Suspiros provincianos

Esta ciudad está hecha de corazones de piedra. Acaso duermen el sueño de los tristes, y si los golpeáramos con un palito metálico, resonaría eterno su retintín en las paredes de las calles. Un mantra de interminables palabrotas, de prosa enorme y lenguaraz, acompañaría nuestro camino entre las calles soleadas, debajo de los arcos, a los ojos de todas las ventanas. Cada roca nos contaría una vida y tal vez si nos sentásemos un rato a escucharlas y contemplásemos cada fascinante pieza de arcilla ortoédrica, conoceríamos su irrelevancia. Podríamos, atrevidos, alargar la mano a donde no debemos, retirar un ladrillo colocado en algún sitio. “¡Alto ahí!”, gritarían mil voces, “¿y si se cae el edificio?”. “¡Al diablo el edificio!”, responderíamos, encaprichados del corazón de piedra, de la augusta pieza rectangular e inmaculada, que ha tenido la desgracia de quedarse a vivir para siempre con sus hermanas gemelas. Tal vez el sol nos advirtiese, en el preciso instante de tocar la piedra con la yema de los dedos, con un rayo elocuente y fatal de las terribles consecuencias. ¡Pero no pasaría nada! Lo acariciaríamos, lo humedeceríamos con el sudor de nuestras manos, lo golpearíamos con violencia hasta extraerle la sangre... y no sacaríamos nada. Esta ciudad, de corazones viejos y atribulados, aburre en todas sus esquinas. Las calles son estrechas y carecen de vida, las miradas son las mismas, las conversaciones se desgastan y cada vez que uno se detiene en un semáforo vuelve a tropezarse con una cara conocida, o si no, una ignorada que ya tenemos muy vista.

Será que voy siempre a los mismos sitios, donde bulle la cultura, si es que en las provincias puede hallarse cultura en algún sitio. No hay más que zambullirse, sin embargo, en un libro para que uno tenga la sensación de que ha salido de casa. Pero es verdad, hay por ahí muchas cabezas sobrias, solventes y mal vividas cuyas facciones parecen no haber experimentado el más mínimo cambio en años, y no hablemos ya de cambios ideológicos, que es la cosa más sagrada de un español. Tal vez hayan leído un libro y luego hayan cerrado, víctimas del vértigo que les produce o la influencia diabólica que lo envuelve; o puede, por el contrario, que se hayan enfangado en lecturas trasgresoras y malditas hasta olvidar para siempre toda deuda con la sensatez en su rendido culto al alma humana, al sentimiento más puro e imprevisible. Lo cierto es, sin embargo, que no sabe uno nada hasta que se deja envolver, siquiera en una ficticia posesión estética que acaba tornándose en un radical giro ideológico. ¿Pero cómo va a cambiar de pensamiento un ser humano, a estas alturas? ¿Pegarse una pegatina comunista en la carpeta, ponerse una camiseta del Ché Guevara y salir de parranda a chillar que el mundo se acaba y la culpa de todo la tienen... los capitalistas? Lo que no le sucede a uno por casualidad o sutil coincidencia de sentimientos juveniles no termina cuajando de golpe y porrazo aunque sólo sea porque uno nunca ha llevado nada de eso dentro. Ni lo podrá llevar. Aunque todo debe decirse: en esta España triste, todo el mundo es progre de nacimiento hasta que se da cuenta, excepto una minoría que no tuvo los arrestos para ser como los demás o recibió la influencia de una familia derechista con suficiente mano izquierda para no hacerse aborrecer.

Aquí la luz levantina pinta de centelleos el mar inmenso y azul. El aire sabe a viejo, y cuando andamos, descubrimos aquí una mueca amarga, allá un gesto despectivo y en no sé dónde un suspiro melancólico de las extrañas gentes que, amando entrañablemente todo lo que les rodea, anhelan desprenderse de ello con todas sus fuerzas. Porque aquí hay un recuerdo en todas partes y residir tanto tiempo en la misma ciudad, aunque los sentimientos de una época y otra se superpongan, acaban revelándose a menudo en toda su crudeza: derruidos, terribles. Son dolorosos latigazos que los años y el aburrimiento han ido suavizando. El hombre intenta librarse de ellos, pero donde quiera que va le sorprende el repentino azote en las espaldas. Siempre participa del afán de una fiera enjaulada; en la cuadrícula de la ventana de su celda se le dibuja un futuro pintado de luminiscencias, lejos de los ardores de la tierra roja ingrata, de la ciudad de piedras idolatradas y turistas despistados, que se despereza al arrullo de un sol tempranero que sume a todos en la voluptuosidad o la desgana.
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