Dickens en la pantalla

Una película de David Lean he visto hace poco. Y el tal filme no sólo me ha agradado porque supiera acercarme a un gran escritor, ajeno quizás a nuestros humores mediterráneos, pero siempre amigo de los personajes retorcidos, los patanes sin oficio ni beneficio, los muchachos de vida paupérrima de la sociedad británica. Hablo de Charles Dickens, claro está. Pero además la película Cadenas rotas (léase Great Expectations) es una genialidad en su género y ha logrado trasladar a la pantalla esos perfiles rocambolescos que a tanta gente han entusiasmado entre las páginas de un libro. Tal vez la historia se halle enormemente condensada y se pierdan los detalles más novelísticos, no obstante la industria cinematográfica siempre debe renunciar a su dependencia de la novela sin por eso crucificar las grandes historias.

La nuestra es, como su Oliver Twist (1948), una gran historia. Y no sólo porque Great Expectations sea un clásico inglés, que tantos cineastas han querido codificar, sino porque rescata la belleza del blanco y negro junto a imágenes trepidantes y fantasmagóricas. De hecho, ganó el Óscar a la “Mejor Fotografía” y a la “Mejor Dirección Artística en blanco y negro”. Pero además goza, frente a los silencios de Oliver Twist, de un guión idóneo, con sus momentos estelares, y una no menos genial puesta en escena e interpretación por parte de la argentina Marta Hunt (Miss Havisham) y de la propia Jean Simmons, en el primero de sus papeles importantes. John Mills también hace una entretenido papel de perfecto caballero inglés, interpretando al Pip adulto. Y cómo no, hay que hablar también del espléndido Alec Guiness, con un papel algo menos vistoso que el de Fagin en Oliver Twist, con sus hampescos modales y preponderante barba.

En Cadenas rotas, la intriga argumental pasa casi desapercibida frente a los paisajes lóbregos de los primeros minutos, que cobran protagonismo durante una fugaz presentación de extravagantes personajes, que no nos deja sin embargo insatisfechos. Es mejor aún la cámara, que parece tan estremecida como el pequeño Pip, figura insignificante sobre una fotografía en la que casi puede notarse la bofetada del viento gélido inglés, mientras los árboles oscuros se abaten sobre una estampa gris, nublada, anunciadora de peligros, de extraños repentinos. El resto de la película, bajo los auspicios de una permanente interrogación, cede espacio a la fuerza embriagadora de las palabras y el paso imparable del hombre hacia un previsible desenlace.

Es, en definitiva, una de esas películas para ver en una habitación oscura, sumido en el silencio, una noche que no haya nada que hacer y quiera recordar el lejano espíritu decimonónico, bajo un perfecto escenario londinense, oculto entre sombras y frecuentado por personajes que, de no ser por la lograda representación de su peculiar y a veces retorcida personalidad, podrían pasar por un tópico en una película cualquiera. Debemos a David Lean, en su amplia carrera poblada de superproducciones, esta película sobre un muchacho a quien la vida da un vuelco que, si bien no puede apreciarse del todo en la película, al menos nos introducirá en el paisaje brumoso de la psicología humana.
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1 comentarios:

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Moribundo
admin
22:05 ×

venga hombre , dale caña a la puma !!

Congrats bro Moribundo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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