Las películas de Paul Newman que más me gustaron. Recuerdo de un grande

Ha muerto uno de esos grandes actores que demuestran que el cine alguna vez fue grande y que puede seguir siéndolo. Vano sería recordar aquí toda su espléndida carrera, su magnífica trayectoria como actor y sus actuaciones impecables, pues panegiristas no le faltan, y ahora que se ha ido de este mundo, seguirá siendo recordado como todos los tipos duros que ya no pintan nada bajo la tiranía de la técnica y el despotismo de lo cutre. Pero pecaríamos de ingratos si nosotros no le rindiésemos un caluroso aplauso y le indicásemos afectadamente, como los demás, el camino por donde se pierden los últimos héroes y antihéroes. Suponemos que no le molestaría, pues él siempre pudo adaptarse y conservar la profesionalidad que nos hizo pasar tan buenos ratos, aún en sus peores películas.

No deja de recordarme, quizás, alguna de sus obras no tan nombradas estos días, en las que interpretó los papeles que le daban, pero sin dejar nunca que el personaje menoscabase el ingenio del actor. Paul Newman siempre me pareció el mismo, pero ha interpretado tal variedad de roles que no sabría decir cuál es la imagen que en mi mente quedará de él, aunque ni mucho menos lo he visto todo. Algunos lo recuerdan, en el tono más bien cínico y avispado de El golpe, cuando acaba de salir de una partida de póker y tomar un whisky. Otros prefieren ver al Newman visionario, comprometido con la causa judía, que aparece en Éxodo, escrutando con sus ojos pequeños y azules a los pobres pragmáticos que se atrevían a poner en duda sus propósitos, que él no veía como irrealizables. La imagen espectacular de Dos hombres y un destino, junto a Robert Redford, nos revela a un Paul Newman curtido en el arte, una vez más acorralado, en escenarios de infarto y guión de leyenda. Y años antes, en películas que no agradan a los críticos, como Comando secreto, donde el personaje no deja solapar a un divertido y joven inexperto soldado a quien se confía una misión para la que las armas son inútiles. En todas, al menos en mi mente, refleja al mismo tipo, que como gran profesional del gesto y la palabra, supo construir una leyenda al tiempo que interpretaba papeles diversos.

Pero es que Paul Newman también es, una vez más, el profesor Armstrong, de La cortina rasgada, que junto a Julie Andrews, vuelve a encarnar la imagen del hombre comprometido, ya fuera con sus propios ideales o con los de una causa todavía más noble, no compartida por todos. O el sarcástico y mujeriego escritor de El Premio¸ que se ve envuelto en una de tantas tramas hitchkockianas que, sin llegar a la altura del maestro, entretienen las tardes en que uno tiene ganas de ver a alguien que no se toma en serio la vida y a pesar de todo tiene éxito por su intachable sentido de la justicia. Es el mismo Newman, al cabo, de El coloso en llamas, una película que muchos recordaron cuando cayeron las Torres Gemelas y ya no quisieron volver a ver. Un hombre que lucha por una causa, muchas veces antipática, pero que no tiene un pelo de tonto. De hecho, era un actor de vocación, pese a sus búsquedas, que pudo congeniar con el espíritu de distintas décadas, y conservar el temple que definen, a la postre, a un gran actor y a un gran intérprete.

Después de leer no sé cuántas veces su biografía, uno no deja de pensar que cada cual tendrá una imagen preconcebida de él y que, si por un momento intercambiáramos las imágenes, diríamos que no es el mismo individuo que nos habíamos imaginado. Pero Paul Newman, que poseía unas dotes excepcionales que luego ha demostrado con creces, fue un hombre que procedía del teatro y lo dejó para dedicarse al cine. El éxito en su carrera le permitió codearse con grandes nombres y, en parte, facilitó que se divorciara de Jackie Witte –con quien tenía tres hijos- y postrer casamiento con la actriz Joanne Woodward, a quien ya nunca abandonó y con quien tuvo tantos hijos como con la primera. Eso han destacado hasta la saciedad los múltiples encomios de Newman: quiso volver a casa a esperar la muerte junto a su familia. Fue hasta el último momento un hombre de hogar. Pero fue, y es, un gran actor dramático, cuyo físico no fue una excusa para no intentar superarse en cada película y, sobre todo, manifestar un temple que lo convierte en un extraño ejemplar, un americano curioso, a quien Hollywood nunca llegó a destruir del todo y que será recordado, tal vez, como se merece, con estruendosas ovaciones que no llegarán a pasar del techo y dejarán con la miel en los labios a muchos espectadores tan necesitados de goce artístico como de hambre espiritual.

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