Los juguetes de Playmobil y la literatura


Es una bella, lánguida estampa de un tiempo extinguido. Ya la he contado muchas veces, pero hoy quiero rendir homenaje aquí a un hombre que fue casi un niño: el alemán Hans Beck, padre de los "clics" de Playmobil, fallecido el pasado 30 de enero. Habrá que remontarse muy atrás y despojarse de la pesada carga del tiempo presente, trastocar muchos rostros, que entonces eran más jóvenes y tenían más pelo, tenían otra clase de problemas y hasta hablaban de otra forma. Yo miraba por la ventana, cual indiscreto observador, para aprovechar las últimas horas antes de la adolescencia. Recordaba, preso de una impenetrable meditación, los ratos de lectura entre el barullo de una jaula de grillos, en aquellos días pasados que siempre se antojan mejores. No había más que tempestades intolerables, angustias infinitas que sólo pueden contarse al papel. Reía a veces y otras, sujetándome a la quilla del navío, soportaba el temporal. En aquel entonces, uno era dueño de sus propias servidumbres; el mundo era monstruoso y desaparecía desde el momento en el que desparramabas los juguetes de Playmobil por el suelo. Después de la compleja construcción de un pueblo de vaqueros o un poblado de indios, comenzaba lo más divertido; el juego. Raras veces trataba de imitar películas que había visto en la tele, imitando diversas voces para cada personaje. Y cuando lo hacía, por la presencia de algún mayor ocioso, acababa dando giros inesperados que destrozaban la historia original. Pero la imaginación infantil pronto me alejó de esas burdas imitaciones y con el tiempo empecé a inventar mis propias historias, sin guión, ni cámara, ni final prediseñado; sólo la imaginación de un niño y el inefable afán de crear mi propio mundo.

Las estanterías bien podían ser rugosas montañas de la América profunda y mi armario un edificio de Manhattan en el que una vez un niño malvado consiguió derribar un helicóptero de rescate, que venía a detenerle y acabó cayendo sobre el comisario de policía, en una secuencia sumamente realista que nunca olvidaré. Las peleas de los salones del Oeste, en los que se citaban jugadores de ventaja y llegaban pistoleros con cuentas por saldar, eran lo más cercano a lo que yo había visto en la tele. Pero aquellos muñecos de Playmobil, sin apenas articulaciones, no estaban hechos para la lucha y debo decir que, muy a mi pesar, a veces perdían una o dos manos en medio de una trifulca, cuando los indios no le cortaban la cabellera.

Aquellos fueron tiempos en que uno se arrojaba al suelo y pasaba las tardes prisionero de una historia que se prolongaba hasta la hora de cenar, cuando tenía que inventarme un final o aplazar la historia para el día siguiente. Con el tiempo pasé del suelo a lugares más civilizados, como la mesa del comedor, hasta que un día, cansado de montar y desmontar, descubrí que ya no necesitaba la presencia superflua de aquellos monigotes y decidí guardarlos en el cajón para no volverlos a sacar. Pese a mis esfuerzos, nunca desaparecieron. Y cuando cayeron en mis manos mis primeros libros, volví a encontrármelos de pronto. Entendí que aquellos indios y yankees, aquellos piratas y soldaditos de plomo vivirían siempre en mi cerebro mientras pudiese leer novelas y ver películas. En ocasiones, el trayecto de casa al colegio no eran las calles, los jardines y las casas, sino el ronroneo de una historia que bullía en mi cerebro y que, en los ratos en que lograba penetrar en un ordenador, intentaba escribir. No sé qué fueron de aquellas historias, que todas eran comienzos inconexos y desarrollos indeseados, pues trasladarlas al papel era mucho más arduo que pensarlas. Acaso un virus las hizo desaparecer o las destruyera yo en mi cólera. Con el tiempo me di cuenta de que no era el momento y me dediqué a escribir lo primero que me pasaba por la cabeza, mientras pasaba las horas muertas leyendo una Enciclopedia que le habían regalado a mi hermano y que nunca usaba. Unos reyes me condujeron a otros, las guerras despertaron mi curiosidad por las ideas y religiones, hasta formar al fin un mapa mental de la España del Siglo de Oro, en la que tal vez buscaba un personaje con el que identificarme y encajase en el escenario que había dibujado mi imaginación neófita e indisciplinada.

