Historia impresa


Es un día oscuro y gélido, y no sé por qué, toda la gente piensa en voz alta. Están todos frente a la ventana, como prisioneros de una misma quimera, y hablan luctuosos como si vaciasen sus palabras en el mundo de los muertos. Todos gruñen, lloriquean, patalean, se revuelven, se exaltan y relatan con detalle sus más intestinas agonías, como si se hallasen por un momento frente a la cámara de la tele. Su frente oscura navega sobre la sombra de un pasado recóndito. A cada instante de la travesía tropiezan con una nave enemiga, con una tenaz tormenta o con las rocas de la bahía que los atrae hacia un final inevitable. Cuando ven la imagen, nítida y fulgurante, sus labios comienzan a articular lentos. Su discurso poco a poco va convirtiéndose en gimoteo. Traen a colación nombres que no habíamos oído. Piden disculpas a seres lejanos. Explotan, se retuercen en su pena, caen de hinojos, invocan a sus antepasados. La tierra se conmueve. La rancia amargura acaba llenándolo todo.

Cuando acaba su éxtasis, parece que vuelven a ser personas normales. Miran de frente y se diría que guardan una palabra racional en sus labios. Pero su arrobamiento aún perdura y sus ojos les dirigen hacia un lugar negro. Llevan la marca de lo que ya no está. Su cerebro esculpe en cada compañero, en cada ser humano de antaño y de hoy, una valoración moral. No hay nada ya que no les pertenezca. Su destino está escrito y han de remover cielo y tierra para encontrarse con la náusea, el cadáver lívido entre los brazos, luego el esqueleto blanco y glacial y al fin las diminutas partículas de la vanidad. La nada completa.

Todo se pinta de azul oscuro, de recuerdo imborrable, de retrato en la pared, de sueño inacabado, de grito en mitad de la noche y de silencio eterno. Todo se vuelve habitación vacía, en la que vagan los átomos del pensamiento, corriendo por las paredes, atravesando las ventanas, fundiéndose con el polvo que la áurea bombilla remueve. Todo acaba en fiero abrazo, en bramido, en disparo y muerte. Una cálida muerte, solitaria, silenciosa, por la tarde, en otoño. Pero muerte, muy oscura y tenebrosa muerte, como las que sólo aparecen en las novelas y en la cerrazón de una casa de pueblo, tímida, acogedora.

No hay pasado que merezca recuerdo sino el del presente. El del presente titubeante y atmosférico, teñido de mañanas y ayeres, de incertidumbres, imágenes borrosas, líneas curvas, espirales inconvenientes, ondas que se pierden en la faz del continente. No hay pasado que merezca destronar al futuro, que nos aguarda entre espinos de algodón y luminares de medianoche. No hay nada que decir que no se haya dicho ya: basta. El horror eterno recreado por nuestra mente es enorme y suficiente. Los muertos ya están enterrados. La historia es prisionera de los libros. Déjenlo todo. No toquen nada. No lo reinventen.

Hoy parece que nadie quiere salir a la calle. Ya no hay risas. Está oscuro y llueve. Creo que saldré yo mismo a oler la tierra mojada, contemplar los edificios pequeños sombreados por el agua sucia y el asfalto salpicado por espejos terribles. Saldré a escuchar esas voces inocentes, esos cortejos provincianos que se forman en las calles cuando son las nueve. Veré si la imaginación puede llegar tan lejos; tal vez oiga la opinión de un tipo corriente, de esos que piensan para sus adentros y caminan por la ciudad sin temor a que el viento se los lleve.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
18:14 ×

Creo que es uno de los mejores textos que he leído. IMPRESIONANTE.
Lo releeré para exprimirlo del todo.

Un saludo,

Esteban Ordóñez

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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