Mil palabras o gastar papel

¡Qué día y qué tiempos! Si apenas alzo la vista por la mañana, el pie corre a enfundarse en las zapatillas, las zapatillas vuelan veloces hasta donde uno hace sus necesidades y luego vuelve a embarcarse en un viaje repetitivo y monótono por calles dormidas y amargadas. ¡Qué calles y qué viento! Pero lo peor son las caras de esos tipos devorados por la bufanda que caminan por esas aceras resoplando y frotándose las manos. Se les ve muy tristes, pero siempre son los mismos. Los mismos, no han cambiado desde que algún escritor de provincias los puso alguna vez allí: el alcalde, el cura, el zapatero, el borracho y el bachiller titulado. Ah, y la doña en alpargatas que se asoma por la ventana y le cuenta chismes a la gente al modo de las viejas porteras. Todos forman una estampa singular y hacen que uno se sienta como en casa. Incluso cuando uno sale a la calle. Incluso cuando camina por las calles más transitadas y donde más ambiente debería haber. ¡Y qué de individuos diminutos hay en todas ellas, que pasan sus tardes leyendo el periódico después del café, lamentándose de no haber hecho nada en la vida, pero al cabo contentos de su honrosa profesión de votantes esporádicos y exaltados!

No hay nada como un buen fin de semana, para recordar que aún quedan libros en las estanterías y el frío indecible de las calles invita a quedarse en la cama y escoger una novela al azar. ¿Qué diablos ofrece esa caja boba? Lo que el espectador le demanda, pardiez. Y aquí no hay sino desorden y libros, muchos libros, demasiados libros, y por ende polvo, sensación de desprecio por la vida y una pizca de ironía mientras uno se toma el último sorbo del chocolate y aprieta gustosamente el botón rojo. ¡Al diablo! Si acaso hubiera un Casino en este pueblo donde pudiera uno perder cómodamente el tiempo, lamerse los bigotes, charlar con un fracasado crítico de arte y comentar con los tertulianos la última bobada del diputado de oficio de cuyo nombre no me acuerdo ni trato de acordarme, excepto cuando necesito expresar mi ira en una ocasión especial.

¡Ay, pero es que hacen fútbol! Y bueno, ahí están los chicos de internet, divirtiéndose en torno a una caja interminable de papeles, que en el fondo viene a ser lo mismo que la plaza del pueblo: llena tanto de gente pintoresca e instruida como de pícaros indeseables que acuden a donde se reparten billetes de tres euros o se lanzan estrambóticas historias sentimentales para encandilar al internauta inocente. Y esto de los blogs, que parece cosa divertida, viene a ser lo de aquellos periódicos decimonónicos, que una mañana lanzaban su primer ejemplar y al día siguiente tenían que echar el cierre por cambio de gobierno o falta de suscriptores. ¡Que se me amontonan las cuartillas! Y acaba siendo esto, como siempre, un lienzo de infinitos escupitajos donde asoman pequeñas obras maestras de gente seria y preparada, que resiste al inclemente paso del tiempo y consigue burlar a sus acreedores. ¡Pero qué diablos! Acabarán controlando esto también y habrá que andarse, como los viejos tiempos, con los puntillismos de aspirante a redactor. Así sería más divertido, es decir, si uno no acaba asumiendo el discurso del censor, cuyo trabajo consiste básicamente en eso.

¡Ah, pero qué frío hace ahí fuera! Y qué bien se escribe aquí dentro, alejado de la ventolera intempestiva y antipática, que debe de haberse perdido, pues no se explica de otro modo su dramática aparición. Los vecinos de la provincia podremos soportarlo, pero no es cosa de acostumbrarse a estos arrebatos antisociales, fruto del inexorable avance del calentamiento climático o el capricho de los dioses del mercado. Aquí no somos aficionados a las frioleras y un viento más rápido que otro acabará adelantándonos la Navidad. ¡Pero qué digo! ¡Si ya nos la han adelantado! Ya pueden encontrarse las huellas de Papá Noel sobre la nieve que cayó misteriosamente sobre el escaparate de un tenducho disfrazado para la ocasión. Pero qué bonita y providencial fiesta que el frío adelanta, mientras el ciudadano perezoso sufre una vez más la tentación de ir a comprar. No sabe si no hacerlo para que no le llamen consumista, que es el más grave insulto que puede hacerse a un contribuyente en estos tiempos, o porque este año el bolsillo, como los otros, sucumbe a la tiranía de la sensatez. ¡Qué frío! Y uno que no puede poner la calefacción, porque el planeta se estropea.

Es tiempo de abrir el periódico y ver qué se cuece. ¡Qué papelucho tan grande! ¿Cómo sobreviven estos dinosaurios? ¡Y mira qué de nombres que han trabajado todo el día haciendo llamadas telefónicas, tomando notas en las ruedas de prensa, formulando preguntas a sujetos que no han visto nunca para pasadas unas cuantas horas acabar en el cubo de la... en el contenedor de reciclaje! Se ve que se lo toman en serio. Y es verdad, su pulcra ortografía, su meridiana objetividad, su desinteresada afición por la verdad demuestra que se han puesto muy a tono con el oficio. ¿El oficio? Hoy es sábado y hace frío. Las galletas esperan junto a una taza de chocolate, una habitación vacía y un libro. Hay una luz encendida y el mundo ha dejado de existir. Sólo unas líneas atraviesan la senda oscura, salpicadas por unas gotas de luz, suficientes para que la vista no se extravíe de su pasatiempo. ¡Qué aburrida es la vida de provincias! Mañana es domingo y los noticiarios dirán que el Madrid ha perdido. Pero estoy loco, ¿y a mí que me importa que el Madrid pierda? Bueno, pues a la cama; o todavía no, que esta hace la palabra número novecientos sesenta y siete y todavía no he llegado a las mil. ¿Por qué tienen que ser mil palabras? ¿Quién inventó ese absurdo ritual de escribir sobre lo que se escribe? Respóndalo otro, que con esto ya son mil.
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3 comentarios

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22:34 ×

Buena prosa, amigo. Ya se te echaba de menos.

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Samuel
admin
16:28 ×

Gracias. Siento haber estado ausente tanto tiempo. Observo que han cambiado muchas cosas: ¡si incluso te ha mudado el rostro!

Saludos cordiales,

Samuel.

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17:05 ×

Sí, buena prosa y buenas ideas. Leer a Samuel, para mí, es casi como leer a un literaro del siglo XIX, cuyo estilo tanto admiro. Como periodista que eres, nos das una gran noticia con tu regreso. "El ojo derecho" lleva tiempo sin actualizarse. Espero nuevos comentarios políticos.

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