Tierra oscura

Aunque me agarré a las paredes del sueño, la burbuja explotó. Y me encontraba, de nuevo, en el teatro mundo. El reloj daba las siete del día. La luz penetraba tímidamente por las rendijas de la ventana. Todavía se oía a los vecinos desperezándose, recuperando el contacto con la tierra, palpando los muebles, restregándose los ojos para cerciorarse de que son ellos y están allí. No lo saben, pobres diablos, ni yo tampoco. La primera tarea de la mañana ha concluido, una vez más, en frustración. Pero no nos queda más remedio, y existamos o no, hemos de entregarnos a la siguiente ocupación. Un motor imparable nos ha puesto en marcha. Ya tendremos tiempo de filosofar.

Y mientras caminamos de un sitio a otro, ora descubriéndonos en el espejo, ora degustando de la soledad de una ducha caliente, no podemos detenernos a cada apelación del destino. ¡Sigamos, por Dios! Y no miremos quiénes somos, ni de dónde venimos, ni por qué diablos hemos despertado, una vez más, contra nuestra voluntad. Olvidemos el misterio de la conciencia. Obviemos las explicaciones del milagro, del terrible interrogante y oigamos la voz que susurra en las calles, agitando los árboles en el silencio matutino, hablándonos a nosotros, desde algún sitio y hace mucho tiempo. Una voz que sabe todo lo que pasa, pero que no ha de detener nuestro camino rutinaria, nuestros placeres pasajeros, nuestras preguntas, eternas preguntas. Seguimos hacia nuestro destino. Ya la oiremos más tarde. Porque estará ahí, observándonos, desviando nuestros ojos hacia una mano que alguien ha tocado. Sentiremos acaso, en un instante, un escalofrío en la espalda. Y una espada que se clava en la mente, repentina, letal, que acaba incendiando toda nuestra alma y nos hace caer de rodillas y convierte nuestra lengua en espada incontrolable. Brotan las preguntas, y los llantos, y los horrores de la vida toda, se derraman sobre el suelo que nos sostiene, dibujando un charco de lágrimas en el que más tarde, tras levantar la vista, nos veremos reflejados.

Huiremos tal vez, asustados. Cuando todo esto haya pasado, rezaremos ingenuos, volveremos a ser hombres que despiertan cada mañana en las tinieblas y encuentran, en el transcurso de la noche, los recuerdos de un día de discordias, que el corazón no entiende y trata poéticamente de explicarse, confundiendo rostros, derribando convenciones, violando leyes de la naturaleza, o incluso desafiando los designios del amor. Sí, volveremos a ser hombres que enfundan sus pies en sus zapatillas, y escuchan las noticias en la radio, y se palpan el pecho, estiran los brazos, se restriegan los ojos y se contemplan en el espejo, intentando reconocerse, comprenderse y hasta amarse. Volveremos a ser esos sujetos que salen a las calles y sienten los rayos del sol sobre su frente y notan la caricia de una mirada que les ha rozado y persiguen imantados el rastro de un ángel que ha pasado a su lado. Seremos esos locos que respiran, cuyos corazones laten como el tic-tac de un reloj terrible al que un día se le acabará la cuerda. Esos que andarán por las calles, mientras todo se les viene encima, y no comprenden, y van de un lado a otro, preguntándose, quizás matando a sus semejantes, clamando al cielo, para acabar aferrándose a una roca que se les deshace entre las manos y arrancándose los pelos entre gritos de agonía de hombre que ya no aguanta, hombre que se termina, hombre que se revela y clama. ¡Sí, clama! Y alza la voz, como nunca la ha alzado, después de haber transitado la tierra como un nómada, en manos del capricho de la naturaleza, sufriendo las temporadas de lluvia, enfrentando a las fieras, buscando otras bestias escondido detrás de los matorrales. Y se pregunta, y chilla, desesperado, por primera vez en su vida, con la voz de las entrañas, mientras le crujen los huesos y se le desgarra el alma. Y luego un momento de silencio, y las nubes cubren la tierra. Y empieza después a caer una lluvia fina, que se transforma en tormenta. Y por fin el trueno, que habla, con voz de hombre, de vida sobrehumana.

Me viste aquella noche, bajo el cielo oscuro, preguntándome. Y un hilo del viento me llevaba prisionero, y cuantas más vueltas daba, más me ataba a mí mismo, en mi búsqueda solitaria, tardía, desesperada, de la voz que me había hablado, que se escapaba sobre las casas, sin que ningún otro la oyera, sin que ningún otro escuchara los ecos que rebotaban por las fachadas y saltaban por los tejados y trepaban por las antenas hasta un lugar remoto, allá en las nubes moradas. Y yo la perseguía, como cuando una fiera se ha lanzado a la captura de su presa y no abandona hasta que ve que es imposible devorarla. Yo la he visto esconderse detrás de la luna, mientras la ciudad abajo tendida notaba que el aire desaparecía un instante. Y las gentes, que por un momento habían quedado en vilo, continuaban haciendo sus tareas. He vuelto solo y cabizbajo, pero aquella voz no se ha escapado. Aún escucho sus retumbos en el vacío de mi cuerpo de hojalata. Y de pronto, cuando creo que no hay nada, me ataca de repente, arrancándome una lágrima, luego una sonrisa lánguida, de eternidad y alivio.
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2 comentarios

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Esteban
admin
19:32 ×

¿Y si se callara para siempre la pregunta; y si dejáramos de intuir su limón entreabierto que cada poco pica o escuece en nuestros labios? Quisiera no preguntarme nunca nada de lo que describes. Pero cuando todo cesa y me abandono, es la ausencia de la duda lo que ahoga... entonces la busco y cuando desempolvo su puñal, me lo acerco otra vez a las arterias.

Me parece muy interesante la reflexión y el ritmo es brutal.


Muchas gracias por tu firma del otro día.


Un saludo,

Esteban

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Miguel Angel
admin
01:11 ×

Gran prosa, poética, lírica. Un lujo leerte. Vagamos por este mundo sin comprender nada dijo una vez un filósofo y en gran parte es cierto. Pero esa incertidumbre hace de la existencia algo èpico y excitante, una aventura. No olvidemos que por encima de todas las sombras camina el sol, seguro que no es casualidad.

Un saludo...

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