Cayeron en mis manos, por entonces, muchos libros sobre la época, novelas modernas que me solazaron muchísimo, como la saga de El Capitán Alatriste, víctima mortal del más rústico y cochambroso cine español, u otras más clásicas, como las de Alejandro Dumas. Aunque ignoro exactamente el orden, no tardé mucho en embarcarme en los clásicos y amén de leer El Quijote y las Novelas Ejemplares pude conocer la obra de Quevedo en La Vida del Buscón y varias obras de Lope de Vega y Calderón de la Barca. Además pude enzarzarme en la lectura del hispanista inglés J.H. Elliot y su genial biografía del Conde-Duque de Olivares, y su no menos sugestivo Richelieu y Olivares, que consiguieron encapricharme con la Edad Moderna. Con las muchas lecturas la vida fue tomando un matiz pardusco y llegó esa época en que uno le da más valor a la erudición que al espíritu. Afortunadamente los avatares de la vida me enfangaron, una vez más, en lo que la razón siempre rehuye; la inestabilidad. Y es ahí, cuando se da uno cuenta, aunque en mi fragmentada agenda no haya más que servidumbres, que siempre habrá un momento para evocar esa otra parte de la vida, inmortal, cuando no había más que juguetes de Playmobil. ¡Y tiempo, mucho tiempo!
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4 comentarios

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21:48 ×

Gracias por su artículo. Gracias por evocar momentos de la infancia (en mi caso ¡tan lejana!) que ya creía perdidos. Intuyo que soy una generación más viejo que Vd. porque en lugar de los Playmobil, yo jugaba con aquellos indios y vaqueros de plástico que, monocromos unas veces y polícromos otras, llegaban a formar auténticos ejércitos cuyos cuarteles de invierno eran gigantescos "tambores" del detergente Colón. Salvo esa diferencia en los juguetes, la historia que Vd. cuenta la podría suscribir yo. Un saludo desde la camaradería cómplice.

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19:00 ×

Me emocionan los escritos nostálgicos, Samuel, ya lo sabes, y más teniendo en cuenta que yo he vivido exactamente lo mismo, tardes enteras jugando con los Playmobil e inventando historias para ellos. Lo triste era tener que recoger luego. Incluso uno sentía una cierta resaca mental.

Con los Playmobil atravesé varias etapas. Primero me gustaban más los indios y vaqueros (y concretamente, los soldados de la Caballería y los fuertes del Ejército de la Unión; incluso llegó a haber confederados). Más tarde, los Playmobil de la Edad Media, con sus castillos y caballeros (¡tenía el siniestro torreón!). Después, los piratas, aunque yo iba con el bando del orden y la ley, es decir, el representado por la goleta y las cárceles custodiadas por casacas rojas. En cuanto a los Playmobil de la ciudad, bueno, sí me apasionaban los policías, los médicos y los bomberos. Sólo hubo un deseo que no se cumplió: el camión de la basura. ¡Maravilloso juguete!

Y, hoy día, se ha cumplido una de mis predicciones respecto a los Playmobil: ya hay romanos. ¡Y una galera! Si eso hubiese existido en mis tiempos me hubiera desmayado.

Gracias por traer estos recuerdos y por hacerlo con un estilo admirable y profundo.

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Samuel
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10:36 ×

Txiripitiflautico, tengo un vago recuerdo de los jueguetes a los que te refieres, no sé si de habérselos oído mencionar a mis padres o tal vez, incluso, haya jugado con ellos siendo muy pequeño.

Saludos!

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Samuel
admin
10:46 ×

Yo siempre soñé con el Barco Pirata, Espantapájaros, pero sólo pude obtener el bando de los buenos (la goleta) y a los más que llegué es a una pequeña caja de cuatro o cinco piratas con un cofre y una balsa. En lo que respecta a indios y yankees, tuve más suerte y logré un poblado indio como es debido y el fuerte de Playmobil, con su caballería, infantería y artillería. Además, juntándolos, con la versión vieja y descolorida, podían formarse largos batalles que acababan en auténticas batallas campales...

Saludos!

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