El rastro de la melodía

Siento como si la música de un acordeón me persiguiese por todas partes. Cuando me echo a las calles, en un instante concreto de mis cavilaciones, allá la encuentro en una esquina acompañándome a modo de leitmotiv. No me disgusta, porque todas las ciudades tienen su música, y la del acordeón hace que olvidemos los anodinos edificios del pueblo y remontemos la vista hacia lugares bohemios, de libertad y encanto. Echo una mirada rápida hacia el joven que lo toca, que parece observarme irónicamente por las no sé cuántas veces que nos hemos tropezado. Parece que sepa lo que estoy pensando. Se diría un amargo recuerdo que me obsesionase. O un instante de alivio, una caricia pasajera, una puerta entrañable hacia un mundo lejano. Paso de largo y sé que siempre me lo voy a volver a encontrar. Y sucederá en un momento en el que mis cavilaciones me convierten en un personaje más de esta colmena, un actor al que alguien observa desde arriba.

A veces me encuentro otras músicas por mi camino, pero ya no siguen la misma cantinela del acordeonista. Son violinistas que se encuentran en una esquina tocando Las cuatro estaciones en medio de las calles peatonales sin que la gente les haga ningún caso. Son guitarristas solitarios que tocan en callejuelas olvidadas tratando de crear, con sus acordes, ese espíritu de ciudad cosmopolita del que aquí carecemos. Tan pronto miran hacia arriba como si observaran si han logrado cambiar algo del ambiente como bajan la vista y descubren que alguien les ha echado una moneda, a lo que responden con un gesto agradecido. La música sigue en las calles cada vez más oscuras, cuando encienden las luces de las farolas, y muchos ciudadanos descansan ya en sus habitaciones. Si penetráramos sigilosos por las ventanas, tal vez descubriríamos que en sus horas de recato, mientras miran al techo, les sigue viniendo aquella melodía que andando por la calle se les enganchó en el pelo. O puede que incluso pongan en el lector de CDs algún disco que les haga recordar momentos fortuitos, épocas pasadas que no se han perdido. Es como si estuvieran por un momento en otra parte, como si se encontraran de verdad, otra vez, en aquel espacio donde escucharon una sinfonía que les ha marcado y ahora han asociado a un estado de ánimo, a un espíritu, puede que hasta una filosofía. Luego apagan el disco y acercan el oído al transistor para escuchar las noticias de la radio o acaso otra vez música y siguen pensando que no están solos, que hay alguien más a quien casi puede respirarse.

Todo viaje, como toda ciudad, tiene su libro y su música. No siempre es el mismo, pero existen algunos libros que al leerse en algún lugar concreto hacen al hombre sentir que han descubierto un nuevo sabor. Leer La Odisea a bordo de un crucero por las islas griegas nunca puede ser semejante a pasar sus páginas sentados en la cama o en nuestro escritorio. Así tampoco es lo mismo escuchar un concierto de Mozart en Viena que oírlo en el mp3 mientras regresas en tren de la segunda ciudad de la provincia de Alicante. Y sin embargo, aún en esos espacios indignos y chapuceros, tanto la música como la literatura son capaces de recrear un ambiente, o recordar uno en el que ya has estado, pues sólo les hace falta el recato de una frente reflexiva.

No es lo más bello viajar de un lado a otro para ver cosas, sino para apreciar siquiera por un instante su ambiente, llegar a formar parte de ese lugar al que puede llamarse París, Madrid o Londres. Y cuando palpas ese ambiente, cuando llegas por lo menos a olerlo, es ya casi inevitable esa asociación de músicas y lugares, de libros y tiempos. ¿Qué más dará si ves o dejas de ver todo lo que las guías turísticas dicen que debemos ver? ¿Qué importa si tardamos varias semanas en leer una novela por mantener el placer de no verla todavía terminar y convivir con sus personajes en los ratos de silencio? Acaso haga falta, para escribir una, aislarse del mundo trepidante y fiero que continuamente exige resultados, productos que puedan saciar la avidez de los lectores rápidos y culminar la desgracia de los escritores lentos perseguidos por sus obligaciones. Sólo quizás ahí, en la soledad más extrema, en la ociosidad más descarada, pueda el hombre resarcirse y conocerse, darle un puntapié a lo que le retiene y recoger el fruto que desde hace tiempo pende de sus ramas. Mientras tanto, cada vez que pasee por las tardes las callejuelas vacías no cesaré de sentir el impulso de alcanzar la corriente de la música y dejarme llevar hasta adonde desemboquen sus notas.
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1 comentarios:

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Esteban
admin
10:11 ×

No sé si te refieres a él, pero al leerte recuerdo a un personaje que estira el aire de su acordeón en Maisonave. Ocurre que al acercarme me paro un momento, pero hay un espasmo incontrolable de tacones y chaquetas que me oprime el párpado hasta la sordera. No obstante, ahí queda, irreducible, por mi cabeza un bostezo de Argentina, París, de tejados percutidos.

Me parece espléndido que recuerdes a los que nadie recuerda

Esteban,

Un saludo

Congrats bro Esteban you got PERTAMAX...! hehehehe...
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