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El mundo entero es de amor y plastilina. Cuerpos estáticos que de pronto comienzan a andar. Voces que salen de las entrañas de repente. Ojos que de pronto se encienden. Piernas que pierden las tuercas y descubren que son libres, y comienzan a moverse, a pisar sobre la tierra blanda, a poner primero un pie sobre el suelo y después el otro, experimentando a cada paso una nueva vida. Y les duele, a los ojos que comienzan a mirar, al principio, el paisaje difuso de las apariencias, luego el trazado nítido de los matices, las particularidades de las cosas, los detalles ínfimos que todos ignoran. Ese mundo de pinceladas se vuelve con el tiempo un monstruo con voz propia, una glutinosa masa informe que trata de detener a las piernas libres que por ella caminan y corren, buscando desesperadamente la tierra firme. Al final de tanta lucha descubren la carrera; las imágenes que pasan a su derecha y a su izquierda, el corazón de porcelana que bombea dando tumbos en el cuerpo, el aire frío que le abrasa las mejillas encendidas, el alma que intenta escapársele por la boca y, sobre todo, el gesto de cansancio, la mirada agria, la boca seca y la sensación de que no se acaba y si se detiene los demonios le atrapan. Porque detenerse es dejar de sentir, escribir el punto final al pensamiento, descender al sepulcro con un adiós lánguido y emotivo. Pero entre tanto que caminas los ojos cansados examinan el conjunto buscando a alguien y descartando a todos. Sólo acaso, en los momentos de alivio, encuentran otros ojos a los que puede asomarse y en cuyas aguas bañarse. Basta sólo un instante, una voz templada y amiga que lo vuelve a uno todo de plastilina. Los huesos se relajan, las manos se rinden, los ojos observan fijamente, sonrientes, cercanos, pícaros. Por un instante crees que alguien te mira desde arriba y deseas que ese momento nunca acabe. ¡Ah, pero la vida sigue! La vida sigue todos los días y no hay momento que valga. No hay horas que existen, ni momentos verdaderos, sino tiempo subjetivo. La velocidad del mundo no nos afecta. Es sólo un rato, una cosa que desde antes de haber empezado ya ha muerto, una línea de puntos trazada con mano trémula. Pero es un alivio, una chispa de felicidad que amenaza con convertirse en fuego eterno.

Acaso el mundo perezca en el rayo azul de tus pupilas, en la fragancia del aire que levanta el abanico de tus pestañas. Acaso fenezca ante la perfección de tu brazo desnudo expuesto en la ciudad maldita. Y puede que no nos demos cuenta de que el mundo entero es de amor y plastilina. Si nos detuviéramos, nada saldría. Empezaríamos a derribar murallas cuyas piedras no se acabarían nunca. Volveríamos a derribarlas y aún nuestras ciudades seguirían preparadas para resistir el asedio. Tendríamos que pasar de largo. Y decirnos adiós con el rabillo del ojo, como observando curiosos a un extraño cuya burbuja jamás traspasaremos. Tu seguirás andando y yo seguiré mi camino. Nuestros ojos seguirán mirando los edificios que no se derrumban cuando los miramos. Nuestros zapatos seguirán pisando la acera, convencidos de que el mundo es seguro, de que debajo de nosotros no hay líneas diminutas sobre las que no podríamos caminar. Veríamos a la gente, satisfechos de que su vestimenta les cubre el cuerpo, y el cuerpo les cubre el alma, que todos guardamos para no destruir a nuestros semejantes. Pero cada vez que te dejas los ojos abiertos eres dos pistolas que aún huelen a pólvora. Y las gentes que pasan por tu lado se echan a temblar pensando que les ha llegado la hora de la muerte. No les hables, no les mires, deja que vivan. Y mejor camina como nosotros andamos, pegándonos a las paredes, temerosos de perder el equilibrio, asegurándonos de que ningún rayo nos fulmine, palpando las piedras hasta experimentar su dureza, amoldándonos a sus necesidades inmediatas.

Nos volvemos uno con la gelatina viscosa sobre la que caminamos. Nuestros pies se hunden indefectiblemente donde el tejido está más blando y arrecian nuestros esfuerzos por no venir a parar a la marea roja que nos sostiene. Avistamos la lejanía, tratando de arrebatar lo que aún no existe, y sólo a veces nos quedamos quietos. Entonces somos la materia con la que un escultor esculpe vidas. Somos posiblemente muñecos inanimados que despiertan misteriosamente en la vida que ya no recuerdan y se ponen estúpidamente a caminar como los perros, a palpar a la gente, a observar detenidamente ese agujero del que brota un sonido que parece tener sentido. Somos los que miran que arriba hay una luz que a veces se apaga y resulta que se apaga todos los días. Somos los que, de tanto en tanto, sienten que el corazón se les desboca y notan que la vida cobra color y sus miembros olvidan por un momento que los objetos se mueven y abajo la tierra tiembla.
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1 comentarios:

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Miguel Ángel
admin
19:20 ×

Como siempre un gran artículo. Vivir es aprender a jugar con el tiempo...
O dicho con palabras de Einstein "La cosa más hermosa que podemos experimentar es el misterio" decía "Es la emoción fundamental que soporta la cuna del arte verdadero y la ciencia verdadera".

Congrats bro Miguel Ángel you got PERTAMAX...! hehehehe...
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