ha aprendido a masticar lo menos posible, también ha asimilado los beneficios de la lentitud: puedes tener medio cuerpo digerido y el resto en el exterior, ajeno a todo el proceso.
Por cierto, buenísimo la ultima frase.

Saludos

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Samuel
admin
19:36 ×

Me gusta mucho esa imagen, Anónimo. Parece que nos estén comiendo y no sepamos si nos van a triturar con los dientes o nos dejarán vivir enteritos en el estómago del cuerpo que nos devora, o si simplemente acabaremos viviendo así el resto de nuestra vida, como la manzana en la boca de un cerdo que a su vez acabará siendo masticado por otro cerdo, o quién sabe si por otra especie animal. Yo, sinceramente, espero que de sucedernos algo así el engullidor tenga una mala digestión y pase peor noche.

Saludos y gracias.

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