Teatro aparte

De pronto, el actor aparta sus ojos de la escena. Abandona ese mundo caótico plagado de tejemanejes tan fatales como previsibles. Se detiene un momento. Solo. Y mira a todas partes, disperso, recapacitando. Sus ojos están abiertos, brillan como dos lámparas en una noche oscura, casi lloran. Al fin lo ve claro. Gira lentamente su cabeza. Más allá de la entrada y la salida del escenario, más allá del fondo lóbrego, detrás de las cortinas que se han abierto, ahí, en la tiniebla. ¿Lo ves? Sus ojos se abren con horror. Son ellos. El actor no interpreta solo sus monólogos; le están observando. No es verdad lo que vive, sino un sueño de loco, una ficción de hombre, una pesadilla de enfermo. ¡Ahí, ahí están ellos!

Y de dentro le brota un abrasante clamor que se transforma en un torrente de desdichas. Expande poco a poco su alma, se abre paso entre las malezas de la fantasía con la furia de su corazón herido y de pronto abre los labios y lanza una palabra al vacío. Una palabra al vacío, de adentro, de su corazón ficticio, de su angustia soñada, de su falsa peripecia de actor en trance amargo. Observa al público, a esos locos que le miran detenidamente y no sabe qué decirles. Tendrán ellos, sin duda, la solución a su problema. Escucharán su monólogo, el monólogo que ha interpretado tantas veces creyendo que estaba solo, de rodillas, ora mirando hacia arriba con las manos alzadas, ahora golpeando el suelo con el puño y besando el polvo. Ahora le escuchan y un rayo de frío le recorre la espalda de arriba abajo. Nacen de sus entrañas infinidad de bocas que intentan pronunciar infinidad de palabras en un momento. El corazón de granito va desvaneciéndose como una rosa que se marchitara de pronto y solitario, desgraciado, víctima de su indescifrable tragedia, se derrumba y cae ante su audiencia. Gime con desánimo, reclama, exige, argumenta y se arrepiente de haber nacido. Le implora a esos ojos inquisitivos, a esas miradas del otro mundo, de la otra vida, que le aconsejen. Ellos han vivido, ellos son inmortales, ellos lo saben todo, ahí, sentados en sus butacas. “¡Escuchadme!”, claman sus pedazos, quebrantado, como el idólatra dice su plegaria a un dios de mármol. Llega a culparlos de sus males, a aborrecerlos, a detestarlos. Ellos tienen la culpa de que alguien le haya creado, le haya escrito, le haya hecho pasar por tan infelices circunstancias para su regodeo. ¡Cruel público, espectadores de su deshonra, mirones de su alma mal atornillada! ¿Y cuándo, cuándo escampa? ¿Y dónde está la salida, malvados? ¿Qué hacéis ahí, quietos, malditos? ¡Ayudadme! Venid aquí, desgraciados, subid al escenario, poneros este endiablado traje y haced frente a las circunstancias en que me encuentro. Vosotros no comprendéis nada. No sabéis lo que me pasa, allá, en vuestro solaz arcano, contempláis con crueldad mi vida en el laberinto. ¡Salid de ahí, desgraciados! Acercaos a mí, tocadme, ved que soy de carne y sufro lo que ignoráis vosotros, trajeados burgueses, presuntuosas comadres, encopetadas niñas, donjuanes sin sangre. ¡Venid aquí, cobardes! Que no vivís y os limitáis a observarme, aun cuando cometo secretas maldades y digiero pensamientos íntimos y me deshago ante la desgracia de mis soledades. No sabéis amarme. Queréis que sea vuestro espectáculo y ni siquiera sabéis contemplarme.

El actor, después de su desconsolado aparte, aparta la mirada de la nada y vuelve a su mundo de carne, a sus dificultades infinitas, a su callejón sin salida, y se acurruca en medio de la calle, y deja que a su espalda pasen y pasen ingenuos personajes secundarios, marineros, payasos, mendigos, taberneros, danzarines y un coro de borrachos. Cantan alegres y no lo entienden, se deshacen en absurdas recitaciones que creen sólo vivir en sus mentes y a veces dan un paso adelante, abren el abismo, contemplan algo y le hablan impotentes, queriendo sentirle, intentando tocarle, pero sin tocar a nadie. Y el hombre, el desgraciado allí tendido, que repite constante sus penurias y le cuenta a su compañero el Aire y a su amiga la Luna la tristeza de sus amores, llorando, sin ningún aparte, alejando la vista de ese panorama degradante, terrible, infame, que sus ojos contemplaron un instante, cuando reclamaban ayuda y nadie pudo ayudarle, pero acabó viendo, por unos segundos, a alguien. Él sabe de qué va todo esto y hasta que el telón no caiga ya no quiere ver a nadie.
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