Romanticismo y realismo literario

Afuera cae la lluvia, para variar, y adentro escribimos quienes no queremos mojarnos mientras el mundo se termina en clave romántica. Un ensayo filosófico, que ahora no pienso mencionar, me hizo caer del burro para subirme al carro de otra cosa peor: la incertidumbre de que siempre queda algún cabo suelto. Los cabos sueltos, como los principios bien arraigados, importan, y mucho, sobre todo, cuando uno pretende llegar algún sitio en vez de rendirse ante el singular movimiento de fuerzas endógenas y exógenas que conforman la tragedia de la vida. Para el que no quiere llegar a ninguna parte, porque quiere llegar a todas o a la única que es imposible, no queda otra solución que el romanticismo. El sentimiento aquí y ahora, vigoroso como en el Werther de Goethe, o la belleza infinita de multitud de elementos, infinidad de mundos, que no tienen otra explicación ni mayor secuela que la propia vivencia. O la evasión eterna a épocas pasadas, que es al cabo donde acaban desembocando los supervivientes.

Pero es el romanticismo, sin embargo, lo que enseña al hombre a deshacerse del apretado corsé que lo asfixia. La búsqueda incesante de lo que ya tenemos definido en la composición y evolución de nuestra alma acaba convirtiéndose en mito, sensación inefable, laberinto de mil pasillos, esclavitud voluntaria y anhelo de no resistirse al poder de lo bello y quebrantar las normas más juiciosas por la degustación gloriosa del deseo. Un deseo inalcanzable, sin embargo, escondido en un paraíso ficticio donde está a salvo del conocimiento sensible y recibe adoración, como si no fuera tan sólo un espejismo. La base material del romanticismo no merece atención; tan sólo la experiencia subjetiva, la persecución de un ideal necesario, supremo, mortal, encarnación de todas las virtudes y origen de todos los pecados.

Al amor de lo sublime, sin embargo, acompaña el néctar de un veneno fatal; la sobrevaloración de lo deseado, que a pesar de lo que especule el romántico, es lo que menos importa. Su esencia es seguir dando vueltas en torno a un astro que brilla con luz propia. Está condenado a morir a su lado, porque no lo merece, pero necesita mamar del áurea de radiante sufrimiento que lo envuelve. Su destino, a pesar de los dichosos suicidios, no es inevitablemente la muerte; a veces el romántico vaga alrededor de esa idea y se tortura cientos de veces porque no se decide a dar el gran paso, que al cabo pondría fin a su vida épica. Entonces toma una decisión fatal, que no le hunde en la mediocridad de una vida larga, sino en la grandeza de una existencia que ha de truncarse a sí misma. No ha de acabar con ellos el sentimiento amoroso o el acoso de la fatalidad; puede ser algo tan simple como una enfermedad diagnosticable. El extremismo sentimental no termina en ponerse frente al espejo y apretar el gatillo, como el gran Larra. Nada se ha oído de que el amor, como el hambre o la sed, pueda matar a un hombre de modo natural. Su efecto es, no obstante, semejante al del aburrimiento, que es pacífico porque no mata el tiempo y también agresivo porque destruye lentamente a quien lo padece. Pero el hombre, que es dueño de sus actos y ha sido capaz de forjar obras tan excelsas y tan estúpidas, tiene la fuerza de regresar de la abstracción y ceñirse al mundo absurdo de lo cotidiano, que supone un arte mucho más elegante cuando se practica con un poco de humor. Ser capaz de retratar a los seres de todos los días con una pizca de sarcasmo y selecta melancolía define, a la postre, un talante capaz de adaptarse a la realidad material como de elevar el espíritu, cuando quiera, a la campiña ideal, sin pagar el alto precio de la vida y denotando mucho más conocimiento de causa.

El romanticismo murió, por tanto, para dejar paso a un realismo menos exuberante y un naturalismo no tan materialista como el que Émile Zola veneraba en Francia. Tanto los escritores costumbristas burgueses, como los más afines al naturalismo -un naturalismo español o realismo nacional- se distancian de esa impetuosa forma de hacer literatura, bien porque sacrifica la moral, bien porque menoscaba todo lo humano, que los realistas quieren expresar tal como es, aunque sea inmoral. De esa conjunción surge una de las épocas más entretenidas de la Historia de España, que es la segunda mitad de nuestro siglo XIX, y que nos trajo escritores como Leopoldo Alas “Clarín”, Benito Pérez Galdós o la propia Emilia Pardo Bazán, cada cual con sus más y sus menos, y ya en una línea más alejada y a veces hostil al naturalismo, Cristina Bohl de Faber, Pedro Antonio de Alarcón, Marcelino Menéndez Pelayo o el propio Juan Valera. Es la lucha interna y social de aquel turbulento fin de siglo lo que no deja de admirarme, pues entonces se dilucidaba ya, con todo el atraso de España, el desconcierto que producían los adelantos de la ciencia y las nuevas ideas en las cabezas más ilustradas. Pero de eso, lector, que ya es materia muy grave y compleja, hablaremos otro día, que ya empieza a entrar agua por la ventana y se me están mojando las cuartillas.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
19:03 ×

"La degustación gloriosa del deseo", me parece una espléndida manera de perfilar un estado en que la mayoría caemos tentados por unas fuerzas líricas ineluctables. Un maestro del ansia,la sed y la frustración romántica es, a mi parecer, Antonio Gamoneda.
Estoy deacuerdo con esa virtud, esa necesidad de mantener un equilibrio entre el realismo y el romanticismo, aunque se me antoja difícil (desgraciadamente).

Un saludo. Esteban Ordóñez.

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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