Navidad de navidades...

En el momento inefable, no por tradicional menos glorioso, de hincarle el diente al pavo y sonreír satisfecho entre los parientes, alguien siempre se erigirá en guardián de la tradición y desempeñará el oficio de vigilar que nada varíe de lo acostumbrado. Si por casualidad algún desviado churumbel en ciernes interrumpe cada icono de la usanza con sus escépticos porqués, deberá haber una persona mayor cerca para explicarle que a nosotros no nos corresponde conocer los misterios de esta viejísima fiesta cristianopagana y que debemos dejarnos envolver por su magia si queremos que mañana el árbol esté rodeado de regalos.

Porque, si no creemos, Papá Noel no vendrá y temblarán los cimientos que sostienen esta antigua tradición nuestra. No vale preguntar por qué razón es Navidad en El Corte Inglés desde que terminan los estertores de Halloween, porque eso forma parte de la tradición. No debe uno cuestionarse tampoco por qué hay que comer turrón y cava en estas fechas cuando no lo hemos consumido durante todo el año. Ni tampoco se ponga en duda, por Dios, por qué hay que guardar silencio mientras habla Su Majestad el Rey, a quien todos han ignorado siempre... excepto en una ocasión. Es Navidad. Después de la cena, la familia se sentará como siempre en el sofá a hacer la digestión mientras ve a George Bayly desesperado, a punto de arrojarse al río, en ¡Qué bello es vivir! Y nadie pensará que es absurdo repetir el mismo ritual todos los años, ni ningún niño descreído nos formulará preguntas indiscretas. ¡No señor! Porque si lo hiciera, se acabaría la fiesta.

La fiesta milenaria se sustenta sobre un pasaje de arenas movedizas, que también suele recordarse por estas épocas. Durante siglos ha ido sumando tradiciones de aquí y de allí, hasta el punto de que uno desconoce si no acabará convirtiéndose en tradición el más azaroso tropezón sólo por que haya sucedido en este día memorable. Al menos, en las familias, cada año van tejiéndose nuevos segmentos de cultura casera, que si tienen un poco de gancho y aparte los cuelgan en internet, seguro que el pueblo acaba por integrarlo en la fiesta popular. Y nuestros hijos, que no son muy partidarios de admirar a sus antepasados, es posible que acaben al fin conmemorando un popurrí de innovaciones oportunas y retazos arqueológicos de antigüedad perenne. Más o menos lo que sus padres hicieron con la Navidad: integrándola, al cabo, en la cultura de la época e instaurando una tradición que a sus antepasados les parecería frívola y blasfema, pero que seguirá dándoselas de tradicionalista para mantener vivo el espíritu de la fiesta, que es tan tradicional como la costumbre que tienen los peces de beber en el río y volver a beber.

Ahora los peces son otros y no beben precisamente en el río, pero participan de su compulsiva sed. Ellos tal vez no crean en lo que sus antepasados, pero confían fervorosos en sus costumbres vegetales, y una vez más, repiten lo que hacen todos los años el mismo día, salvo con algún ligero cambio. Es Navidad, dicen, y no hay nada a lo que esta palabra mágica no produzca un efecto letal: todo es navidad... Pero saben de sobra que de poner en cuestión alguno de sus fundamentos la fiesta se desvanecería como un montón de arena. Y no hay nada más terrible para un hombre en estos días que formularse preguntas, que correr la cortina que cubre lo desconocido y contemplar, a sus pies, la inmensidad del universo: la oscuridad. También ahora. Estamos a punto de caernos del año y no sabemos lo que viene después. Algo empezará a la mañana siguiente, sin embargo. Y eso también es Navidad.
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1 comentarios:

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22:15 ×

Hermoso artículo aunque excesivamente optimista para mi gusto. Un saludo y Feliz Año Nuevo.

Congrats bro Txiripitiflautiko you got PERTAMAX...! hehehehe...
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